El azúcar se ha vuelto el villano favorito en cualquier conversación sobre las dietas y la salud. Y sí, es verdad que el consumo excesivo de azúcar se relaciona con enfermedades, sin embargo, para los corredores puede ser distinto. El satanizar al azúcar sin entender el contexto, puede llevarnos a cometer el peor de los errores deportivos: quedarnos sin gasolina cuando más lo necesitamos.
Cuando corremos, no se trata únicamente de fuerza de voluntad, nuestro cuerpo necesita glucosa o azúcar para poder arrancar. Los músculos almacenan hidratos de carbono en forma de glucógeno, y esas reservas son esenciales para sostener el ritmo y evitar la fatiga antes de tiempo. El problema es que el tanque es limitado y, cuando se vacía, llega la temida pared: el bajón de energía que ningún corredor olvida.
En carreras de 90 minutos o más, el músculo necesita una fuente adicional de hidratos de carbono que pueda absorber de inmediato, es decir, que no contenga ningún tipo de fibra que le estorbe. Ahí es donde el azúcar juega un papel crucial: los geles, gomitas y bebidas deportivas funcionan porque contienen azúcares de rápida absorción. Y no porque sean alimentos saludables para todo momento, sino porque son eficientes para el deporte: gasolina lista para utilizarse.
Entonces, ¿Quién es el verdadero enemigo? No es el azúcar: es utilizarla mal. Tomarla sin necesidad, en exceso, o como parte de una dieta pobre en nutrimentos sí puede generarnos problemas. Pero si lo evitamos durante los entrenamientos o carreras largas por miedo a “engordar”, es innecesario y además puede sabotear nuestro rendimiento, la recuperación, así como nuestra relación con la comida.
Así como planificas tus kilómetros y tu descanso, planifica también tus hidratos de carbono. El azúcar tiene un momento correcto para poder consumirse y un propósito en el running. Úsalo donde corresponde y verás cómo, lejos de ser un enemigo, se convierte en uno de tus mejores aliados.
