De la tragedia a la reparación, del heroísmo a la realidad

Carlos fue uno de los sobrevivientes a la tragedia en el colegio Enrique Rébsamen.
De la tragedia a la reparación, del heroísmo a la realidad
  • La madre de un alumno del Enrique Rébsamen relató su historia tras el sismo de este martes
Ciudad de México -

Dos días después del colapso de la escuela Enrique Rébsamen, Carlos no se quedó en el miedo. Un centro de acopio es su terapia y acompañado por su madre y voluntarios que lo ven como héroe, recupera la alegría como uno más que ayuda acomodando víveres en la Universidad Intercontinental, al sur de la Ciudad de México.

Convencida de que ahora la reconstrucción debe ser física y emocional, la madre de Carlos, Rosanna Cruz, cree que ningún sobreviviente debe ser víctima.

“Yo estaba en mi trabajo. Trabajo en la UVM sede Tlalpan y por medio de un compañero me enteré que la escuela de mi hijo se había caído. En ese primer momento yo dije ‘es una broma’, no lo podía creer”, relató a Mediotiempo.

“No estaba en condiciones de manejar, había tratado de subirme a mi carro todavía creyendo que no fuera cierto, que si en el Whats dijeron ‘se cayó’, pensé ‘se cayó un niño’”.

Por protocolos de seguridad, tardó varios minutos en salir de la oficina. Con la ciudad ya hecha un caos, intentó abordar su automóvil. Fue imposible pero no un obstáculo. La ayuda que el pueblo mexicano ha volcado estos días le llegó a ella en forma de motociclista. Encontró a uno que la llevó hasta la escuela, de Calzada de Tlalpan a Coapa, sin poder dimensionar lo que pasaba.

“El trayecto es muy corto pero se me hizo extremadamente largo. Quería llorar, no podía, tenía la boca seca, en mi mente pasó lo peor pero nunca perdí la fe, siempre confié en mi hijo, en que sabe qué hacer, confié en su capacidad, en su habilidad para moverse, en su habilidad para salvaguardarse. Habían hecho simulacro y sentía que eso le iba a servir para saber qué hacer”.

‘SABÍA QUE IBAS A VENIR POR MÍ’

Aunque no había pasado tanto tiempo desde los instantes del sismo que dejó 19 menores y 6 adultos fallecidos en la escuela, la Policía ya impedía el acceso al punto exacto del desastre. De la boca seca, Rosanna pasó a la falta de aliento, pero con la conciencia suficiente para fortalecerse ante la escena.

“Dije ‘Dios mío, por dónde empiezo a buscar a mi hijo’. Entré a la escuela y vi que efectivamente se había caído, habían partes que sí estaban en alto pero la parte de enfrente no. Pregunté dónde estaban los niños y me dijeron que en un refugio enfrente, en unas casas en condominio y que ahí los tenían. Todas las mamas ahí gritábamos muy aterradas, todo era mucho caos, mucho grito, eso era una tragedia”.

“Dije ‘ante esto me pongo fuerte y empiezo a buscar a mi hijo’ y como de cariño le digo Blas, así le grité porque así él sabría distinguir que era yo. Eso se me vino a la mente y empecé a gritarle pero tenía la boca seca, no podía ni hablar pero inflé mis pulmones con todo el aire que tenía y gritándole como tres veces lo vi aparecer corriendo con los brazos abiertos; me besó, nos abrazamos y me dijo ‘te juro que sabía que ibas a venir por mí’”.

LA SOLIDARIDAD DE LOS VECINOS

Rosanna pudo ser útil. Mientras los voluntarios comenzaban a lidiar con escombros, lo suyo era aportar tranquilidad. Fue de las primeras madres en llegar y un grupo de Whatsapp fue su primera herramienta.

“Estaba ahí ya salvaguardando a mi hijo con abrazos, besos, con toda mi alegría. Mandé un mensaje de voz al grupo de mamás, les dije que todo les iba a ir narrando, que trataran de estar tranquilas. Me preguntaban si Santi estaba bien, me decían muchos nombres, me hacía bolas”.

Para no confundirse, tomó fotos a los alumnos y las envió para que los padres los fueran ubicando. Las maestras combatieron el nerviosismo charlando con las madres. Dónde estaba cada niño, qué estaba haciendo al momento del sismo, eran los temas. Poco a poco iban llegando padres y Carlos era uno de los vínculos de contacto.

