Tamara Vega, atleta de 'armas tomar'

Tamara rompe en cada competencia los estereotipos de un deporte que en sus inicios fue pensado en hombres.
 Tamara rompe en cada competencia los estereotipos de un deporte que en sus inicios fue pensado en hombres.
Ciudad de México -

La primera respuesta que se le vino a Tamara Vega después de ver la página de un libro donde Aristóteles ensalzaba a los pentatletas, fue: “También decía que eran los atletas perfectos, porque en ellos la fuerza y la velocidad se unían en hermosa armonía”.

La pentatleta que representará a México por segunda ocasión en unos Juegos Olímpicos, sabe usar los libros igual que la espada, la pistola y el ritmo de su corazón en las agotadoras pruebas de su disciplina. Eso se lo debe a su madre Lucelva Vega, la maestra de secundaria que de niña la dejaba jugar al futbol junto con su hermana, a las escondidillas, a los encantados, pero que también la guiaba hacia su biblioteca personal para atraparla con nombres e historias:

“Ahorita estoy leyendo todo tipo de novela histórica acerca de Cleopatra, Alejandro Magno. Es lo que más me gusta leer, sin embargo mi autor favorito es Herman Hesse”, cuenta la nacida en Chihuahua, quien como hija de madre soltera encontró el punto determinante de su vida a los 14 años –cuando ya sabía nadar y había practicado judo y taekwondo-.

“En una competencia vi un volante del Centro Nacional de Alto Rendimiento (CNAR) y me puse a investigar en internet. Le conté a mi mamá que me gustaría vivir en un internado para puros deportistas… después de mucho pensarlo, accedió y me acompañó a hacer las pruebas en el CNAR”.

Era 2007. Tamara no recuerda las palabras exactas que intercambió con su madre el día de su partida, pero aún después de nueve años y más de tres mil horas invertidas en los entrenamientos, “siempre nos despedimos con cierta tristeza”.

Aquella despedida fue solo el saludo de los éxitos. A los 18 años de edad se volvió campeona mundial juvenil individual en Estambul y en el 2011 se colgó el metal de bronce en los Panamericanos de Guadalajara 2011.

“Mi mamá fue a verme junto con mi hermana. Ambas estaban gritando todo el tiempo. Cuando supe que califiqué para los Juegos de Londres 2012 fui a abrazarlas… mi mamá estaba llore y llore, me dijo que ‘nunca pensó que esto nos iba a pasar’, que era una bendición y así”. En los Olímpicos cayó del caballo, pero el sueño se mantuvo intacto.

Había más: en marzo de 2015 se coronó, junto a Ismael Hernández, campeona en un relevo mixto de la Copa Mundial de Pentatlón.

La pentatleta, de “armas tomar”, usa los recuerdos para doblar esfuerzos en cada prueba durante las ocho horas de entrenamiento diarias que incluyen: natación, esgrima, equitación y la prueba combinada de carrera y tiro. En la ruta a los Juegos de Río 2016 ya es la mejor del continente –además de la plata de los Panamericanos de Toronto 2015-, un reconocimiento otorgado recientemente por la Confederación Panamericana de Pentatlón Moderno, tras colocarse en el décimo lugar de la Final de Copa del Mundo de la disciplina en Sarasota, Estados Unidos. “Es el resultado no solo de mi trabajo, también de mi entrenador Sergio Escalante y de todo mi equipo”.

Tras 88 años de que el Pentatlón moderno empezó a formar parte de los Olímpicos (en 1912), se integró el calendario femenil, en Sidney 2000. Y mujeres como Tamara rompen en cada competencia los estereotipos de un deporte que en sus inicios fue pensado en guerreros, hombres de “buena flexibilidad, caderas fuertes y dedos largos” como se narra en el libro The Naked Olympics.

Tamara conoce estas historias y las adapta a la realidad. “El moderno hace alusión al pentatlón antiguo, que eran las cuatro pruebas de atletismo y la última de lucha greco romana cuando el vencedor decidía si el contrincante moría o vivía, actualmente las cinco pruebas son totalmente antagonistas; conforme te va en una tienes que cambiar el chip y adaptarte a la siguiente. Por eso mi competencia prácticamente dura todo el día”.

Lo único con lo que Tamara juega ahora es con los latidos de su corazón, que bailan al ritmo de las pruebas, sobre todo “en la de equitación, donde no conoces al animal y tienes 30 minutos para saber de sus mañas, si es nervioso o no”, relata.

Tamara aprende de los libros y de la experiencia diaria. Sabe que los Olímpicos se viven y ha hecho todo para disfrutarlos por segunda vez.

 

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