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Columna de Caleb Ordoñez

¡Glorioso y doloroso futbol!

Caleb Ordoñez Talavera

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¡Exacto! Era como un espectáculo romano. El cúmulo de millones; la gente desvariada, perdida, nublada por el placer del partido; ahogados en el alcohol del juego, extasiados de los dribles, los cañones, los postes, travesaños, goles, goles y más goles. Ahí estaban tendidos los gigantes otrora imbatibles, ahora caídos con la cara en el césped, por ser vencidos de último momento. Mientras que aquellos, los asombrosos caballeros de las hazañas levantan los brazos al cielo, como aquél que se rinde ante la gloria del todopoderoso. Es asombroso lo que sucede en el mejor torneo del mundo, la Champions league.

Lo que pasó esta semana en los partidos de Barcelona contra Liverpool y Ajax contra Tottenham es imposible de reseñar sin pasión, sin el virus que se propaga en las células de todo aquel que ama este deporte. Las remontadas épicas que nos regaló el futbol son tan impresionantes como dolorosas:

Maldito futbol que no siempre le da al hombre lo que merece, que no le importa la calidad, el empeño y la dedicación de años. Que una vez más deja cabizbajo, confrontado, frustrado y a punto de las lágrimas al mejor jugador del mundo, como lo es Messi. Que apaga las voces del coro de miles, que con desilusión vieron en Ámsterdam, como su ensueño de una final más se escapaba como agua entre las manos, a unos cuantos segundos, malditos segundos de la gloria. Maldito sea siempre el futbol cuando nuestro equipo pierde, cuando vemos dilapidarse un año de esfuerzo, que decae una herencia que parecía inagotable. Cuando pusimos toda nuestra atención y nuestro más profundo deseo en esos estériles 90 minutos que solo nos impregnaron el hedor, la peste de la derrota.

Pero sea bendito por siempre, cuando hace brillar las proezas; cuando la heroicidad de los valientes logra las más grandes gestas, que serán inolvidables, imborrables y perpetuas. Bendito sea el futbol, que demuestra que es el deporte democrático por excelencia, que no hay gigante alguno que no pueda ser vencido incluso frente a la horda extensa, la turba que repleta el estadio y tiene que ver como rematan con una estocada final a tu opresor, en las mismas tierras infrahumanas del infierno. Bendito sea, cuando en esos gloriosos 90 minutos hubo rezos y oraciones a los distintos dioses y la gloriosa fe del que cree, se corona cantando abrazado de todo tipo de creyentes pero de una misma religión: El futbol mismo.

Bendito futbol que no se vale por apellidos, por escudos, por nóminas o números de playera.


Y entre más lo estudiamos, más lejano nos parece comprenderlo. Porque el futbol no son solamente números, no solo atiende a resultados, no se limita al balance de los méritos ni al peso de las jerarquías. Da y quita con una facilidad pasmosa. Rompe el corazón, como aquél primer amor, sin embargo lo vuelve a sanar y restaurar con momentos tan gloriosos, únicos y eternos como los que nos hizo vivir un 7 y 8 de mayo del 2019. Quizá deja tristes cicatrices, que un día también nos harán sonreír.

Así es el glorioso y doloroso futbol.

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