El futbol mexicano obtuvo una victoria por la mínima diferencia tras haber sufrido severos reveses desde el escritorio. La permanencia del ascenso y descenso en nuestro balompié se significa como el único rayo de luz en medio de la oscuridad y la incertidumbre que inundan el entorno. Los propietarios quisieron la reducción a dieciocho equipos y la consiguieron sin que importara la justicia implicada en los mecanismos utilizados; decretaron la aceptación de seis extranjeros y más tardaron en desearla que en convertirla en realidad. Afortunadamente, su último capricho o iniciativa, dependiendo del cristal con que se mire, fue rechazado por la Asamblea General de la Federación Mexicana, en la que, dicho sea de paso, cada integrante veló por sus propios intereses, sin que realmente se partiera de la búsqueda de un beneficio netamente futbolístico. Queda claro que en negociaciones como las anteriores el aspecto deportivo pasa a segundo o tercer término.
La suspensión del descenso, aunque fuera únicamente por un año, habría generado graves consecuencias para nuestro ya de por sí cuestionable sistema de competencia. Las instituciones involucradas en la lucha por no descender habrían aprovechado dicha situación para permanecer hundidas en la mediocridad, misma que no les resulta extraña, pues ya están plenamente acostumbradas a vivir en ella. No faltarán quienes digan que a lo largo del plazo propuesto se podrían haber construido los cimientos de un proyecto sólido y confiable, pero no sería más que un buen esfuerzo por olvidar las innumerables experiencias del pasado.
Los directivos prometieron cambios y lo cumplieron. El problema radica en que dentro del tan comentado proceso de profesionalización existe cabida para todo tipo de análisis en materia económica, pero nunca para lo que sucede sobre el rectángulo verde. Alberto de la Torre y Decio de María tienen muy en claro que están al frente de una simple empresa y que su única finalidad es generar ingresos para sus bolsillos y las de sus superiores. Si se trata de ver el futbol como un negocio tenemos que preguntar ¿En qué momento los aficionados verán que el dinero empleado en la compra de un boleto va de acuerdo a lo visto sobre la cancha? ¿Cuándo existirán mayores beneficios para los asistentes a los estadios? Venga, hablemos en términos empresariales y esperemos respuestas.