Aquí no hay césped perfecto ni yardas pintadas con láser. No hay show de medio tiempo ni cheerleaders patrocinadas. Aquí hay pavimento cuarteado, banquetas traicioneras, botes de basura marcando las diagonales y balcones convertidos en palcos VIP.
Aquí, en Loma Linda y San Agustín, el Super Bowl no lo transmite la televisión: lo gritan los vecinos, lo observan los niños desde la azotea y lo recuerdan los viejos con cicatrices que ya no salen en las radiografías.
Steve Young finally got that monkey off his back after throwing SIX TDs in Super Bowl XXIX.@insidethenfl's Top 60 SB Mic'd Up Moments on X pic.twitter.com/08UkUJhtrP
— NFL (@NFL) February 6, 2026
El silbatazo inicial no lo da un referee certificado, lo da la costumbre, la tradición. Treinta años de historia jugándose cuerpo a cuerpo en la calle.
La cancha es una pendiente de asfalto, deforme, amorfa, sin gracia pero llena de grietas. Las gradas son banquetas, ventanas, escaleras y un balcón desde donde alguna vez unos abuelos repartían comida y cervezas a jugadores que sangraban orgullo.
La afición no paga boleto, paga con presencia, con paciencia y memoria.
Aquí nadie pregunta quién va ganando en el marcador. La pregunta real es: ¿quién sigue de pie?
El Kickoff: los que lo empezaron todo
Yair Díaz, uno de los pioneros, lo explica sin aspavientos:
“Esto ya es una tradición que venimos jugando desde hace más de 30 años. Empezamos amigos de la calle, luego otras colonias, y así se fue haciendo costumbre… en julio aquí, en agosto allá”.
No hubo federación, no hubo reglamento, sólo hubo pasión. Yair no habla de campeonatos, habla de algo más difícil de sostener.
“Me ha dejado muchos amigos, convivencia… y ahora ya los chiquitos vienen, crecen y quieren jugar. Así sigue el ciclo”.
Eso es legado, no una copa.
Defensas que pegan, pero cuidan
Carlos Alberto Gómez Niño, 45 años, lo aclara con una serenidad que sólo da el tiempo:
“Esto es tradición. No hay espacios, hay puro pavimento. Sí es de contacto, pero tampoco se trata de joder al otro”.
Aquí se golpea fuerte, sí, pero se cuida más.
“No somos malandros, es simplemente jugar. Convivencia tranquila”. En tiempos donde todo se etiqueta, este juego sobrevive sin pedir permiso.
Antes era guerra, hoy es memoria
Julio “El Pato” Ser no esquiva el pasado, lo mira de frente.
“Antes era más rudo. No importaba el marcador, importaba golpear. Era orgullo”.
Habla de fracturas, lesiones, una fractura de cráneo incluida (ajena a este deporte). Habla de cuando ganar no era anotar, sino resistir.
“Hoy es más familiar, más tranquilo. Sigue siendo contacto, pero ya es diferente”.
Porque la madurez también se aprende a golpes.
Los que crecieron viéndolos jugar
Gerardo “El Black” Vázquez llegó primero como espectador, luego como jugador:
“Yo tenía seis, siete años y ya venía a ver los partidos. Empecé a jugar a los diecisiete”.
Aquí no se heredan apellidos, se heredan historias.
“Esto te deja amistades… aquí hay arquitectos, abogados, maestros. Así como los ves jugando, tienen su profesión”.
La calle no define, el prejuicio sí.
Cuando el juego salvó caminos
Gabriel Domínguez, 45 años, lo dice sin romanticismos:
“Esto me alejó de drogas, alcohol y andar haciendo cosas malas”.
El futbol americano de barrio no presume trofeos. Presume decisiones.
“Cuando alguien se empieza a descarriar, lo jalamos: vente a jugar”.
No todos regresan, pero todos tienen la puerta abierta.
El corazón del barrio
La familia de los maestros, los abuelos que daban de comer, los balcones llenos, los niños que crecieron viendo caer cuerpos como si fueran héroes mitológicos.
Los maestros no heredaron solo un juego: heredaron una forma de estar en el barrio. Víctor y Neri hablan de sus abuelos como se habla de los cimientos, no desde la nostalgia sino desde la gratitud.
“No tanto porque fueran los maestros, sino por cómo recibían a todos”, dicen, recordando ese patio abierto, la comida compartida, las cervezas, la silla en el balcón para ver pasar la vida en forma de partido.
Ahí aprendieron que el tochito no era violencia, era comunidad; no era ruido, era encuentro. Crecieron mirando desde lejos —“yo no me dejaba ni asomarme, solo desde el balcón”— hasta que el tiempo los empujó al campo, ya no como niños, sino como responsables de sostener lo que otros iniciaron con ilusión.
Hoy lo cargan con orgullo sereno: son profesores que enseñan de lunes a viernes y juegan algunos domingos, sabiendo que la verdadera lección no está en el golpe ni en el marcador, sino en demostrar que la disciplina, el respeto y la identidad también se transmiten. Que la tradición no se presume: se honra, se cuida y se sigue.
Uno de ellos lo resume así: “No nos conocían por ser maestros, sino por cómo recibíamos a todos.” Eso también es fútbol americano.
El Super Bowl del barrio
Aquí no hay anillos, hay rodillas chuecas, hay contratos millonario, hay orgullo del barrio.
Aquí el Super Bowl se juega cuando la feria patronal lo marca. Cuando el calendario del barrio lo decide. Cuando la memoria convoca.
Y mientras haya una calle, una balón gastada, y alguien dispuesto a sentir el golpe para sentirse vivo, el partido seguirá jugándose.
Porque en Loma Linda y San Agustín, el campeonato más importante no se gana en el marcador. Se gana en pertenencia.
