Cábalas y supersticiones

A nivel mundial, las cábalas y supersticiones han permeado a sociedades enteras. Cuando realizamos una actividad en la que ocurren cosas inexplicables, asumimos que hay una fuerza más allá de lo...

A nivel mundial, las cábalas y supersticiones han permeado a sociedades enteras. Cuando realizamos una actividad en la que ocurren cosas inexplicables, asumimos que hay una fuerza más allá de lo natural que tiene relación con el hecho, decimos que si algo sucedió de tal manera, es por que el destino así lo quiso. Muchas personas sin distingo de nivel social siguen ciertos ritos que creen que de alguna manera les darán suerte. Así, traen consigo amuletos como patas de conejo, monedas, imágenes bendecidas de santos milagrosos y un sin fin de cosas. De igual manera procuran no atravesar cuando un gato negro pasa delante de ellos, evitan las escaleras, no toman el salero directamente de la mano de otra persona y huyen cuando se abre un paraguas dentro de la casa. En el deporte y en este caso en el futbol, ocurre lo mismo. Tal vez porque el futbol conlleva a muchos riesgos, es frecuente que un alto porcentaje de jugadores y entrenadores sean supersticiosos. Antes de entrar a una cancha, es común que realicen algún rito sin el cual se sentirán indefensos en el terreno de juego: algunos rezan, otros observan caracoles mientras música e incienso inundan el ambiente, entran al campo con el pie derecho, besan el pasto, se persignan hincándose sobre la línea de cal lateral o ingresan dando un pequeño salto. Ya en el interior, algunos marcan una cruz con el pie, otros llevan playeras debajo del uniforme con imágenes religiosas, de sus hijos o de algún equipo anterior. Algunos se amarran estampas de santos en las espinilleras o llevan escondida entre las ropas la medalla de la madre o la esclavita de un bebé. Si ganaron el partido pasado, es casi ley que repitan la ropa interior o que la playera juegue de nueva cuenta, sin ser lavada. Estos elementos, los protegerán por completo de lesiones, de malos resultados o de pésimos partidos. Saben que gracias a estas cábalas y supersticiones, podrán rendir como no lo harían con la simpleza de un buen entrenamiento semanal, ni con una buena condición física. Las precauciones son más que necesarias para desarrollar algo que ni sus entrenadores ni sus preparadores físicos pueden proporcionarles: la seguridad extra, una seguridad que muchos futbolistas no saben si es cierta o no, pero "por si acaso" también la realizan. NOTA: En los años cuarenta, existía un portero muy supersticioso llamado Felipe Castañeda. Le decían "La Marrana" porque acostumbraba escupirle al balón cada vez que lo tomaba en sus manos. Castañeda entraba al campo de juego antes que los demás integrantes y era también el primero en llegar al estadio. Se acercaba a la portería que le tocaría en turno proteger y enterraba en ella cruces y figuras. La superstición de Castañeda era en verdad de fábula: No tomaba el salero si provenía de la mano de otra persona, nunca de los nuncas pasaba por debajo de una escalera y odiaba con toda su alma a los gatos negros. Pero sin duda, por lo que más se le conocía a este carismático portero era por su costumbre a rezar durante el partido cuando el cuadro rival lo atacaba. Sus rezos favoritos eran: ¡Ciégalos, Santa Lucía, ciégalos Santa Lucía!" cuando venía un avance enemigo y cuando le lanzaban un tiro peligroso, atinaba a decir: "¡Atájala San Blas, atájala San Blas!". Un domingo, cuando Castañeda pertenecía a los Tiburones rojos del Veracruz en un partido contra el Atlante, el "Caballo" Mendoza no fue cegado por Santa Lucía y de fuerte tiro, colocó el balón en las redes mientras se escuchaba el clásico "¡Atájala San Blas!". Rufino Lecca, peruano de gran valía y compañero de equipo de Castañeda, al ver que éste había cerrado los ojos al momento del disparo, fue por el esférico al fondo de la portería y le dijo enojado a su cancerbero: "¡Atájela usted, hijo de P..., que es el que cobra!" y se regresó, con el balón en las manos a colocarlo en el centro de la cancha...

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