Es la queja de siempre en una jornada doble. Los directivos de la Federación Mexicana de Futbol amontonan partidos en un mismo horario y se olvidan de los aficionados que gustan de seguir una jornada a plenitud y hasta de los medios, obligados a dividirse de espectacular manera para alcanzar a cubrir los cotejos que se empalman. Ocho juegos en cuatro horas, ¡vaya saturación futbolera salpicada por el diminuto criterio de los hombres de pantalón largo!
Se habla de un proceso de profesionalización y de exorbitantes ganancias económicas; sin embargo, basta una actividad a media semana para concluir, por si aún no lo teníamos claro, que hace falta mucho trabajo e inteligencia para que el dinero manejado en nuestro balompié tenga coherencia con nuestro nivel organizacional. Al momento de colocar enfrentamientos a la misma hora lo único que se obtiene es una competencia innecesaria entre los partidos en cuestión, provocando que aquellas contiendas de menor convocatoria pasen desapercibidas por el medio futbolístico en general. Los aficionados prestarán atención a sus equipos y los medios se irán por los compromisos de atractivo comercial a la hora de programarlos en televisión; elegir la portada en los diarios, y al instante de preparar la top en los diversos sitios de Internet.
Se realiza, pues, una operación selectiva desfavorable para todos los involucrados. Los analistas sufren al día siguiente para tener una noción clara de lo que sucedió en cada uno de los partidos; la fanaticada se pregunta cómo quedó el resto de la jornada. Y, por si fuera poco, el tiempo para interpretar lo sucedido es tan limitado que un par de días después de concluida la fecha cinco llega la seis. Como si se tratara de jugar por cumplir simple y llanamente con el calendario, los partidos pasan y si acaso tres de ellos logran captar la atención de la comunidad futbolera.
Lo más llamativo de todo es que ni siquiera el dinero basta para recibir un trato digno. Tanto los que tienen las posibilidades económicas de contratar servicios de televisión de paga como los que recurren a la televisión abierta o a cualquier otro medio tendrán que limitar su pasión a un veinticinco por ciento, hablando de transmisiones en vivo. Si ni pagando una buena cantidad de dinero se puede ver completo el torneo, ¿qué caso tiene para un aficionado el hecho de invertir sus ganancias en un sistema que pasa de la llamada cobertura total a la transmisión de unos cuantos cotejos?
No es nuevo. La importancia de los aficionados en el mundo del futbol está menospreciada por los dueños del balón. Cuando nuestros dirigentes entiendan –si es que algún día lo hacen- que su negocio existe gracias a la nobleza y al espíritu consumista de quienes pagan un boleto o una suscripción, podrán pensar en imitar modelos efectivos de organización y mercadotecnia; mientras tanto, seguiremos con las promesas incumplidas y con las decisiones que alimentan los cuestionamientos de columnas como ésta.
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