Fiesta y tragedia en un mismo día en Múnich 1972

Era un día espectacular de verano. Cielo despejado, clima templado. Un sol agradable bañaba el Estadio Olímpico. En los cafés al aire libre, debajo de las sombrillas, los turistas conversaban y...
Era un día espectacular de verano. Cielo despejado, clima templado. Un sol agradable bañaba el Estadio Olímpico. En los cafés al aire libre, debajo de las sombrillas, los turistas conversaban y tomaban cerveza.
 Era un día espectacular de verano. Cielo despejado, clima templado. Un sol agradable bañaba el Estadio Olímpico. En los cafés al aire libre, debajo de las sombrillas, los turistas conversaban y tomaban cerveza.
Redacción AP -
  •  Cuarenta años después, las crudas imágenes de lo que pasó a la historia como la "Masacre de Múnich" siguen vivas en mi memoria.

Era un día espectacular de verano. Cielo despejado, clima templado. Un sol agradable bañaba el Estadio Olímpico. En los cafés al aire libre, debajo de las sombrillas, los turistas conversaban y tomaban cerveza. La escena en el Parque Olímpico de Munich el 5 de septiembre de 1972 era idílica, con la excepción del helicóptero de la policía alemana que sobrevolaba el lugar. Si uno prestaba realmente atención, podía divisar a la distancia agentes apostados en los edificios. Pero las medidas de seguridad pasaban inadvertidas en un día tan magnífico y nadie se imaginaba la tragedia que se estaba gestando. Cuarenta años después, las crudas imágenes de lo que pasó a la historia como la "Masacre de Múnich" siguen vivas en mi memoria. Ocho palestinos de la organización Septiembre Negro habían irrumpido en la Villa Olímpica y tomado como rehenes a 11 israelíes, incluidos deportistas, técnicos y dirigentes. Dos de los rehenes fueron asesinados de entrada. Al terminar el día, los otros once y cinco de los secuestradores estaban también muertos. Fue un episodio que marcó por años a la ciudad de Múnich, a los dirigentes alemanes y a la conducción del movimiento olímpico, que trató de minimizar la tragedia. Mi esposa y yo estábamos allí, entre las decenas de miles de personas que habían ido a Múnich a participar de lo que los alemanes promovieron como "unos juegos olímpicos acogedores". Habíamos oído acerca de la toma de rehenes en la Radio de las Fuerzas Armadas antes de salir de nuestra base en Augsburg, ciudad en las afueras de Múnich donde estaba la unidad del ejército estadounidense en la que servía yo. Habíamos obtenido en un sorteo entre soldados entradas a precios rebajados para un partido de fútbol, al que planeábamos asistir con otras dos parejas. Al llegar al Parque Olímpico, que incluía la villa de los deportistas, todo parecía normal. No había controles de seguridad ni reinaba el miedo. La situación era distinta en la villa de los atletas, pero el público no tenía acceso a ella. Si bien se veían unos pocos policías entre la muchedumbre, no había signos de medidas especiales de seguridad como las que se adoptarían hoy, en un mundo sacudido por los ataques del 11 de septiembre del 2001. Tampoco había internet, ni teléfonos de usos múltiples ni noticieros las 24 horas del día, por lo que no se percibía tensión alguna en el aire. Un diario publicó un gran titular de primera plana que decía "Geiselnahme", o "Toma de Rehenes". Pero quienes no hablábamos alemán no teníamos forma de saber que algo estaba pasando. Y eso era lo que quería el presidente del Comité Olímpico Internacional Avery Brundage. El dirigente, un filántropo y coleccionista de arte de 84 años, se negó a suspender los juegos en la esperanza de que la policía alemana resolviese la crisis pronto y sin más derramamientos de sangre. Comenzaron a pasar las horas sin que se produjese un desenlace y la fiesta olímpica continuaba. La elección de Múnich como sede de los juegos había generado polémicas pues era probablemente la ciudad alemana más asociada con los nazis. El primer campo de concentración, el de Dachau, se encontraba en las afueras de la ciudad y la delegación israelí lo visitó poco antes de la ceremonia inaugural. Era la primera vez que Alemania albergaba los Juegos Olímpicos desde los de 1936 en Berlín, los cuales fueron presididos por Adolf Hitler. Ansiosos por redimirse, los alemanes promovieron una atmósfera relajada y amistosa. Ahora, la imagen de deportistas judíos cuyas vidas corrían peligro amenazaba con frustrar esos esfuerzos. Al caer el sol comenzó a llenarse el estadio con capacidad para 80.000 personas donde se jugaría el partido de fútbol entre Alemania Occidental y Hungría. Mientras esperábamos el inicio del encuentro, se escuchó un anuncio en los altoparlantes. La gente empezó a levantarse de sus asientos y a irse. "Se suspendió el partido", me dijo un alemán. "Pero puedes pedir otra entrada". Salimos del estadio y nos fuimos a comer al centro. El ambiente continuaba siendo festivo y corría la cerveza. Horas después, manejamos por la carretera hasta Augsburg y hablamos de ir al partido más adelante. A la distancia vimos unos fogonazos. Pensamos que sería un destello generado por el calor. A juzgar por la hora, no obstante, es probable que hayan sido manifestaciones de la batalla en que murieron todos los rehenes israelíes. Los alemanes convencieron a los secuestradores de que se trasladasen en helicóptero con los rehenes a una base aérea, desde donde viajarían en avión hacia un país árabe. Sin embargo, les habían tendido una emboscada y cinco francotiradores aguardaban a los secuestradores en la pista. Sus disparos en medio de la noche no dieron en el blanco y los secuestradores respondieron el fuego. Mataron a todos los rehenes con granadas y ametralladoras y cinco de ellos perecieron en el combate. Los otros tres fueron capturados vivos. Brundage insistió en seguir adelante con los juegos y pudimos ver finalmente el partido, en el que Hungría le ganó 4-1 a Alemania. Los húngaros terminarían llevándose la medalla de plata. Los deportistas judíos de todas las nacionalidades fueron evacuados por su seguridad. En el aspecto estrictamente deportivo, los juegos dejaron muchos momentos memorables, como las siete medallas de oro del nadador estadounidense Mark Spitz y la irrupción internacional de la gimnasta soviética Olga Korbut. Pero los juegos han quedado asociados para siempre con la "Masacre de Múnich". El incidente cambió para siempre la justa y es un atroz recordatorio de que el deporte no puede separarse de la política. Cuatro décadas después, las medidas de seguridad son una parte fundamental de los juegos y los británicos calculan gastar más de 1.600 millones de dólares con ese fin. __

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