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Editorial Mediotiempo
Columna de Mauricio Cabrera Editorial Mediotiempo

Cuando ser favorito es una maldición

La incapacidad para aceptar un rol de protagonista ha vuelto a significarse como uno de los detonadores de un nuevo fracaso en el futbol mexicano. Jesús Ramírez no miente al afirmar que la presión mató al equipo Sub-17 que naufragó en su intento por clasificarse al Mundial de Corea 2007.

Pero también influyeron aspectos que dependen del Cuerpo Técnico y los dirigentes, como la realización de un programa de trabajo acorde a las necesidades de una escuadra aspirante a revalidar una corona mundial y la definición clara respecto a los tiempos que una oncena ocupa para poder afrontar en toda forma una eliminatoria mundialista, más exigente en el rubro mental que en el meramente deportivo.

No es nuevo que una representación mexicana naufrague cuando todos la dan como amplia favorita. Por cuestiones históricas, que en nuestro futbol parecen anclarse mucho más que en el balompié de otras naciones, nos hemos acostumbrado a remar contracorriente, a llegar como víctimas y a capitalizar esa indiferencia para sorprender y ganar unas cuantas portadas en los medios de comunicación internacionales.

Gustamos de no crear expectativas, de no estar considerados entre los grandes, porque cuando esto sucede sufrimos hasta lo indecible por confirmarlo sobre el terreno de juego.  Preocupante aún más que esta situación se repite tanto a nivel de selecciones como de clubes, estos últimos sufriendo inéditamente en la Copa Libertadores de América para clasificar a la siguiente instancia.

Un ejemplo útil para continuar ilustrando los problemas que tenemos a la hora de lidiar con etiquetas trascendentes y que bien podrían ser utilizadas como aliciente para continuar cosechando resultados prometedores para el futuro a corto y mediano plazo se da en nuestra rivalidad futbolística con Estados Unidos, en la que gustamos de lamentar el alto crecimiento de los jugadores de las barras y las estrellas en vez de agradecer ese progreso como la oportunidad de oro para demostrarles que pese al desarrollo notable del balompié estadounidense, somos mejores a ellos y merecemos respeto por el simple y contundente hecho de ser la supuesta potencia futbolística de la región.

Pero no, nos quebramos la cabeza pensando en que están trabajando y creándonos problemas en vez de olvidarnos de ellos y seguir afianzando la imagen de nuestros representantes.

Lo acontecido con la Selección Mexicana Sub-17 vuelve a dejar en tela de juicio la capacidad mental de nuestros futbolistas. Somos como el típico estudiante que acostumbra sacar bajas calificaciones para sobresalir única y exclusivamente cuando se le ocurre, en vez de registrar una boleta de calificaciones que dé constancia del alto rendimiento a lo largo de un periodo considerable.

Este fracaso tiene un par de enfoques en lo que respecta a la presión ejercida sobre la nueva camada de jugadores. El primero de ellos nos indica que sí, que la herencia de sus antecesores era demasiado elevada y que ese peso fue demasiado para jóvenes inmaduros y fácilmente manipulables por el entorno. El segundo, que a la vez contrasta con el primero, señala que es precisamente la edad la que debió permitir el éxito. Nadie como los adolescentes alejados de los usos y costumbres del círculo vicioso mental de nuestro futbol para erradicar males gracias a su carácter aventurero y temerario, rompedor de protocolos.

Los medios de comunicación también debemos aceptar nuestra responsabilidad. Damos mucha importancia cuando algún equipo mexicano sale y dar la sorpresa; en cambio, pasamos por alto cuando se cumplen las exigencias, olvidando que son éstas las que enmarcan el punto de partido para un balompié en eternas vías de crecimiento.

Mientras no cumplamos con las obligaciones básicas, seguiremos inmersos en la inconsistencia y alimentado el escepticismo de quienes ven lejos la coronación del futbol mexicano en eventos de mayor nivel.

La categoría de "favorito" no puede seguir como una maldición. Muchos factores se conjugaron para el fracaso de la Sub-17. Cada uno de ellos nos lleva a lamentar esa tremenda parálisis paradigmática que nos hace rechazar un presente en el que muchos nos consideran como protagonistas más que como humildes participantes.

Y ese trauma sigue causando víctimas: ahora se trató de un grupo de futbolistas que sufrirán hasta lo indecible para acelerar su debut en el Máximo Circuito de nuestro balompié, regido éste por los intereses económicos y por la exposición que determinados elementos tienen frente a los medios de comunicación. Sean o no Campeones del Mundo merecen la oportunidad…

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