El juego de ida de la final del futbol mexicano nos demostró que en este deporte no existen las verdades absolutas y que es de acuerdo a las circunstancias imperantes en el rectángulo verde se actúa de tal o cual forma. En su trayectoria como entrenador, Víctor Manuel Vucetich ha sido acusado de practicar un sistema defensivo y ultra-conservador; de hecho, los logros que ha alcanzado como estratega han sido opacados por una forma de ser y pensar que no es compartida por la gran mayoría del medio futbolístico, el mismo sector que lo tacha como un tipo que va en contra del espectáculo y como un técnico que lo único que busca es asegurar el empleo por medio del resultado, careciendo de importancia la impresión del público respecto a ello. Sin embargo, existen elementos que obran a favor del estratega mexicano y que pueden demostrarnos que los planteamientos que utiliza pueden resultar adecuados al momento de ofender al contrincante. En el encuentro del miércoles ante los Tigres, el Pachuca presentó un equipo en el que cada uno de sus elementos tenía la obligación de cuidar el accionar de su rival, pero en ningún momento se observó a un jugador Tuzo enclaustrado en su propio terreno. El cuadro hidalguense llegó a atacar hasta con seis o siete elementos, permitiendo que Manuel Vidrio y Francisco Gabriel de Anda se sumaran al ataque en el momento que ellos creyeran conveniente. La tendencia natural de los seres humanos a generalizar partiendo de un número limitado de experiencias cuenta con un margen de error bastante significativo, de nuestra propia capacidad para entender las fronteras de este tipo de pensamiento depende la objetividad presente en el instante de presentar un juicio.
El primer capítulo de la disputa por el título resultó emocionante y espectacular, con llegadas por parte de ambos equipos y con un ritmo vertiginoso que hacía que el esférico pasara de un lado a otro sin dar cuartel al descanso de las pupilas de los espectadores. La diferencia indicada en el marcador radicó en que la entidad hidalguense si supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron, mientras que los Tigres carecieron de tranquilidad y certeza cuando estuvieron frente al arco defendido por Miguel Calero. El cuadro dirigido por Nery Pumpido tuvo el mérito de levantarse del golpe psicológico recibido tras la falla de Gustavo Campagnoulo, quien difícilmente olvidara una jugada tan desafortunada y vergonzosa para un arquero de su jerarquía. Después del empate, los norteños tuvieron en su poder la facultad de manejar el cotejo, de imprimir su propio ritmo y de llevar el destino de las acciones por el sendero que más conveniente les resultara. Sin embargo, permitieron que el Tuzo siguiera vivo y éste se encargó de abrir dos nuevas heridas en el corazón del tigre. Los locales aprovecharon los momentos psicológicos que se presentaron a su favor; los visitantes, no. Parece simple, pero dicha diferencia, en una final tan pareja como la que estamos viviendo, puede resultar definitiva.
El “Volcán” hará erupción, tome las medidas que considere necesarias y prepárese para conocer al nuevo campeón del balompié mexicano.