Niños en vacaciones

Hoy, permítanme contarles una historia. El protagonista soy yo y la época la pueden ubicar en los años setentas.

Hoy, permítanme contarles una historia. El protagonista soy yo y la época la pueden ubicar en los años setentas.

Por aquel entonces mi familia vivía en un departamento de la Colonia Popotla, muy cerca del Deportivo Plan Sexenal y por los rumbos del antiguo Colegio Militar en la Calzada México-Tacuba.

Y concretamente quiero referirme a los periodos de vacaciones escolares cuando luego de recibir las calificaciones teníamos enfrente un par de meses en los que no siempre había fondos para emprender camino más allá de uno o dos fines semana y se acabó.

Para colmo el futbol me traía loco, no me perdía un solo partido en la tele (y sólo ocho opciones para cambiarle manualmente al aparato con antena "de conejo"), siguiendo también los juegos por la radio (con las extraordinarias narraciones desde el Azteca con Ángel Fernández, Agustín González "Escopeta" y Fernando Luengas que me hacían imaginar que estaba ahí) y una que otra vez con la oportunidad de ir al estadio para ver "en vivo" algún encuentro.

¡Pero no sé a quién se le ocurrió "programar" ese receso escolar precisamente en tiempo de lluvias! De manera que un día sí y otro también, despertaba sólo con la inquietud de ver “como amaneció” para deducir de inmediato si mi mamá me dejaría o no salir a jugar.

Cuando esto era posible, tomaba mi balón ( no con gajos blancos y negros descarapelado de viejo con una válvula de goma que siempre dejaba marca al cabecear) y salía a buscar a mis vecinos que seguro estaban igual de aburridos que yo.

Y en donde fuera armábamos la "cascarita".  En la calle con el grito ¡aguas coche! para detener unos instantes la jugada, en un parque buscando que dos árboles sirvieran de portería y en último de los casos "el que mete su gol para" contra la puerta de alguna casa que convertíamos en cabaña.

¡Soy Borja !, ¡Yo Reinoso!, ¡Tu Muciño!, ¡Yo Marín! y luego de bautizarnos ahí mismo como las figuras de la época le dábamos a la pelota hasta cansarnos (cosa que casi nunca sucedía).

De pronto un cristal roto, una mamá furiosa, el balón ponchado o un maldito aguacero marcaban el minuto 90 de nuestro partido y todos a la casa.

Sudados, cochinos, con la ropa rasgada y casi siempre regañados por rebasar el límite de horario lo cual nos ponía desde ese instante a hacer los méritos necesarios a fin de negociar el siguiente permiso y entonces a dormir.

Soñando que al día siguiente no lloviera para entonces: volver a jugar… ¡que tiempos!

Pero mi columna de hoy no pretende aburrirlos con mi historia, aunque tal vez se parezca a la de muchos, sino de decirles que actualmente y para algunos chavos con el privilegio de contar con un pequeño fondo las cosas son muy distintas.

Basta abrir el periódico, escuchar la radio o meterse a Internet para vernos bombardeados con cualquier cantidad de "campamentos de verano…" el lugar donde los niños y niñas entre 5 y 15 años pueden entrenar todos los días, aprender futbol con sus estrellas, recibir uniformes, pisar los grandes escenarios, comprar el video de su participación, etc, etc... Y la verdad que los envidio.

Porque en efecto abundan las opciones para jugar futbol en sitios que se adaptan a todo tipo de presupuesto.

Y si llueve, la práctica se hace en gimnasios y si el salón está ocupado, los ponen a ver videos y si llevan su celular con cámara fotográfica también tendrán algún recuerdo con su ídolo y por si fuera poco pueden jugar en la cancha donde tantos partidos han brillado sus estrellas.

¡Qué hubiéramos dado los chavos "de mi época" por tener estas oportunidades!

Hoy las vacaciones de un niño futbolero (y dependiendo del billete que cada quien tenga) se hacen pocas tomando en cuenta la cantidad de oportunidades que le presenta este abanico de distracciones.

El viejo mueble del "futbolito de mesa" lo han cambiado por sofisticados y pequeños controles de videojuegos y en su "laptop" pueden pasar horas mirando partidos, jugadas y reportajes antiguos o recientes de sus héroes.

Total…¡Qué importa si llueve!

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