¿También te cuestionas por qué correr un maratón?

Diana Amador comparte su experiencia en la preparación para el Maratón CDMX 2014. ¿Cómo alguien se decide a cambiar sus hábitos? ¡Entérate e inspírate!
Diana Amador comparte su experiencia en la preparación para el Maratón CDMX 2014. ¿Cómo alguien se decide a cambiar sus hábitos? ¡Entérate e inspírate!
 Diana Amador comparte su experiencia en la preparación para el Maratón CDMX 2014. ¿Cómo alguien se decide a cambiar sus hábitos? ¡Entérate e inspírate!  (Foto: )
Ciudad de México -
  • Diana Amador comparte su experiencia en días previos al Maratón CDMX 2014

No recuerdo el momento preciso en que decidí cambiar las pantuflas por los tenis y salir a correr. Tampoco encuentro en mi memoria ese camino de la lógica que me llevó a correr cinco kilómetros, después siete, luego 15 y así. Lo que sí conozco a detalle es la sensación liberadora de dejarlo todo en la pista, la paz mental que sólo llega cuando no eres nada más que tu cuerpo, cuando eres sólo músculos en movimiento, sudor y silencio.

En aquella época, en la que sólo tenía un par de tenis, unos pesados pants y muchas ganas de huir, cada mañana era una batalla contra la abulia, el hartazgo y la monotonía. Odiaba mi trabajo casi tanto como a mi ex, y la repulsión que me causaba cada minuto en esa oficina era sólo superada por la repulsión que me causaba mi propio cuerpo.

No empecé a correr para modificar mi intolerable anatomía, ni porque repentinamente quisiera renunciar a mi comprometida relación con el tabaco y el alcohol. En realidad, salté de una adicción a otra. Necesitaba callar al mundo, detenerlo por una hora al día; sentir el aire en mi rostro, la fuerza en mis piernas y ese agotamiento que me daba tanta vida. Corría porque no podía llorar, porque no quería derrumbarme, porque era lo único que podía controlar.

Los años pasaron. Seguí corriendo con poca disciplina y menos ganas de escapar, pero con la misma urgencia por sentir el viento, la energía y ser sólo mi cuerpo, ese cúmulo de inseguridades y temores que se desvanecían cuando me echaba a correr.

Cambié de trabajo varias veces, odié a diferentes jefes y diferentes ex novios. Comencé a correr, como dicen algunos, mucho más en serio. Cinco veces por semana, en diferentes superficies y velocidades, como mi instinto creía que lo haría un entrenador. Pagarle a alguien que me dijera cómo correr me parecía tan ridículo como ir a hacerme una prueba de pisada y elegir los tenis que mejor me funcionaran. Eso era para millonarios y esnobs, que buscan en el acto de correr la aprobación del mundo y no la libertad que yo necesitaba.

Un mal día, más por obligación que por gusto, tuve que inscribirme a una carrera de 10 kilómetros. Lo más difícil fue despertar un domingo cualquiera a las seis de la mañana, cuando entre semana no lo hago, literalmente, ni aunque me paguen por ello. Lo único más liberador que correr, es dormir.

La peor parte fue ir a la entrega de paquetes y encontrarme con toda esa fauna que entonces me era desconocida: mujeres y hombres de todas las edades que no habían corrido ese día, pero igual llevaban tenis deportivos, gorras, pantalones cortos muy entallados y esas playeras de lycra que le muestran al mundo lo seguros que son de sí mismos. La música electrónica y los animadores con sus altavoces me expulsaron del lugar en menos de 15 minutos.

Para mi sorpresa, si correr era una ligera inyección de adrenalina, acabar una carrera era como revivir una escena de Trainspotting. Crucé la meta y era como Mark Renton huyendo de sus captores al ritmo de Lust for life. Sólo que correr era mi heroína.

Me integré de tal forma a la "fauna" de la carreras que empecé una labor taxonómica y en cada competencia encontraba alguna nueva clasificación. Están los Corredores de Ámsterdam, que nunca ha llevado sus tenis más allá de la Condesa pero van preparados como si fueran a los Alpes; las Chicas Fitness que invierten tanto tiempo en perfeccionar su cuerpo como en maquillarse antes de ir a correr; las Tías en pants, que cargan un ligero sobrepeso pero mantienen siempre su ritmo constante ( y muy lento) hasta la meta. Y otras tantas. Yo era de otra especie, iba por el reconocimiento inmediato, por coleccionar medallas y sentir una vez más esa vorágine de energía y satisfacción que sólo puedes probar al cruzar la meta. Y tal vez al inyectarte heroína. Yo era una junkie.

