La gestación del fútbol femenil en Afganistán

En la vida de Fanoos Basir el balón nunca ha dejado de rodar, a pesar de las amenazas de muerte, de pasar parte de su vida en un campo de refugiados y del fundamentalismo de los Talibanes.
En la vida de Fanoos Basir el balón nunca ha dejado de rodar, a pesar de las amenazas de muerte, de pasar parte de su vida en un campo de refugiados y del fundamentalismo de los Talibanes.
 En la vida de Fanoos Basir el balón nunca ha dejado de rodar, a pesar de las amenazas de muerte, de pasar parte de su vida en un campo de refugiados y del fundamentalismo de los Talibanes.
Ciudad de México -
  • Las mujeres afganas, poco a poco ganan batallas por sus derechos

En la vida de Fanoos Basir el balón nunca ha dejado de rodar, a pesar de las amenazas de muerte, de pasar parte de su vida en un campo de refugiados y del fundamentalismo de los Talibanes. Es una mujer que vive en Afganistán y jugar futbol, estudiar ingeniería y de paso defender los derechos propios y ajenos de mujeres semejantes, la colocan en un mapa distinto dentro de un país donde ellas son las principales víctimas de las más de tres décadas que ha durado la guerra, principalmente si se habla de seguridad, educación e impunidad.

Fanoos está envuelta en la historia de su país. Nació en Pakistán, a donde su familia se mudó y vivió durante 25 años debido a la ocupación rusa de Afganistán. La guerra que acabó con los sueños de muchos (y duró hasta 1992), fue un ciclo en el que la veinteañera futbolista sembró los suyos. Comenzó a jugar a la edad de seis en el lodo y con niños dentro del campo de refugiados donde creció, justo cuando el mundo se sacudía entre el miedo y las lágrimas por el atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre, el comienzo de otra batalla–esta vez con Estados Unidos y que aún continúa--.

Pronto su posición de hermana menor de cuatro mujeres y un hombre, la hizo descubrir sus atributos y convenció a más niñas (incluida su hermana Sparghai) como ella a patear el esférico: “Hice mi propio equipo y comencé a decir que nosotras también podíamos jugar.

Tenía nueve años y a la mayoría de los padres de familia no les gustaba que sus hijas jugaran. De todos modos yo iba a sus casas a buscarlas y los convencía. Ninguna teníamos tacos o balón propio, pero yo siempre iba y me aparecía con el dueño del campo de refugiados, hasta que un día logré que nos diera dinero para comprarnos un balón. Sin saber nada de cómo dirigir un equipo, me puse a entrenarlas”, relata Fanoos y se transporta a Berlín, ahí recientemente pudo presenciar y participar en un taller llamado “Coach de Coaches” organizado por la fundación alemana Discover Football y a donde acudieron directoras técnicas y activistas de distintos países tercermundistas que apoyan a más mujeres seducidas por el futbol y que enfrentan barreras sociales similares.

Hace apenas diez años el futbol femenil en Afganistán era impensable. De hecho, de acuerdo a la misma fundación alemana, en el 2005 –justo tres años después de la caída del régimen Talibán-- el equipo Nacional Femenil de Afganistán fue fundado por sólo cuatro mujeres. La iniciativa convenció a la Federación Afgana de Futbol para construir una sección de promoción del soccer femenino que contiene 24 equipos en todo el país, a excepción de las zonas rurales.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos el balón en los pies de una mujer aún es visto como un acto de deshonra: “Mi religión es el Islam por nacimiento, pero yo no la sigo”, dice Fanoos, quien regresó a Kabul en el 2010 y fue seleccionada para el conjunto nacional.

“Jugar futbol sigue sin ser abiertamente permitido, pero desde mi punto de vista es un derecho por el que cada mujer debe luchar aunque para ellos esté mal”, no por nada la también activista usa sus ratos libres para leer libros de política… y ver futbol.

Los problemas que una mujer acarrea por intentar practicar la disciplina o por estudiar, sobre todo en provincia, son condenados con el fin de intimidar al resto de las que intentan seguirlas: “Sé que en zonas rurales cuando las mujeres van a la escuela los talibanes les rocían ácido en el rostro, por lo que se asustan y dejan de asistir. A otras pueden apedrearlas hasta provocarles la muerte o las amenazan diciéndoles que les lanzarán bombas”. La lateral izquierda también se sabe expuesta, pues así como ella la mayoría de las jugadoras usa autobús o llega a pie a los entrenamientos.

De vuelta al pasado, Fanoos confiesa que su gusto por el futbol es una imitación del amor que su padre le otorgaba al balón: “Él tenía su equipo el Brothers Football Club, donde jugaba con hermanos y amigos, eran trece en total pero en la lucha por nuestro país ahora seis de ellos son mártires”, describe y asegura que además del futbol su padre –ingeniero-- le ha enseñado a pelear por sus derechos y a no darse por vencida.

En una sociedad dominada por y para los hombres, el sueño cumplido de Fanoos de representar a su país junto con otras 24 mujeres, con quienes incluso ha viajado a naciones de primer mundo --como Noruega-- para jugar, y su lucha, hablan de un paso adelante en la forma cómo se gesta el futbol femenino en Afganistán; la valentía de las mujeres que lo practican dice aún más,aunque en el fondo, aún hay señales de lo que falta por hacer para lograr la equidad.

“En lo personal no me gusta cubrir mi cabeza, pero por problemas sociales y culturales no tenemos permiso para jugar sin la bufanda ni las piernas y brazos cubiertos” reflexiona Fanoos; para ella las mismas barreras no le han permitido tener un nivel de juego de talla mundial. A pesar de los bombardeos, de las restricciones por ser mujer y la continua presión social por dejar de hacer lo que hace, su tirada se mantiene igual de intacta que desde su infancia.

“Mi mensaje para todas siempre trata de hacerles ver que no existe ningún cambio social ni revolución sin una activa y real participación de las mujeres”.

Y lo dice con el balón en los pies.

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