Los hijos de...

Hoy comenzaré platicando de boxeo, pero finalmente trasladado al futbol.

Hoy comenzaré platicando de boxeo, pero finalmente trasladado al futbol.

Y es que la imagen de Julio César Chávez retando al público que se metía con su hijo quien fuera declarado ganador de una función controvertida en Hermosillo, fue verdaderamente patética.

A nadie le gusta que los aficionados se metan con un ser querido, lo insulten, le lancen objetos y cuestionen a gritos la honestidad de su actividad. ¡A nadie!

Por eso, el arranque del ex Campeón Mundial (que no se justifica) no fue si no la muestra de ira y coraje de un padre que quiere defender a toda costa a su hijo.

Y entonces me puse a pensar: ¿las familias de los árbitros acudirán a los estadios?, y si así es, ¿cada vez que les gritan ¡ratero, ratero! o ¡árbitro vendido!, reaccionarán igual que lo hizo Julio César?, ¿se imaginan a la mamá de Marco Rodríguez dando cates a cada tipo que le grita "Chiquidrácula"?, ¿y acaso los hijos de los jueces de línea cuando van a un estadio se ponen algo en los oídos para ignorar las mentadas cuando su padre levanta por error ese pequeño trapito que define tantas cosas?... no creo.

Pero ¡qué difícil debe ser manejar la calma cuando se es familiar cercano de gente como Cuauhtémoc, Hugo, La Volpe, Vergara o todos los hombres de negro!

Y es que si con cada uno que le grita se cayera en la provocación de ir a los golpes, las escenas bochornosas y de pelea callejera que se vivieron en esa función boxística se repetirían todas las semanas en todos los estadios.

Recuerdo aquella película de "Los hijos de Don Venancio", donde Joaquín Pardavé se liaba a golpes en las tribunas cuando los aficionados que le rodeaban se metían con su querido Horacio (Casarín).

Y es que cuando los que pagan un boleto por entrar a cualquier partido se ponen a gritar, nunca suponen que el que está a un lado puede ser pariente del ofendido.

Mi conclusión es que todo aquel que es personaje público debe saber que parte de su chamba es aguantar candela de los espectadores y por ende, su gente mas cercana mal haría en caer en la provocación.

Por duro que parezca.

Porque para bien o para mal, en los escenarios de competencia, "el aficionado siempre tiene la razón". Obviamente, también deberían marcarse límites lógicos para reclamar a gritos sin pasar a la agresión física.

Y aunque nunca lo he hecho, espero me permitan cerrar con un chiste esta columna recordando aquel que un día me platicó mi amigo Noél Cárdenas que decía que… "cierto día, en una boda repleta de gente, un despistado hizo el clásico comentario inoportuno a la persona que tenía a un lado, ¡oiga que fea está esa novia verdad!, y en respuesta recibió… ¡oígame… se trata de mi hija!, entonces, el apenado invitado exclamó… ¡perdón señor, no sabía que usted era el papá!... ¡no soy el papá... soy la mamá!"

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