El Inter intentó olvidar la inesperada caída ante el Bodo/Glimt en la Liga de Campeones y mantuvo su fortaleza en la Serie A con su octava victoria consecutiva, por 2-0 frente al Génova con tantos de Dimarco y Calhanoglu, que obliga al Milan a ganar este domingo al Cremonense si no quiere despedirse del título.
La eliminación frente al Bodo/Glimt en los dieciseisavos de final de la Liga de Campeones fue un palo muy duro para los hombres dirigidos por Christian Chivu. El combinado noruego, con dos victorias (3-1 y 1-2), bajó de la nube al Inter, que se encontró con el Génova en su regreso a la Serie A.
De momento, esa es la competición en la que ha presentado un rendimiento más regular. El Génova, que pelea por no perder la categoría, visitó a un equipo herido pero muy fuerte en el torneo de la regularidad, prácticamente inabordable y poderoso, de victoria en victoria.
Chivu retocó el once de la 'Champions' con cuatro caras nuevas: De Vrij, Carlos Augusto, Mkkhitaryan y Bonny; sacrificó a Bisseck, Bastoni, Fratessi y Esposito. La salida de Bastoni, sancionado, fue obligada. El resto, vio el choque desde el banquillo. Y Lautaro, todavía lesionado, desde la grada.
Los once elegidos por Chivu se tomaron muy en serio el encuentro. Necesitaban olvidar el tropezón del Bodo/Glimt, dejar atrás esa losa y encauzar el primero de los títulos a los que todavía opta el Inter (en la Copa le espera esta semana el Como en semifinales).
Dimarco se puso al frente de las operaciones. Se encuentra en un estado de forma excepcional y se encargó de romper con velocidad a la endeble defensa del Génova. Suyo fue el primer gol, una volea preciosa tras un pase picado de Mkhitaryan por encima de la defensa. Golpeó el balón con el exterior, cruzado, inalcanzable para Bijlow, que antes salvó cabezazo de Bonny y respiró aliviado con un disparo al larguero del mismo Mkhitaryan.
Del Génova hubo poco que contar. Nada en el primer tiempo. Tampoco en el segundo. El Inter administró la ventaja con ese pragmatismo que distingue a los equipos maduros. Sin estridencias, sin precipitación.
En el otro banquillo, De Rossi movió piezas para sacudir a los suyos, demasiado anestesiados para un partido de esta exigencia. El 1-0 era corto, y el fútbol siempre guarda una emboscada, pero la sensación de control era evidente.
La sentencia llegó por la derecha. Luis Henrique irrumpió con decisión, probó fortuna y Bijlow repelió el disparo contra el palo. El propio lateral recogió el rebote y centró al área, donde Amorim tocó el balón con la mano. Penalti. Calhanoglu, desde los once metros, no perdonó. A falta de veinte minutos, el partido quedó sellado.
No hubo más historia. El tanto del turco terminó de apagar cualquier conato de reacción. El Inter olvidó el tropiezo europeo y reafirmó su autoridad doméstica. Es líder con trece puntos de ventaja sobre el Milan, aunque con un partido más, y un derbi asoma en el horizonte el próximo fin de semana. La Serie A, si no lo está ya, puede quedar prácticamente sentenciada en apenas siete días.
