Futbol
Editorial Mediotiempo
Columna de Mauricio Cabrera Editorial Mediotiempo

Ficticia realidad mexicana 

El futbol de nuestro país ha terminado por adoptar tintes de engaño y de múltiples espejismos. Se volvió costumbre manejarnos con base en realidades fantasiosas, construidas a partir de hechos aislados o esporádicos y no de puntos lo suficientemente sólidos como para mencionar una profunda crisis o un desarrollo progresivo. De un día para otro, el técnico que debía ser corrido se convierte en un auténtico ídolo por ligar unas cuantas victorias; el estratega que obtuvo un título es despedido por una serie de resultados adversos que tienen que ver más con la huida de elementos importantes en su esquema que con incapacidad estratégica desde la línea de cal. Todo se mueve al ritmo de la más violenta de las mareas. Mientras tanto, nuestros deseos de evolucionar desaparecen en el abismo. 

Los diversos integrantes del medio futbolístico nacional nos hemos convertido en devotos del catastrofismo y el extremismo. Lo que tanto se crítica en términos políticos, se ha trasladado a las canchas, donde convertimos a nuestros adversarios en monstruos invencibles o los demeritamos como si a final de cuentas, no tuvieran las mismas facultades físicas y mentales para dar la pelea sobre el rectángulo verde. Nos sentimos los mejores o los peores, no aceptamos calificativos intermedios, pese a que la realidad de nuestro futbol está precisamente ahí, en la medianía, que no necesariamente tiene que ser vista como una posición mediocre. 

Insisto en el tema porque estoy convencido que es la única manera para que mejoremos y para que este deporte vuelva a cautivar la atención de los aficionados. No soy proclive a manejar experiencias personales en mi columna, pero me parece que esa sensación de aburrimiento y hartazgo que me inunda está presente en un alto porcentaje de los aficionados al balompié en este país. En el partido América-Pumas, sucedió como cuando alguien presiente que su novia le va a volver a fallar, y, efectivamente, falla. Ambas escuadras jugaron a no perder. Los felinos encerrados en un sistema poco ambicioso e indigno para un equipo grande y América en pleno atentado a una filosofía que de plano raya más en la retórica que en un verdadero deseo por jugar de tal o cual forma. 

El cese de Daniel Guzmán surge como una mancha más a lo incongruente de nuestro balompié. Cuando salvo al equipo del descenso y lo llevó al título, se hablaba de un estratega con los tamaños suficientes para volver a dirigir al Rebaño o para afrontar retos mayores. Una campaña irregular, comprensible si se toman en cuenta las salidas de piezas importantes en su esquema, resulta suficiente para darle las gracias y para que los aficionados del conjunto de la Comarca, de acuerdo a lo que he visto en los foros de Medio Tiempo, estén de plácemes, como si alternativas mejores a lo que ya ofrecía Daniel estuvieran por doquier. 

El sábado, el equipo de más de cien millones de mexicanos será testigo y víctima del enfermo extremismo en que nos hemos adentrado. Si vencemos a Costa Rica, se hablará del resurgimiento del Gigante, de la espléndida capacidad individual de nuestros seleccionados y hasta se advertirá que, otra vez, estamos para avanzar caminando a la Copa del Mundo Sudáfrica 2010. Si perdemos, se dirá que los costarricenses son la octava maravilla, que somos los peores y que el tropiezo obedece a que subestimamos al rival, cuando en realidad, asegurar que se pierde por exceso de confianza es uno de los más graves y marcados vicios de prepotencia y soberbia en el futbol mexicano. 

Mi deseo es que el Tri gane, pero no para adjudicarnos una magnificencia que estamos muy lejos de merecer, sino para dar un paso tímido pero valioso hacia el frente en esa lucha constante por pasar de la medianía a los roles de protagonismo a nivel mundial.  Opina de esta columna aquí.

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