Una goleada con historia

Esta semana el Necaxa cumplió 89 años de vida, en los que tuvo dos etapas en el limbo: de 1943 a 1950 cuando no aceptó participar en el futbol profesional y los diez años que su nombre cambió.

Esta semana el Necaxa cumplió 89 años de vida, en los que tuvo dos etapas en el limbo: de 1943 a 1950 cuando no aceptó participar en el futbol profesional y los diez años que su nombre cambió por Atlético Español. En estos casi noventa años de existencia, el conjunto ha tenido épocas magníficas, como aquella de los años treinta, en los que el equipo jugaba por nota y al ganar varios títulos se le llamó “El Campeonísimo”, además de que por la forma de jugar y de entenderse dentro de la cancha a su cuadro titular se le conoció como el de “Los Once Hermanos”. Durante la década de los noventa, también viviría momentos de gloria, ganando ligas, CONCACAF y llegando al tercer lugar del Mundial de Clubes en el 2000. Sin embargo, también ha enfrentado tristezas, como en estos últimos años, en donde –con dos descensos- vive una situación desesperante. Hoy, por lo pronto, hablaremos de un capítulo de la historia grata, recordando aquel partido en el que, goleando al Atlante, en el que llegó a ser el Clásico del futbol mexicano, logró coronarse de manera brillante consiguiendo su primer título de Liga. El Necaxa comenzó su aventura en el futbol de la división de honor en la temporada 1923-1924. Hacia 1930 inauguró uno de los más bellos estadios en México, el Parque Necaxa, cuya ubicación estaba en la Calzada de los Cuartos y Río de la Piedad a un costado del también desaparecido Parque Delta de beisbol. Su cancha era magnífica, con un sistema de drenaje adquirido en Estados Unidos, que evitaba encharcamientos. El pasto, era de calidad inglesa e instalado por técnicos de aquel país. La inauguración se llevó a cabo el 14 de septiembre de 1930 y fue el primero en albergar una eliminatoria mundialista en 1933 cuando México se enfrentó a Cuba por un boleto para el Mundial de Roma. Fue tal el furor que causó este estadio, que se tuvo que inaugurar una línea de camiones y tranvías que dejaban en la puerta principal del campo. El estadio contaba con Casa Club y campos de entrenamiento, todo un adelanto para su época. Pues bien, en la temporada 1931-1932 en la última jornada el Atlante y el Necaxa llegaron empatados en puntos y el encuentro finalizó 2-2, en un emocionante partido, concluyendo cada equipo con 23 puntos, por lo que la Liga determinó que se jugara una ronda de tres partidos para determinar al campeón. Finalmente el Atlante, de la mano de Juan “Trompito” Carreño se alzaría con el título, por lo que el Necaxa buscó de inmediato la venganza deportiva y esta se dio justo al año siguiente. En la penúltima jornada del campeonato 1932-1933, el 4 de junio de 1933, se enfrentaban Atlante y Necaxa. El que ganara decidiría el campeonato, ya que su más cercano perseguidor, el América ya había jugado todos sus partidos y en la última jornada se enfrentarían los dos cuadros hispanistas: Asturias y Real Club España, que ya no tenían nada que hacer. El encuentro se jugó en el Parque Necaxa el 4 de junio de 1933. El balón comenzó a rodar a las 11:35, luego de que fue arrojado desde los aires por una pequeña avioneta, ante la admiración de los presentes. ¡Fue un partido de escándalo, que dejó contentos a muchos y avergonzados a otros tantos. El resultado final fue de 9-0 A favor del Necaxa! El Necaxa puso en marcha las acciones. El  primer gol llegó tras una jugada del Atlante y cuyo rebote tomó Ruvalcaba, jugador de los llamados electricistas, quien mandó un tiro cruzado para que nada pudiera hacer Garfias, el portero del Atlante. Los “Morenos” se fueron al frente, buscando el empate y a punto estuvieron de lograrlo, generando cuatro tiros de esquina consecutivos que finalmente Pauler, el arquero austriaco del Nexaca, contuvo con suerte. Nuevamente Ruvalcaba logró soltarse la marca de la defensa azulgrana y sacó un disparo que desvió Garfias a tiro de esquina, mismo que fue cobrado por el mismo Ruvalcaba, para que un defensa, quien se encontraba pegado al primer poste, la tocara suavemente de cabeza, consiguiera el 2-0 al minuto 24, aunque el árbitro al no darse cuenta de esto, se lo concedió a Ruvalcaba. Diez minutos más tarde, Ruvalcaba vio adelantado al portero y se atrevió a disparar de media distancia para conseguir el 3-0 con un globito que el público celebró. Cuando apenas se acomodaban los aficionados, tras la celebración del gol, nuevamente Ruvalcaba lograba anotar el cuarto de su equipo. El “Chamaco” García y Julio Lórez conseguirían el quinto y sexto de la tarde, respectivamente, para que el primer tiempo concluyera 6-0. Para la segunda mitad, el Necaxa continuó con su cátedra de fútbol y el Atlante, por más que buscaba, por más llegadas que tenía, y con todas sus estrellas dentro del terreno de juego, no pudo meter ni las manos. Aunque el cuadro local se dedicó a tocar, buscando tal vez por caballerosidad no hacer más daño, los demás goles llegaron casi solos. En un mal despeje, Ruvalcaba lograba el séptimo gol, y él mismo anotaría el octavo, en un marcador de escándalo. El último gol llegaría luego de una falta artera sobre “Chamaco” García. El árbitro señaló el tiro libre y la afición enloquecida gritaba el nombre de Ruvalcaba, quien llevaba ya anotados seis goles, aunque uno de ellos debió de ser autogol. “¡Siete! ¡Siete! ¡Siete!” Era el grito de guerra de una incontenible afición necaxista. Ruvalcaba, acomodó el balón y con  gran tino, el esférico entró por una esquina de la meta de Garfias, decretándose el ¡9-0 final! Los ánimos se caldearon y Olivares noqueó a Ortiz, con una patada en una jugada sin trascendencia. Al ser reclamado esto por un grupo de seguidores, Carreño se brincó la reja y se fue a agarrar a golpes con varios de ellos, por lo que la policía tuvo que intervenir, cargando con los rijosos. Al final del partido, una turba de aficionados emocionados invadió la cancha para levantar en hombros a los jugadores, llevándose la gloria sobre todo un personaje, ídolo en aquel encuentro: José Ruvalcaba. El conjunto electricista se coronaba por primera vez en su historia, era el comienzo de una era, del mejor equipo de los años treinta y además, nacía un clásico capitalino que duró por mucho tiempo. El hombre de la jornada sería José Ruvalcaba, un ala izquierda que aquella tarde gloriosa por sus 7 goles se ganaría el mote de “El Siete” Ruvalcaba, como lo llamó la prensa al día siguiente. La alineación aquella tarde gloriosa por parte del Necaxa fue la siguiente: Ernesto Pauler, Antonio Azpiri, y Marcial Ortiz; Guillermo “Perro” Ortega, Ignacio “Calavera” Avila y Gumersindo “Sardina” López; Vicente “Chamaco” García, Julio Lórez, José “El Siete” Ruvalcaba, Lorenzo “Yegua” Camarena y Luis “Pichojos” Pérez.

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