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Jaime Munguía no sólo ganó un cinturón de campeón mundial, recuperó algo más peligroso: la confianza

El tijuanense aseguró que ante Armando Reséndiz tuvo la mejor actuación de toda su carrera. Y por primera vez en mucho tiempo, sonó como un peleador convencido de sí mismo, no como alguien tratando de convencer a los demás.

Jaime Munguía demostró grandes avances en su boxeo. (Foto: Instagram @jaimemunguiaoficial)
Jaime Munguía demostró grandes avances en su boxeo. (Foto: Instagram @jaimemunguiaoficial)
Olga Hirata
Ciudad de México

Hay boxeadores que ganan campeonatos y aun así salen del ring con dudas pegadas en la espalda. Como si el cinturón no alcanzara para callar ciertas voces internas.

Y luego está lo que le pasó a Jaime Munguía el pasado fin de semana en Las Vegas. Porque sí, recuperó un campeonato mundial supermedio de la AMB tras vencer por decisión unánime a Armando Reséndiz. Pero la sensación alrededor del tijuanense no tuvo tanto que ver con el cinturón, sino con algo mucho más difícil de recuperar en el boxeo de alto nivel: la confianza.


“Considero que es de mis mejores peleas, si no es que la mejor. Me sentí muy bien en todos los aspectos”, soltó Munguía.

Y no sonó a frase de conferencia. Sonó a alivio. Porque durante años, Munguía fue ese peleador al que nadie podía acusar de cobarde, pero sí de ir demasiado acelerado por la vida. Mucha gasolina, poca pausa. Mucho golpeo, poca administración emocional del combate. Un boxeador que parecía pelear como si el reloj le debiera dinero.

Ante Reséndiz apareció otra versión. Más paciente. Más fría. Más madura. No quiso noquear por desesperación. No se fue al intercambio inútil para agradar. Midió distancia, administró tiempos y entendió algo que les cuesta muchísimo a ciertos peleadores mexicanos: no todas las guerras necesitan convertirse en carnicería para ser memorables.

Jaime Munguía se medirá al Toro Roséndiz el 2 de mayo.
Jaime Munguía recupera confianza.


Ahí también aparece la mano de Eddy Reynoso.

Munguía reconoció que el cambio no nació únicamente en este campamento, sino en un proceso más largo de ajustes físicos y técnicos que venían trabajando desde antes. Y se notó. Porque esta vez no parecía un peleador tratando de demostrar que es fuerte. Parecía uno que finalmente entendió cuándo usar esa fuerza.

“Se notó el trabajo que hicimos, pues no sólo fue el campamento. Veníamos trabajando desde antes”, explicó el tijuanense.

A los 29 años, Munguía ya pasó esa etapa incómoda donde el boxeador vive atrapado entre la promesa y la obligación. Esa zona donde todos te siguen viendo como “el que puede llegar”, aunque lleves años arriba del escenario.

Hoy, el panorama cambia. Porque en las 168 libras ya no alcanza con ser espectacular. Ahí viven monstruos funcionales. Tipos como Dmitry Bivol, Artur Beterbiev o David Benavidez, que no te regalan absolutamente nada y además tienen esa frialdad quirúrgica que suele desnudar a cualquiera que suba al ring con ego desordenado.

Jaime Munguía enfrentó y venció a Bruno Surace en Arabia Saudita (Reuters)
Munguía está listo para un reto de mayor peso. (Reuters)


Por eso la victoria de Munguía importa más de lo que parece.

Porque no dio la impresión de un peleador desesperado por entrar a conversaciones grandes. Dio la impresión de alguien que por fin entendió cómo quedarse en ellas.

Fernando Beltrán, director de Zanfer Boxing, respaldó el crecimiento del campeón y dejó claro que la alianza con Reynoso continuará, convencidos de que todavía hay margen para explotar el potencial del tijuanense.

Y quizá esa sea la parte más interesante de toda esta historia.

Que Munguía, después de tantos reflectores, tantos elogios apresurados y tantas dudas incómodas, parece haber descubierto algo que en el boxeo vale más que un cinturón: la calma.

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