“Estábamos en el refugio, todos los niños tenían ganas de hacer pipí, muchos estaban sudando de las manos, todos en shock, no hablaban, no decían nada, entre ellos mismos se abrazaban, se daban la mano, el que lloraba el otro lo protegía. Las maestras, por los comentarios que me hacían era ‘no sé de mi familia, sé que mi mamá está sola pero este es mi trabajo y nuestros niños son primero”.

La solidaridad del motociclista Rosanna luego la encontró en los vecinos, quienes los acogieron y les daban pan. Incluso les prestaban tenis a otras madres que querían cruzarse a la escuela para buscar a sus hijos de secundaria, mientras mantenían la preocupación por los niños atrapados y el temor por una réplica.

“Llegó la directora. Nos explicó y nos dijo que si estábamos los papas la apoyáramos y nos hiciéramos cargo de ellos y lo que ella iba a atender era el desastre, que se iba a concentrar en los niños que habían quedado atrapados porque el tiempo apremiaba”.

“Llegó la Marina, el Ejército, sobraba gente que ayudara, era impresionante ver cómo los todos los vecinos abrieron sus casas, nos dieron permiso de pasar con los niños, nos dieron pan para el susto, todos los papás estábamos desencajados a pesar de que teníamos a nuestros niños con nosotros. Sabíamos que era una tragedia, todo era devastador”.

MATERIAL DE CURACIÓN… TAMBIÉN PARA EL ALMA

Transcurridas varias horas, lo más solicitado era agua y material de curación. El tráfico era impactante. La zona quedó acordonada, pero el padre de Carlos pudo llegar hasta ellos, según relató Rosanna, quien destaca la figura paterna como fundamental en las escuelas, donde además cree siempre debe haber alumnos líderes en los grupos, sobre todo ante estas circunstancias.

Fue cuando mi hijo abrazó a su papá y ya se puso a llorar porque muchos niños lloraban pero mi hijo no, estaba con la adrenalina ayudando en todo lo que podía pero no lloraba; ya cuando empezó a llorar me sentí más tranquila y ya nos empezamos a retirar cuando había poca luz, cuando ya había gente que se hiciera cargo”.

“Yo soy sicóloga, entonces empecé a ver síntomas tanto de él como de mí, de no poder dormir, de que brincaba en la noche; hablaba diciendo ‘se cayó esto, se cayó lo otro’. Él cuenta mucho la historia de qué hizo, qué pasó, por qué sí se salvó, qué pasó con los que murieron. Señala que los que murieron fue porque se regresaron por sus mochilas y porque quisieron salir del lado derecho y en vez de ir al punto de reunión salieron por la puerta que daba a la calle. Me pregunta mucho por sus amigos queriendo asimilar lo que sucedió”.

‘COMO HACERLO REGRESAR A LA REALIDAD’

Exactamente 32 años antes, el 19 de septiembre de 1985, Rosanna vivió ese sismo en la UIC como estudiante, a la que regresó este jueves con Carlos, quien fue recibido con aplausos que le apenaron.

“Mi amiga Anabell Pagaza trabaja aquí y me dijo ‘¿no será buena idea que venga a ayudar?’ Le dije ‘creo que sí, le hace falta, saber no quedarse en la tragedia, sino que necesita seguir ayudando’ y ahorita que llegamos al centro de acopio lo recibieron a él como invitado especial, diciendo que había estado en el derrumbe; le aplaudieron, lo hicieron sentir muy bien, fue como hacerlo regresar a la realidad”.


Rosanna y su hijo Carlos se sumaron a las labores de apoyo tras vivir momentos dramáticos.
Rosanna y su hijo Carlos se sumaron a las labores de apoyo tras vivir momentos dramáticos.  (Mediotiempo)


Desgraciadamente, el grupo de Whats de Rosanna ahora también sirve para avisos de servicios funerarios para los pequeños que no alcanzaron a ser rescatados con vida, pero para quienes existe una solidaridad redoblada y por quienes, de alguna manera, Carlos trabaja como voluntario.

“Sigue ayudando y ayudando y él platica la historia, y es algo que yo creo que es muy bueno porque le ayudará a ir asimilando, reparando; habla del tema, se contacta de nuevo con sus sentimientos porque hasta ayer lo veíamos muy inquieto, angustiado y ahorita anda muy contento, anda de allá para acá y es algo muy bueno”.

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