Mi primer maratón

Wendy Solís: Los entrenadores me pidieron solo una cosa: dedicación. "El maratón no se debe tomar a la ligera, es un gran compromiso", recuerdo que uno de ellos me dijo.
Wendy Solís: Los entrenadores me pidieron solo una cosa: dedicación. "El maratón no se debe tomar a la ligera, es un gran compromiso", recuerdo que uno de ellos me dijo.
 Wendy Solís: Los entrenadores me pidieron solo una cosa: dedicación. "El maratón no se debe tomar a la ligera, es un gran compromiso", recuerdo que uno de ellos me dijo.
Ciudad de México -
  • Wendy Solís comparte su experiencia en el Maratón Internacional de la Ciudad de México

El primer contacto que tuve con un maratón fue hace dos años, cuando fui a animar a una gran amiga que corría el de la Ciudad de México. Recuerdo que la vi en el kilómetro 30, llevaría poco más de tres horas corriendo, y mientras la esperaba ansiosa pensaba: "correr más de una hora es una locura, imagínate cuatro. En qué se enfocará tu mente después de tanto tiempo, yo creo que me volvería loca, jamás correría un maratón". Hoy, con una sonrisa en la boca, puedo decir que no me volví loca y que la mente se enfoca en miles de cosas y en nada a la vez durante todo ese recorrido. Mi preparación formal para el MICM (el Maratón Internacional de la Ciudad de México) de 2013 empezó tres meses antes. Mi objetivo del año era correr el medio maratón del Día del Padre, sin embargo, después de hacerlo, algo me motivó a duplicar la distancia, así que decidí unirme al equipo de preparación para el MICM con el que entreno. Los entrenadores me pidieron solo una cosa: dedicación. "El maratón no se debe tomar a la ligera, es un gran compromiso", recuerdo que uno de ellos me dijo. Y no mintió, fueron 12 semanas donde un solo tema existía para mi: el maratón. Mi alimentación, vida social y actividades cambiaron por completo. Aprendí a disfrutar cada entrenamiento, cada plan de alimentación, cada distancia recorrida los fines de semana. En cada entrenamiento veía avances y como mi cuerpo se fortalecía, creo que eso es lo que me motivaba a seguir. Aún recuerdo el entrenamiento más pesado de la preparación: la visita al Nevado de Toluca. Fueron 17 kilómetros de subida y 7 de bajada. Tardé dos horas en el ascenso, donde una subida era peor que la anterior. Nunca había sentido latir mi corazón tan fuerte, dicen que la altura afecta a algunos. No fue mi caso, solo sentía que bombeaba sangre a toda velocidad. En los últimos metros, ya en las lagunas del cráter y sin fuerza para más, pensaba que si había sido capaz de subir hasta allá ¡claro que podía correr un maratón! Pero pocos días después algo pasó, supongo que el cansancio físico y el miedo a lo desconocido y por primera vez en todo ese tiempo de entrenamiento dudé en alcanzar la meta. Me repetía varias veces: "En qué momento decidiste esto, es una locura ¡son 42 kilómetros!". Veía una y otra vez mis distancias realizadas, y mejoras en tiempos. Había comido adecuadamente y entrenado adecuadamente entonces, ¿qué pasaba? Lo platiqué con mis entrenadores y me dijeron que efectivamente era el cansancio de un esfuerzo acumulado, pero la buena noticia era que por fin llegaba la semana de recuperación. Llegó el día. Desperté muy temprano, comencé a vestirme, con la misma emoción y dedicación que lo hiciera una mujer próxima a casarse. Después de llegar al calentamiento en grupo me fui a los corrales. Ahí estaba, sola entre tantos miles de runners como yo. Escuchaba sus experiencias previas y sus consejos para los que éramos "los nuevos". Crucé las últimas palabras con mi esposo y recuerdo que intentó calmarme diciendo: "haz tu mejor esfuerzo y si no lo terminas no pasa nada, no tienes que demostrar nada". Sin embargo tener como opción quedarme en el camino no era mi opción. El disparo de salida se escuchó y todos gritamos de emoción. La carrera empezaba. Inicié más rápido que el plan original, por más que intentaba controlarme la adrenalina movía mis piernas con rapidez. Los primeros 10 kilómetros se pasaron rápido. En realidad, debo decir que toda la carrera así fue. Y si se preguntan en qué piensa uno después de tantos kilómetros, les diré: yo pensaba en todo lo que pasé para llegar a ahí, en mi familia esperando en el Estadio Olímpico, pero sobre todo en la meta. Me imaginaba una y otra vez cruzándola. Disfruté mucho correr por Reforma y la Condesa, y cuando menos lo pensé ya estaba en Insurgentes, era el kilómetro 30. Leí mucho sobre ese tramo de la carrera, que es cuando muchos se enfrentan a "la pared", entiendo es un fenómeno de cansancio físico, pero sobre todo mental. Gracias a mis grandes amigos que estuvieron en distintos puntos de la avenida Insurgentes, mi pared estuvo bastante más lejos. Mi esposo me acompañó en bicicleta todo el recorrido animando, ofreciéndome gel, agua y todo el apoyo necesario.  Pasando el kilómetro 36 encontré a mi compañero de entrenamiento. Con el que sufrí en el Nevado de Toluca y un par de entrenamientos más. Lo vi cojear, supuse que se había lastimado. Lo alcancé para apoyarlo, estábamos a poco más de cinco kilómetros de la meta, por supuesto no lo dejaría ahí. Afortunadamente no era lesión física, solo la famosa pared. Le agarré la mano y recuerdo que le dije algo como: "vámonos, ya se terminó y en pocos kilómetros seremos maratonistas". Los últimos kilómetros juntos los trotamos y padecimos juntos, tal y como fue en los entrenamientos. Mi esposo bajó de la bici y también corrió con nosotros esos últimos e interminables cinco kilómetros. Pero por fin, llegamos al 41. Veíamos el Estadio Olímpico, la gente gritaba `ya llegaron, unos metros más y cruzarán la meta´. La realidad es que mi paso ya era bastante lento, pero mis piernas no podían detenerse por completo, creo que estaban corriendo por inercia. Llevaba más de cuatro horas. Así que el kilómetro final decidí disfrutarlo. El tiempo logrado ya no podría mejorarse o empeorarse en gran medida, así que lo tomé con calma y disfruté cada paso de esos últimos metros. Escuchaba las porras, los lamentos de los que pasaban junto a mi exhaustos. Yo, solo pensaba en que lo había logrado y algunas lágrimas comenzaron a aparecer. Vi la entrada al estadio. Por fin, ahora sí era realidad lo que en tantos entrenamientos imaginaba... estaba terminando mi primer maratón. Crucé algo lento, para que pudiera entender lo que pasaba y recordarlo por siempre. Vi a mi familia desde el tartán, gritaban, brincaban y yo con ellos. Había hecho mi primer maratón. Al caminar al área de recuperación el cansancio no desapareció pero pasó desapercibido cuando llegó una idea a mi mente: quiero correr el maratón de Chicago en 2014. Así es esto del running. Una adicción difícil de curar, que provoca emociones y satisfacciones que al menos yo no quiero dejar de sentir.

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