El título es considerado como un lujo innecesario para quienes tienen prioridades diferentes. Si el fracaso de algunos se fundamenta en los campeonatos alcanzados, existen otros que trazan sus objetivos con base en la supervivencia en el máximo circuito. Mientras la mayoría de los participantes sueña con llegar a las instancias finales, Dorados y San Luis enfocan sus baterías a salir triunfantes en el infernal duelo por el no descenso. Cada uno se preparó a su manera. El primero recurrió a la solidez colectiva para buscar los resultados deseados; el segundo, a la reutilización de elementos que no habían sobresalido en el pasado. A ninguno de los dos les ha ido como esperaban: los problemas en la porcentual son una realidad que pintarán de angustia el próximo torneo. No hay problema. Ellos piensan a largo plazo, tienen la mira puesta en la finalización del próximo certamen, cuando el trabajo de un año encuentre un cruel veredicto en el siempre cuestionado sistema de competencia. Es la suerte que les tocó vivir…
La constante inestabilidad que provoca la lucha por el no descenso te transporta del sol a la sombra en cuestión de segundos. Los papeles de víctima y victimario se han modificado una y otra vez. En un principio, los del Pacífico, con una racha negativa sobre las espaldas, fueron señalados como los principales candidatos a perder la categoría, aunque Atlas también hacía merecimientos para la tan poco envidiada distinción. Unas jornadas más adelante, sinaloenses y Zorros comenzaron a sumar; los Tuneros, en cambio, se hundían dramáticamente en el fondo de la tabla, se mostraban incapaces de evadir los efectos de la volatilidad a la que están condenados quienes acaban de ascender. Las directivas tomaron decisiones pensando en corregir el camino: Juan Manuel Lillo y Raúl Arias fueron elegidos por los hombres de pantalón largo para evitar el fracaso. Éste par de estrategas, con sus propias fortalezas y debilidades, definirá, en buena medida, el desenlace de la historia.
La razón señala que un equipo en problemas de descenso requiere de un timonel que conozca el entorno, que posea una idea clara de lo que es el balompié mexicano. Cuando Juan Antonio García anunció el arribo del español Juan Manuel Lillo al banquillo de los Dorados, el medio futbolístico lo cuestionó a rabiar, prácticamente se burló de la figura de un hombre que ha mostrado mayores virtudes para la literatura que para la dirección técnica; sin embargo, la cúpula sinaloense conservó la tranquilidad y aseguró que confiaba en el proyecto presentado por el ibérico. Las cuentas entregadas navegan en la medianía. La constante ha sido una de cal por otra de arena. La afición, eso es indudable, estaría más tranquila con el sello de la experiencia en el banquillo. El tiempo dirá si la temeraria apuesta no entraña un costo demasiado elevado.
San Luis, a diferencia de su rival, optó por darle continuidad a Carlos Reinoso, quien estuvo respaldado por su extensa trayectoria como hombre ligado a Televisa. Los tropiezos no tardaron en llegar, se hilvanaron uno tras otro hasta hacer inevitable su salida. Su incondicional, Cristóbal Ortega, fungió como interino para finalmente abrirle la puerta a Raúl Arias. La elección de la dirigencia eléctrica parece adecuada: se trata de un técnico cumplidor en la estadística y que sabe hacer mucho con pocos recursos. Nada garantiza que los Tuneros salgan adelante, pero la certeza en torno a Raúl es mucho mayor a la gozada por Juan Manuel Lillo, y eso, el crédito al trabajo propio, ya es ganancia.
En la otra batalla, la de los olvidados, aún no se conoce un claro vencedor. Dorados apela a su propia experiencia para aceptar que es posible superar el reto; San Luis, a una racha de buenos resultados que le permita levantarse y, de paso, heredarle su papel al Atlas o al Veracruz. Mientras la pelota siga en juego, la esperanza existirá para ambos.