Abebe Bikila…

Si la vida nos es otra cosa que una lucha contra el tiempo, los atletas deben ser los hombres y mujeres que mejor han encarnado esa máxima. Sin importar la soledad, el cansancio y el desánimo,...

Si la vida nos es otra cosa que una lucha contra el tiempo, los atletas deben ser los hombres y mujeres que mejor han encarnado esa máxima. Sin importar la soledad, el cansancio y el desánimo, siempre batallan contra ellos mismos, contra aquel día en que corrieron usando menos minutos que ahora.

Dentro de esta clase especial de corredores, existen todavía unos más peculiares: los corredores de fondo africanos.

Corren como avestruces, sin mucha movilidad, como si sus piernas fueran largos espaguetis con articulaciones de hierro, ni pensar en las piernas hinchadas de músculos de los velocistas caribeños, no, las de ellos son zancadas con menos gracia, atáxicas, monocordes y regulares.

De ellos sin duda el icono se llama Abebe Bikila, el primer africano en ganar una Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos y quien presumía una belleza singular en su trote, un corredor que no se detenía, seguía, sin parar como si fuera una persona feliz a pesar de vivir en la esquina olvidada del mundo llamada África, ahí donde toda la humanidad ha encarnado su lado más oscuro.

Bikila es una leyenda en los Juegos Olímpico, no sólo por ganar descalzo la maratón en los Juegos de Roma 1960, tampoco por convertirse en el primero en repetir el mismo triunfo cuatro años más tarde en Tokio 64';, recién operado del apéndice e imponiendo una nueva marca mundial.

Un éxito deportivo se convierte en un gran acontecimiento dependiendo de la capacidad que se tenga para propiciar grandes historias y las victorias de Bikila, son relatos que como la buena literatura, hay tanto de grandeza y de miseria como en la misma vida.

Bikila fue apodado "El Soldado Etiope que conquistó Roma", en referencia a la segunda Guerra Ítalo-Etíope cuando las tropas de Benito Mussolini invadieron el país africano en 1935.

El soldado de la guardia personal del Emperador Haile Selassie, a sus 28 años, en su tercer maratón, batió la marca mundial con 2:15.16 que pertenecía al soviético Sergi Popov 2:15.17 hasta aquel día de 1960.

Bikila llegó a la línea de meta en el Arco de Constantinopla, ese monumento donde 25 años atrás, el Dictador Benito Mussolini habí­a enviado sus tropas a conquistar Etiopía para controlar el mediterráneo.

Las estampas de la carrera de 42.195 metros son conmovedoras: soldados italianos alumbran el recorrido con antorchas dando atmósfera romántica. Miles de espectadores reconocen al soldado africano, se amasan en las dos orillas del río y tienen que ser contenidos para no interferir en la belleza más simple de un ser humano corriendo.

Al cabo de 18 kilómetros de carrera, dos hombres han salido del pelotón: Bikila y el marroquí­ Rhadi Ben Abdesselem, uno de los favoritos, que habí­a competido hasta la descolonización de su paí­s bajo la bandera francesa.

Los dos hombres corren sin dignar echarse una sola mirada. El marroquí­ está a la cabeza hasta el kilómetro 30, cuando Bikila acelera y lo pasa. A un kilómetro y medio de la llegada, delante del Obelisco de Aksum, robado por las tropas italianas durante la campaña de Etiopí­a y devuelto en 2005, Bikila decide atacar y Rhadi no consigue seguirle.

El etíope cruza la llegada con 200 metros y 25 segundos de ventaja sobre su adversario marroquí­, no sin antes evitar en los últimos metros a un motociclista italiano que ha conseguido infiltrarse en el recorrido con su "scooter".

Humilde, Bikila afirma después de su victoria: "en la guardia imperial hay muchos otros corredores que hubieran podido ganar el maratón", como afirmando que en Etiopía lo único que hacen bien es correr con esas zancadas atáxicas, monocordes y regulares que aprendieron de los avestruces. Nueve años más tarde de aquella épica victoria del pueblo etiope en Roma, Bikila se vio involucrado en un accidente de autos cerca de Addis Ababa. El resultado de la tragedia: parálisis de esas piernas que presumían una belleza singular al trotar, se terminó con la historia del corredor que no se detenía, que seguía, sin parar como si fuera una persona feliz a pesar de vivir en la esquina olvidada del mundo llamada África.

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