La victoria en el futbol de nuestro país suele ir acompañada de una dosis de sorpresa y de hechura al vapor. Los cambios de técnico en un mismo ciclo mundialista son habituales en un entorno de nula paciencia. La solución siempre popular cuando se presentan problemas de resultados radica en decapitar al responsable del banquillo en turno para saciar la sed de venganza de aficionados y directivos. La sangre vende en una sociedad proclive a la explosiva construcción de héroes y villanos. Los proyectos se dan a cuentagotas. Percibimos la continuidad como un elemento insostenible en un entorno acostumbrado al escándalo inmediato. La Selección Mexicana que enfrentará a Estados Unidos encierra un sinnúmero de los males que han impedido el desarrollo sostenido de nuestro balompié. Nuestra toma de medidas sobre la marcha pierde terreno ante el trabajo sistemático del cuadro de las “Barras y las Estrellas”. El recurso de percibir a uno o dos futbolistas como elegidos para levantar un barco hundido por la falta de planeación es derrotado por la apuesta colectiva que cobija al conjunto norteamericano. La debilidad estructural del futbol nacional sobre el de nuestros vecinos del norte no implica, por fuerza, que se vaya a perder el enfrentamiento contra Estados Unidos. México mantiene una marcada fortaleza en términos individuales. Es un conjunto con mayor talento creativo y con superior capacidad para improvisar sobre el rectángulo verde. En el Azteca, bajo el cobijo de más de 100 mil aficionados, el Tri obtendrá, espero que así sea, un triunfo que catapultará las posibilidades de acudir a la Copa del Mundo. La deseada victoria, si llega a materializarse, nos devolverá la sonrisa al rostro y un sentimiento de orgullo positivo para retos futuros, pero peligroso por el venenoso hábito de pensar que un triunfo es el indicar más efectivo para medir el nivel de uno y otro futbol. El proyecto de Estados Unidos para convertirse en Campeón del Mundo es contundente y clarificador en ese sentido: un resultado positivo, incluso en la máxima justa, no debe tomarse como parámetro único y exclusivo al momento de evaluar el nivel que se tiene. La reflexión aplica para cualquier conjunto. Mientras nuestra mentalidad consista en vivir fascinados por los marcadores positivos y en provocar el más grande drama por los negativos, seguiremos asumiendo el rol de ganadores ocasionales. Sueño con que México le dé una lección a Estados Unidos. Aguirre y los suyos no me dejan dormir, acaparan mi cerebro y mi corazón. Pero para que valga realmente la pena lo que sucederá en el Coloso de Santa Úrsula, tendremos que adjuntar a la victoria un análisis en el que comprendamos que nuestro panorama no puede limitarse a un partido. Mientras nosotros marcamos el día de hoy como la fecha definitiva, ellos, no saben cuándo mas sí cómo, tienen la mente y la mira puesta en ganar una Final de la Copa del Mundo. De salida Mi columna de la semana anterior fue tomada por la Directiva del América como una falta de respeto y una ofensa personal hacia Michel Bauer. Quiero aclarar que la utilización de la palabra “inepto” no tenía la intención de insultar al hoy Presidente de las Águilas, y que, viendo que fue percibida como un agravio, le ofrezco una disculpa. Sostengo mi postura en torno al inestable desempeño de las Águilas. Se puede y se debe hacer mucho por mejorar a una institución urgida de títulos y de ofrecer un juego espectacular. Ustedes juzguen…
La improvisación de México
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