La marcha invicta de México no deja lugar a dudas. El ansiado boleto a la Copa Mundial Alemania 2006 es un hecho prácticamente consumado. Asegurar el acceso a la máxima justa balompédica del orbe siempre será fundamental para cualquier representación que aspire a las grandes alturas futbolísticas. La Selección Mexicana ha cumplido cabalmente con la misión y ya tiene más de un pie en la cita del próximo año. Los rivales dejan mucho que desear. La raquítica infraestructura de los equipos que forman parte de la Concacaf provoca que escuadras como la dirigida por Ricardo La Volpe y la de Estados Unidos estén del otro lado casi por consecuencia lógica. Se entiende que el grado de dificultad es mínimo, mas no por ello se puede menospreciar el cumplimiento del objetivo. Superar satisfactoriamente los engorrosos trámites es un logro en sí mismo. No han sido pocas las ocasiones en las que los excesos de confianza y la prepotencia de sentirnos superiores generan contratiempos mayúsculos. Apenas en la eliminatoria pasada, Javier Aguirre tuvo que llegar para salvar el barco a la deriva heredado por Enrique Meza. En el sentido meramente estadístico, nada puede cuestionársele al actual cuerpo técnico. El aplauso moderado encuentra justificación en la matemática.
La efectividad no siempre va ligada al buen funcionamiento sobre el terreno de juego. Afirmar lo anterior puede lucir a simple vista como un absurdo. En la teoría, un conjunto que gana trece de quince puntos disputados tiene argumentos de sobra para convencer. Los números no mienten, dirán los amantes de la calculadora. Razón no les falta. Los resultados son el parámetro indiscutible de los proyectos deportivos; sin embargo, es necesario salir de la cerrada esfera que privilegia únicamente el fondo para reconocer con cierta preocupación que aún restan muchos detalles por afinar en la forma, esa que frente a rivales de mayor jerarquía desempeñará un rol primordial. El Tricolor podrá estar ganando y sumando en cada presentación, pero su quehacer sobre el rectángulo verde produce ansiedad y, en el peor de los casos, indiferencia. México juega sin transmitir fielmente un estilo y una filosofía. Los goles, cuando menos ante Guatemala y Trinidad y Tobago, dieron la impresión de haberse gestado como eslabones sueltos de una cadena que no termina de ensamblarse. Los partidos discurren y no se aprecia mayor conjunción entre líneas ni un aumento en la productividad ofensiva. Siempre se vuelve necesaria una genialidad de dos o tres individualidades para solapar y esconder las deficiencias colectivas. El futbol que despliega la oncena verde ha sido más que suficiente en la ronda clasificatoria. Habrá que aguardar para conocer si también servirá en la Copa Confederaciones, donde los enemigos serán mucho más calificados.
La actualidad del proceso encabezado por La Volpe no presenta complicación alguna. Las inquietantes dudas y los temores fundamentados son a futuro. Las recientes victorias frente a rivales de la región pueden marcar el inicio de tiempos exitosos para nuestro futbol, pero también cuentan con la peligrosa facultad de convertirse en una muralla que impida apreciar las debilidades de un cuadro en formación. El tiempo, como de costumbre, acabará emitiendo un veredicto.