A la sociedad mexicana le cautiva la idea de navegar entre la épica y la tragedia. Los puntos medios, aquellos que suelen significar una mayor capacidad de análisis, no existen en un entorno acostumbrado al catastrofismo inmediato ante la menor provocación y a la construcción de grandes castillos de arena ante cualquier éxito que se presente. El "Vaso" nunca está medio lleno ni medio vacío, es todo o nada; o eres héroe o eres un don nadie; o eres el peor sobre la cancha o vas en camino de ser Campeón del Mundo.
La Selección Mexicana y su accionar en la eliminatoria para obtener un boleto a Sudáfrica 2010 son fieles reflejos de la catapulta de emociones en la que estamos inmersos. Cuando la oncena tricolor habitaba en posiciones lastimosas, se auguraba el adiós a la Copa del Mundo, se presentía la peor de las tragedias y se calificaba a Vela y a Giovani como dos promesas que nunca alcanzarían a ser realidades. Tras una victoria de alto significado emocional por lo que implica acceder a la máxima justa balompédica del orbe, se nos olvida la verdadera capacidad de El Salvador y consideramos que México tiene con qué aspirar a ser semifinalista en suelo africano, tal como lo muestra una encuesta realizada en este portal.
La lectura del caso no preocupa por haber sido extremistas en un suceso determinado, sino por la escasa apertura mostrada a la hora en que se debe aprender de las lecciones recibidas. La pesadilla en que se convirtió la estancia de Hugo Sánchez como seleccionador nacional estuvo cargada de los mismos elementos y de circunstancias muy semejantes a las que se presentan hoy en día, aunque a diferencia del panorama actual, en el que viajamos de la amenaza del fracaso a la sensación de alivio, en aquel pasamos de navegar en aguas prometedoras a la más cruel de las pesadillas en el preolímpico.
Todos los que participamos en el medio futbolístico nacional tenemos un alto grado de responsabilidad. Los medios de comunicación, he de reconocerlo, nos concentramos en la construcción de héroes y villanos para incrementar nuestras visitas, vender más periódicos o elevar el rating. Los aficionados, proclives a cuestionar la calidad de los contenidos entregados, entregan más visitas a una nota con tintes de extremismo que a una en la que priva el análisis y la justa dimensión.
En un entorno como el mexicano, ser cauto en las críticas equivale a pasar desapercibido. En la política, por citar un ejemplo, los que acaparan la atención son los que usan la retórica para mostrar una actitud bravucona y populista. Si un miembro del Congreso asiste con una versión objetiva de los hechos, su intervención no tendrá efecto alguna. La televisión no difundirá su discurso y, aunque lo hiciera, la gente no invertiría su tiempo sin la presencia de frases incendiarias.
El escenario en lo que respecta a la Selección Mexicana indica que nuestro futbol está entre los mejores 32 equipos del mundo. No importa si clasificamos en la UEFA o en la Concacaf, porque hasta eso nos gusta criticar. Lo demás llegará paso a paso, sin necesidad de inflar a quienes hace unos meses, según la mayoría de las voces, jugaban basura.