"Empatamos"

La selección mexicana llegó con gran entusiasmo a Rosario, provincia argentina en la cual le tocó jugar durante el Mundial de 1978. Tras una eliminatoria invicta y varios partidos de preparación...

La selección mexicana llegó con gran entusiasmo a Rosario, provincia argentina en la cual le tocó jugar durante el Mundial de 1978. Tras una eliminatoria invicta y varios partidos de preparación con excelentes resultados hicieron creer a la afición -y a ellos mismos- que haría un extraordinario papel. El primer encuentro se jugó contra Túnez, que parecía el rival a modo para ser goleado, sin embargo, fueron ellos los que ganaron estrepitosamente 3-1 a la selección mexicana.

El segundo encuentro, el cual además nos ocupará para la anécdota, se jugó en Córdoba ante la selección alemana. El estadio se encontraba casi a su máxima capacidad. 45,000 espectadores que lanzaban vivas, papeles multicolores y aplausos a los dos contendientes. Alemania salío con su cuadro de lujo, destacaban su portero Maier, Vogts, el armador Rummenigge; y los siempre peligrosos Flohe y Dieter Muller. México saltó a la cancha con Pilar Reyes; Jesús Martínez, Alfredo Tena, Eduardo Ramos, Arturo Vázquez Ayala, "Wendy" Mendizabal, Antonio de la Torre, Leonardo Cuellar, Enrique López Zarza, Víctor Rangel y Hugo Sánchez.

Las acciones se fueron desarrollando siempre a favor de Alemania. México parecía un cachorrito perdido en la mitad de la cancha, su fútbol sin orden y sin sentido no causaba la más leve molestia al conjunto ario.  Al minuto 14, caía la primera anotación en contra de los aztecas. A los 38 minutos, el marcador ya era de un contundente 3-0. Ante esto, el portero Pilar Reyes que no la veía venir, o más bien, que la veía venir demasiado, fastidiado, agobiado por la ya inminente goliza, decidió que no podía dar más de sí. Corría el minuto 42 del primer tiempo cuando solicitó su cambio. Una lesión -dijo- le impedía continuar el partido. En su lugar entró Pedro Soto, el cancerbero suplente. Pilar, dolido en el orgullo ante el desastre, se colocó en una plancha que había en el vestidor y ahí se recostó. No supo más del partido, sólo escuchaba los gritos de la gente cada vez que se desarrollaba una jugada de peligro. Le pareció además, que tres de esos gritos se coreaban como gol, pero nada más.

Al término del encuentro, el primero en arribar al vestuario, era Pedro Soto, que con la sonrisa franca, entró alardeando: ¡Empatamos! ¡Empatamos!. Pilar Reyes, que alegaba no se podía ni mover por la lesión, se paró impulsado como un resorte para brincar y abrazar a su compañero. Su gusto era inmenso. -Empatamos, en verdad empatamos -dijo sonriente.-Sí, le respondió Soto. -A tí te metieron tres y a mí otros tres – terminó de contarle mientras soltaba tremenda carcajada.

Ante la derrota, sólo quedaba el humor negro del mexicano que sabía, que lalesión de su compañero de combates, era ficticia...

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