Mónaco, moda y velocidad en conjunto

Mayo, mes de la cita del Gran Circo con el principado, con su Montecarlo; el encuentro anual entre el Jet Set y la Máxima Categoría del Automovilismo Deportivo. El único Gran Premio de Fórmula Uno.

Mayo, mes de la cita del Gran Circo con el principado, con su Montecarlo; el encuentro anual entre el Jet Set y la Máxima Categoría del Automovilismo Deportivo. El único Gran Premio de Fórmula Uno que amalgama las creaciones de brillantes diseñadores del mundo de la moda y la velocidad; la belleza de las damas, con el talento de los modernos caballeros andantes.

Aquí, el olor a gasolina y hule quemado se mezcla con las fragancias de moda y se convierte en pasarela de ricos y famosos, quienes aprovechan el escenario para ver y dejarse ver como difícilmente lo podrían hacer en otra parte del mundo.

Mónaco también se convierte en oportunidad para quienes metidos en el mundo del cine y la farándula en la cercana Cannes, llegan a Montecarlo a buscar todavía más luz de reflectores.

En el mes de mayo, el normalmente apacible principado, en otros tiempos refugio de piratas y ahora sede de eventos deportivos y culturales sin parangón, se comprime cada vez más para dar cabida a todos aquellos que quieren probar un poco de lo que muy pocos pueden aspirar a tener: Los autos mas espectaculares, las mujeres mas bellas, el casino, la bahía atiborrada de yates y muchas cosas más.

Pero nada más espectacular que los pilotos de la Fórmula Uno llevando las riendas de cientos de caballos por los apretados confines de las calles del principado.

Hay que verlos negociar la antes veloz curva y ahora complicada chicana de Sainte Devote, subir la colina hacia el brinco que de golpe te pone frente al Casino cuya curva te lleva a la que te hará bajar velozmente a Mirabeau, pasando f rente al famoso Bar Tip Top, camino a una de las dos horquillas, que bien tomadas, significan valiosas décimas de segundo en los tiempos por vuelta el circuito.

Luchando por no seguirte de frente, buscas llegar al Virage Du Portier donde inevitablemente piensas en un Ayrton Senna y su McLaren atrapados por un riel de contención que les arrebató una victoria que ya estaba en manos del más grande; la que hubiese sido su séptima en el principado del que fue Rey.

Y llegas al túnel, la parte más rápida y peligrosa de la pista, el cambio de luz, la búsqueda del elusivo ápex y la llegada a la otra chicana, aquella creada después del terrorífico accidente de Karl Wendlinger y que hace un año le hizo ver a nuestro Checo Pérez que Mónaco te puede morder.

La curva de la Tabaquería, rápida y exigente en  precisión. La Alberca, lugar que reforzó el argumento de aquellos que han calificado alguna vez al circuito como Mickey Mouse; pero que requiere compromiso y también, mucha precisión.

Después de esta zona, la “recta trasera”, en realidad un recorrido como el de la subida hacia Massenet y el Casino, con radio y que te lleva a la horquilla de la Rascasse, el otro punto importante para los tiempos por vuelta y tras esta, la vieja curva del Gasómetro y la llegada a la recta de la meta.

Para los pilotos un reto y placer inigualable y para el espectador, aficionado o no a automovilismo, el efecto de la flauta de un encantador de serpientes.

Mónaco es único y siempre lo será.

Y ahí, regresa Sergio Pérez, nuestro piloto considera al Gran Premio de Mónaco como un parte aguas en su carrera.

Checo tiene ahí un negocio sin terminar, una carrera que tiene que completar para después poder viajar a Canadá, cuyo Gran Premio es para él, otro compromiso no cumplido.

Desde el intento de frenada en el túnel a su despertar en el hospital Princess Grace y a la llegada al nuevo intento por conquistar las calles del principado, Checo es un piloto más completo y experimentado, uno que ya casi ganó un Gran Premio; pero también es un ser humano bajo, me parece, un exceso de presiones.

Infortunadamente, la mayor parte de estas innecesarias, pero que responden a los intereses de quienes lo manejan.

Checo no necesita en este momento el agobio de apéndices futboleros ni héroes de pacotilla; necesita la tranquilidad que lo deje concentrarse en el serio compromiso, uno en el que se juega la vida, su futuro y no la solución de problemas comerciales o muy particulares intereses.

Sergio es un muchacho sano, con una mente sencilla y un gran talento como piloto.

Si lo dejamos trabajar todos obtendremos lo que de él queremos; de otra manera nos vamos a quedar esperando.

Checo ha aprendido y llega fuerte, sabe que aquí, la diferencia la puede hacer el piloto. El equipo llega bien y con confianza.

Dejemos que las cosas fluyan y esperemos que el resultado sea aquel que nuestro piloto siempre ha soñado: Ganar el Gran Premio de Mónaco.

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