Box y literatura

"Los boxeadores no pierden el cerebro en el ring, posiblemente antes de subir tampoco lo tienen". No lo dijo Vicente Fox en unos de sus iletrados discursos, es una frase de Jorge Luis Borges en...

"Los boxeadores no pierden el cerebro en el ring, posiblemente antes de subir tampoco lo tienen". No lo dijo Vicente Fox en unos de sus iletrados discursos, es una frase de Jorge Luis Borges en uno de sus arranques de ironía hacía el deporte.

Pero así como a Borges, amante de las peleas de gallos, el boxeo le extirpó al menos un pensamiento, hubo autores que dejaron enfermarse por esa pasión patética pero agradable destreza que significa defender el cuerpo y la vida con sus propias manos.

Homero, Norman Mailer, Julio Cortázar, Ernest Heminway y Lord Byron, son algunos de esos enfermos por la literatura, pero hipnotizados por ese vaivén de las manos.

Ellos, en cada una de sus frases, en cada párrafo, marcaron su ritmo y cadencia como si la hoja en blanco fuera el ring del Madison Square Garden, y como si la retórica significara ejercitar un buen gancho al hígado.  

Los guantes para un boxeador son las extensiones de sus manos, para estos escritores-pugilistas, los guantes fueron una extensión de la imaginación. Imaginación donde también cada golpe significó pulir cada una de las historias.

Homero en la Ilíada, se tomó el tiempo para relatar el poderoso encuentro entre Epeo, el creador del caballo de Troya, y Eurialo, "con guantes pendencieros que ahora cierran ferozmente… sus resquebrajados rostros suenan con los golpes", narró allá por 1184 a.C.

Norman Mailer, un novelista tan competitivo como Borges en todas las áreas de la vida, relató en su libro The Fight, el combate entre Muhamad Ali y George Foreman, la pelea conocida como Rumble in the Jungle es las esencia de un clásico de la literatura.

Heminway escribía para vivir y peleaba por diversión. Se subió al ring para medirse ante Ezra Pound, pero su fascinación por estos combates donde Fitzgerald era el cronometrador, quien tocaba la campana, se inmortalizó en una cuentito titulado Fifty Grand.

Por su parte Cortázar, con el mote de Cronopio, con una zurda inmortal, aseguró alguna vez que siempre iba a las peleas en el Luna Park con un libro bajo el brazo, a veces Víctor Hugo, otras Hölderlin u otro romántico que estuviera acorde con la noche.

Y ya que el arte del boxeo llegó al romanticismo, que decir del poeta inglés Lord Byron, el Don Juan, se subió al ring para intercambiar jabs y upper cuts, con John Jackson, Campeón Mundial de los pesos pesados.

La lista se queda corta, es más larga, podríamos agregar a Jack London y su cuento Un buen bistec, o las historias del "Púas" por Ricardo Garibay.

Pero Cortázar, Heminway, Mailer y Byron, pretendieron en el boxeo la estética más que la violencia, después de todo supongo que no lo veían violento sino estético, como una forma elevada de arte, como su literatura, al final de todo, como dijo un maestro, el arte es violento por naturaleza.

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