Cuando vi el monstruo en que me había convertido, dejé de competir muchos meses. Nunca dejé de correr, pero ya no necesitaba un premio, un aplauso o decenas de Favs en twitter e instagram. No necesitaba que el mundo supiera que corría ni que me admiraran por ello, sólo necesitaba de nuevo mi silencio.

A pocos días del maratón de la ciudad de México, he tratado de recordar ese momento en el que pensé que correr 42 kilómetros sería buena idea. Podría decir que mi indisciplina siempre ha sido un problema y quería corregirlo; que lograr esto me convertirá en una máquina indestructible, cazadora de victorias; que después de esto ya no hay imposibles; podría ser más sencilla y decir que me he creído todas las frases motivacionales y los anuncios de ropa deportiva, que es una batalla contra mi misma y la oportunidad de demostrarme de qué estoy hecha, de qué soy capaz. Pero nada de eso es cierto.

Cuando decidí inscribirme al maratón, decidí también pagarle a alguien para que me dijera cómo correr, a otro alguien que arreglara mis músculos después de que el primero los destrozara y a otro que me dijera qué comer. Tengo varios pares de tenis de acuerdo a mi pisada, ropa de lycra de todos los colores irritantes que existen y hasta una cangurera que juré jamás compraría. No soy millonaria, ni esnob, ni busco la aprobación de nadie pero he invertido en esto más de lo que mis padres invirtieron en mi educación. Nunca fui capaz de llegar a la clase de las ocho de la mañana, ni a las juntas de trabajo de las ocho y media, pero desde hace cinco meses despierto los fines de semana a las seis de la mañana y soy yo quien paga por ese "privilegio".

Entre el entusiasmo que se contagia en un grupo de corredores, no me había detenido a indagar el sentido y el valor de lo que estaba haciendo, sólo me dejé llevar.  Hasta hace muy poco, cuando una periostitis tibial amenazó mi incipiente carrera como maratonista.

Para entonces ya sabía lo que era correr con dolor, porque la acumulación de ácido láctico le da un nuevo significado a la frase "no hay de otra más que aguantar". Pero esto era mucho más severo y peligroso. Después de una serie de ejercicios y masajes, que de paso me prepararon para soportar el dolor de un parto o una amputación sin anestesia, venía la prueba de fuego; tenía que correr en el Nevado de Toluca a las siete de la mañana, a  cinco grados de temperatura, 4 mil 680 metros sobre el nivel del mar, 15 kilómetros de terreno inclinado y otros 10 de falso plano. Un domingo cualquiera.

Los primeros 10 kilómetros los ocupé en tratar de recordar cuándo decidí empezar esta odisea, los siguientes cinco en maldecir cada minuto de aquél día que no lograba hallar en mi memoria, los otros 10 sólo rogaba a mi cerebro que dejara de interrumpir el paso mecánico de mis piernas. Logré acabar el entrenamiento. Una voz en mi cabeza dijo aliviada:  "ya estoy del otro lado". Mientras respiraba y acomodaba mis ruinas en una banca, descubrí que "del otro lado" no había nada. ¿Así sabía la victoria?, ¿a arrepentimiento? Cada músculo reclamaba, mi umbral de dolor se expandió a límites inimaginables, mi cabeza daba vueltas y podía sentir cómo ese cuerpo, con el que apenas lograba reconciliarme, me estaba odiando mucho más de lo que yo alguna vez lo odié.  ¿Por qué me estaba haciendo eso? Me había convertido en un monstruo de nuevo, en uno más elaborado y mucho más agresivo. Este era un pequeño dictador que me obligaba a seguir pese al dolor, a las renuncias y las pérdidas. Hizo que mis hábitos cambiaran sin que me diera cuenta, que faltara a todas las fiestas y cenas posibles, que pasara más tiempo hablando de correr que corriendo. Ya no encontraba el placer de liberarme de mí misma, sino el vacío que deja una batalla sin ganadores.

Estos últimos días en los que he parado el entrenamiento, en los que soy yo menos mi cuerpo, he pensado que los 42 kilómetros se convirtieron en una prisión autoimpuesta, en una forma muy sofisticada de castigarme por algún grave error que aún no identifico. O quizá son sólo una gran fiesta para celebrar la muerte de los imposibles. Faltan apenas unos días y sigo rascando en mi memoria, pero aún no sé cuándo lo decidí ni por qué voy a correr un maratón. Tal vez no deba hacerlo.

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