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Editorial Mediotiempo
Columna de Mauricio Cabrera Editorial Mediotiempo

Máquina eficiente

Cruz Azul es una agradable realidad. Doce jornadas han transcurrido sin que el ferrocarril celeste sufra alteraciones futbolísticas de cuidado. Tener un buen comienzo y caer paulatinamente hasta borrar lo realizado en un principio suele presentarse como escenario común en el balompié nacional; sin embargo, el cuadro de la Noria no sólo ha confirmado sobre el rectángulo verde que sus intenciones de luchar por el título son verídicas y bien fundamentadas, sino que ha trabajado arduamente para corregir los detalles que impedían la puesta a punto. Tras la derrota que marcó el adiós a su calidad invicta, no fueron pocos los que pronosticaron que las tristezas estaban por volver y hubo quienes calificaron lo visto en la primera etapa del certamen que discurre como un espejismo propiciado por el agradable momento psicológico más que por las satisfactorias condiciones balompédicas. El tiempo y la buena imagen desplegada por los cementeros se encargaron de silenciar a los escépticos y de alimentar las esperanzas de una afición que está urgida de triunfos, ansiosa por recuperar el abolengo perdido en torneos recientes.

El cuerpo técnico encabezado por Rubén Omar Romano tiene un mérito indiscutible, y no es otro que el privilegio del trabajo colectivo sobre el individual. Cualquier estratega estaría complacido al contar con elementos de renombre en el plantel que dirige. Entre mejor calidad tenga la materia prima, mucho más se facilitará el trabajo de llegar a la cúspide. No obstante, el proceso de unir las individualidades en torno a una propuesta específica resulta complejo y, para muchos, insuperable. El actual líder del balompié azteca sorteó exitosamente este obstáculo. Cruz Azul no es únicamente César Delgado; no depende de Francisco Fonseca, ni de cualquier otro hombre. Cada jugador actúa cual si fuera una pieza en un tablero de ajedrez, conoce sus funciones y posibilita el lucimiento de los demás. Por obvias razones, siempre resalta el habilidoso, el que marca los goles, el que se roba el aplauso del público, pero el mérito en este caso debe ir de lo de general a lo particular.

La inteligencia es un requisito fundamental para brillar en el balompié moderno. La Máquina lo cumple por amplio margen. El equipo cruzazulino juega con sumo criterio y analiza correctamente los momentos psicológicos de los partidos. En ocasiones, gana mediante actuaciones espectaculares y que no dejan lugar a dudas; en otras, es mucho más conservador, permite que el rival corra con el esférico en los pies y golpea con precisión quirúrgica cuando el contrincante sólo está pensando en vulnerar la meta resguardada por Oscar Pérez. Frente a los Tigres, provocó que los locales hicieran el gasto, los invitó a tener la de gajos y recurrió a la velocidad y a la táctica fija para aniquilar las posibilidades de un conjunto cansado después de su actividad en la Copa Libertadores de América. Implacable y oportuno, dos calificativos indudables y merecidos para el comando azul.

El estar ubicado en un camino apacible y despejado siempre resulta un tanto peligroso. Los excesos de confianza son propios de la condición humana, en especial, cuando de imponerse a un semejante se trata. Cruz Azul tiene el difícil reto de mantener la humildad mientras recibe un sinnúmero de elogios y alabanzas. Finalmente, lo que haga o deje de hacer a lo largo de la fase regular no será más que el prólogo de una historia que se terminará de escribir en la fiesta grande, donde un mal partido puede echar por la borda lo realizado en anteriores compromisos.

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