El arte de los atletas...

Por más que se intente seguir la historia de los Juegos Olímpicos por capítulos, como se debería leer cualquier novela, finalmente se termina buscando en esos libros a los grandes atletas: Jesse...

Por más que se intente seguir la historia de los Juegos Olímpicos por capítulos, como se debería leer cualquier novela, finalmente se termina buscando en esos libros a los grandes atletas: Jesse Owens, Mark Spitz, Emil Zátopek, Abebe Bikila, Nadie Comanecci. Carl Lewis, Ian Thorpe. Son personas que no esculpen, que no escriben, no componen, no construyen, sin embargo insistimos en llamarlos artistas: ellos son la obra de arte.

Los escritores, los músicos, los pintores, hacen su trabajo y se desprenden del él como un hijo. Así se refieren los más cursis a sus obras de arte. Hasta hoy no se sabe de ningún escritor que se coma sus novelas para incorporarla a su sistema inmunológico. Mucho menos de un escultor, un arquitecto o un muralista. Diego Rivera no podría haberse metido más de diez mosaicos con los que construyó la Biblioteca Central, ni el Estadio Olímpico. Es imposible, claro. 

En cambio el deportista se hace desde el deseo, que es inmaterial. Recordemos. Los mexicanos somos el claro ejemplo. La masa corporal de Ana Guevara siempre tuvo más componentes anímicos que fisiológicos. Y en el mundo no se es distinto. En los pasados campeonatos del mundo de atletismo en Osaka, Japón, se dijo del hombre más rápido, Tyson Gay, que carecía de la morfología precisa  para ganar los 100 metros planos. Aunque suplía con ambición los movimientos acordes de sus brazos que le hacían falta para hacerlo más rápido todavía.

A todo esto no queda más que reafirmar que la competición es un anémico reflejo de un movimiento fundamentalmente interior. No hay nada más que ver la expresión de todos los corredores cuando van a llegar a la meta para darnos cuenta, que en ese último esfuerzo, desean llegar a las dimensiones más inaccesibles de la propia conciencia. Se ha dicho hasta el cansancio, ningún corredor pretende alcanzar a los deportistas que van delante de él. Quiere alcanzarse a sí mismo y como consecuencia alcanza a veces a muchos otros.

Pero más allá de esa repetible y constante soledad que acompaña al atleta, hay un sentimiento más, que hace terrible y hermoso este arte cuyo soporte es el propio cuerpo. Pongámonos a pensar el hecho de que en el momento mismo de alcanzar la cumbre, subir al podio, el atleta comienza a deshacer lo que ha hecho con tanto esfuerzo a lo largo de sus vidas. Para aquellos que creen en la reencarnación.

Ahora, volvamos, regresemos y comparemos con los otros artistas. Aún no ha existido un García Márquez que a sus 82 años de edad desescriba Cien Años de Soledad, ni un Óscar Niemeyer que desmonte los edificios del centro urbano de Brasilia, la ciudad que él diseñó y mucho menos de un Miguel Ángel que en los siguientes años a 1512 cuando terminó el techo de la Capilla Sixtina, se haya dedicado a despintar lo que le costó los cuatro anteriores.

Los músculos en cambio, comienzan a deformarse, a aflojarse, a desmarcarse. Es cierto que quedan las copas, los diplomas, los trofeos, las medallas, que no son más que una referencia para apelar al recuerdo, a la memoria y revivir en la imaginación el arte que hicieron en la pista, el campo, la piscina, la plataforma, el ring, el tatami.  Los museos guardan la obra plástica de los artistas. A pesar de su muerte, seguimos contemplando las obras de los Velásquez, los Picasso, los Caravaggio. Pero a Nadia Comanecci hoy no podemos pedirle que repita ahora el diez perfecto en Montreal 1976. Porque la principal diferencia entre un artista y un artista atlético, es que los deportistas construyen su obra de arte con materia orgánica, siempre perecedera.

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