Con apenas diez fechas jugadas, el campeonato argentino ya vio irse de sus equipos a siete técnicos. Casi todos por las malas campañas que venían realizando, solo Reinaldo Merlo en Belgrano se fue por otra razón. La deuda que el club mantenía con él y sus colaboradores pudo más, y el ex volante de River decidió pegar el portazo. Los otros seis hoy desocupados son: Armando Husillos (ex Almagro), Miguel Russo (ex Lanús), Eduardo Solari (ex Estudiantes), Jorge Ginarte (ex Los Andes), Alberto Jorge (ex Racing) y Julio Falcioni (ex Vélez). Y varios están o estuvieron en la cuerda floja, como Mántaras en Colón, Bauza en Central o Rebottaro en Newell’s. Como se ve, la picadora de carne (o, mejor dicho, de técnicos) que es el fútbol argentino funciona a pleno. Primera lectura: los resultados mandan. Más allá de hablar del fútbol que le gusta a la gente, si las cosas no salen por más que el equipo muestre un juego vistoso, si los triunfos no aparecen enseguida, se piden cabezas. Y como es más fácil echar a un entrenador que a todo un plantel, el que se va es el técnico. No se respetan proyectos, contratos, trabajo realizado. Un resultado negativo y a cambiar de entrenador. Sin fijarse en cómo esto incluso afecta a las ya muy afectadas economías de los clubes. Porque no solo hay que indemnizar al cuerpo técnico saliente, sino también pagarle al entrante. Segunda lectura: es evidente que los dirigentes no saben elegir. Porque si a la mitad de un campeonato tienen que despedir al entrenador que ellos habían elegido apenas un tiempo atrás, es porque no son capaces, o por lo menos eso demuestran unos cuantos, de seleccionar correctamente a la persona que los lleve a realizar una buena campaña. Capaz, debieran preguntarse si ellos no deberían irse también, visto lo malos que demuestran ser a la hora de contratar un técnico. Como se ve, la picadora está funcionando óptimamente. Sin importar que los que en el fondo terminan siendo los únicos perjudicados son los clubes.
