Giuseppe Meazza amaba el futbol. Nació el 23 de agosto de 1910 y su infancia estuvo marcada por la muerte de su padre en la Primera Guerra Mundial alrededor de 1917.
Desde que era niño su pasión fue el juego, todo el tiempo buscaba practicar con la pelota hasta que desesperó a su madre, una vendedora de fruta, quien no quería esas distracciones para su hijo, así que cuentan sus biógrafos que le escondió su único par de botas para jugar futbol.
Lejos de desincentivar a su hijo, Meazza se las ingenió para destacar y fue así que un modesto club llamado Gloria FC lo llevó a sus filas. De ahí intentó entrar a las Fuerzas Básicas del Milan, pero fue rechazado.
Los que sí vieron potencial en el espigado y elegante mediocampista fue el Inter de Milán, equipo con el que debutó el 12 de septiembre de 1927 a los 17 años. De ahí fue cedido al club Ambrosiana Inter.
Siendo tan joven se hizo un espacio entre los jugadores consagrados y dos años después logró anotar 31 goles en la temporada 1929-30 de la Serie A, justo cuando comenzó a disputarse el torneo italiano.
Su carrera se desarrolló en tres clubes, incluyendo el Milan que finalmente lo aceptó al reconocer su capacidad goleadora. Con 216 goles en 367 partidos está considerado el quinto mejor anotador de toda la historia de la Serie A y, según cuenta, un futbolista peculiar dentro y fuera de la cancha.
Un Bicampeón Mundial
El talento de Meazza no sólo era para notar goles sino para producirlos. Crónicas del Mundial de 1934 y 1938 recuerdan su aporte en el juego ofensivo de la Selección nacional de Italia, con la que conquistó ambos trofeos.
El primero de ellos con la presión del gobierno del dictador Benito Mussolini, que presionó al equipo para lograr el campeonato en casa y mostrarle al mundo que el mejor equipo de futbol era la Azzurri.
Aún queda en los registros que la Final de 1934 entre Italia y Checoslovaquia, el gol del triunfo anotado por Schiavio en una jugada en la que intervino Meazza con un habilitación para Guaita y de ahí la asistencia para el delantero que a los 95 minutos logró el 2-1 definitivo.
Meazza volvió a ser convocado para el Mundial de 1938 en donde también fue titular ante Hungría en la Final, justo como el capitán del equipo. Así que a él le tocó estar en aquél momento en el que el entrenador Vittorio Pozzo leyó el fatídico telegrama “vencer o morir”, enviado por su máximo gobernante. El resultado fue un 4-2 que les otorgó el trofeo Jules Rimet y consagró a Meazza con el equipo nacional.
