Le ganó... la risa

Cuando vemos a un jugador profesional de futbol, pensamos que cada uno de ellos es privilegiado, ya que les pagan por lo que a otros nos gusta hacer ¡jugar al futbol!

Cuando vemos a un jugador profesional de futbol, pensamos que cada uno de ellos es privilegiado, ya que les pagan por lo que a otros nos gusta hacer ¡jugar al futbol! Y así es, son unos privilegiados, envidia de todos. El camino para llegar a ser futbolista, sin embargo, ha sido distinto para cada uno. Hay quienes han sido descubiertos jugando en el llano, o en la playa, como es el caso de Jorge Campos; hay otros que iniciaron desde niños en una escuela oficial de algún club, como Joaquín Beltrán, pero otros más, tomaron el camino difícil y la vida los fue llevando hasta lograr su objetivo de jugar en la Primera División. Tal es el caso de uno de los defensas más carismáticos que he conocido, Guadalupe “El Lupillo” Castañeda. De cuna humilde, Lupillo nació en Fresnillo, Zacatecas, pero de muy pequeño fue a vivir a Guadalajara, en donde de vecindad en vecindad, terminó viviendo en una casa de paredes de adobe y techo de láminas de cartón cubiertas con chapopote, para que las lluvias no les causaran una sorpresa. Lupillo, según cuenta en sus memorias, no era muy ducho para las matemáticas, en una ocasión, por ejemplo, su mamá le dio dos monedas de a veinte centavos y le dijo “con ésta me traes un veinte de canela y con ésta un veinte de azúcar”. Más tarde, Lupillo regresó con cara de empacho y al pedirle su mamá el mandado, porque ya tenía hirviendo el agua, el “chamaco” le contestó: “no traje nada, es que se me revolvieron las monedas y no supe cual era la del azúcar y cual la de la canela”. Imaginen, queridos lectores, la reacción de su mamá, quien pensó que su retoño no llegaría muy lejos  en la vida. Lupillo trabajó desde niño, ya sea vendiendo gelatinas, boleando zapatos, en unos baños públicos y hasta pepenando basura, pasando por ladrillero y albañil. Algo en lo que destacaba, sin embargo, era en los deportes. En Atletismo, en la escuela, siempre lograba los primeros lugares, aunque los últimos en matemáticas. También era bueno para los trancazos y siempre se andaba peleando por las novias, las de él y las de los otros, por lo que pensaron que podía ser boxeador. Mientras aprovechaba los ratos libres para correr y entrenar, tenía que trabajar para ayudar en casa, por lo que, ya adolescente, lavaba platos y mataba pollos en una carnicería. Decidido a jugar futbol, se probó en Atlas -en donde ya comenzaba a destacar su hermano “El Toky” Castañeda- y Tecos. Luego de un largo peregrinar, Lupillo logró jugar en la Tercera División, con el Apatzingán, como centro delantero, que era su posición por aquellos años. Al terminar el torneo, ya no fue tomado en cuenta, porque aunque el equipo lo quería, su carta ya le pertenecía al Atlas, que no lo prestaba, pero tampoco lo tomaba en cuenta. Cansado, sin equipo y sin dinero, Guadalupe Castañeda decidió marchar en 1986, año mundialista, a trabajar a los Estados Unidos ¡Sí! ¡De Mojado! El 10 de marzo de 1986 se fue, para, según él, no volver a nuestro México querido. Mucho trabajo le costó pasar, dinero perdido con un “Coyote”, días caminando a altas temperaturas, sin agua ni comida, atravesando el Río Bravo, para finalmente llegar al destino final. En los Ángeles, California, Castañeda trabajó de lo que pudo, tallando madera, lavando loza, pero lo que más le gustó es que pudo ganar un poco de plata en el futbol. Los fines de semana ingresó a un equipo amateur y aunque por jugar no le pagaban, Lupillo se distraía un rato de las labores cotidianas. Ahí, en la liga, logró un trabajo extra, pitando partidos. Le daban dos encuentros los sábados y uno el domingo, a razón de treinta dólares por partido, por lo que eran 90 dólares cada fin de semana que le caían de perlas al mexicano. Es aquí, en donde viene la anécdota que les quiero contar. Resulta, que antes de uno de esos partidos, Lupillo se “voló” un jugo de uva y varios higos que al parecer estaban verdes. El encuentro era entre dos de los equipos más importantes de la región y las tribunas estaban casi llenas. Comenzó el encuentro y a Lupillo le comenzó a doler el estómago. Primero, era el clásico sonido de que algo no está bien allá adentro, después, unos retortijones que Dios guarde. Castañeda, como todo un profesional, siguió arbitrando, hasta que el dolor se volvió insoportable, además de que comenzó a sentir unas ganas enormes por ir al baño. Cuando ya no pudo más, sonó su silbato, dando por finalizada la primera mitad y jugadores y asistentes se le fueron encima. Resulta que faltaban poco más de 10 minutos del tiempo. Castañeda, ya sin poder aguantarse, les dijo a quienes lo tenían rodeado: “-No se enoje, pero la verdad es que ya me cago”. Ante esto, todos comenzaron a reir, mientras Lupillo, corriendo, les dijo: “ahorita regreso y el segundo tiempo lo hago de 50 minutos, para reponer los 10 que faltan”. Un jugador, al ver la desesperación de Castañeda por buscar un baño -que no había- le gritó, “ven, aquí te hacemos casita”. Castañeda le contestó enojado, ahorita que regrese te saco la amarilla. Lupillo  en su biografía escribe: “todos se volvieron a cagar de risa, y yo también, pero no precisamente de risa”. Así, y luego de “sacar” los malos pensamientos, Castañeda pudo regresar para continuar el partido, mismo que los asistentes no olvidaron jamás, y no precisamente por el resultado, sino por la anécdota ya comentada. De la carrera de Lupillo, ya todos la conocen. Luego de su paso como indocumentado, tuvo una carrera exitosa en equipos como Atlas, León, Cruz Azul y Guadalajara.  Seleccionado nacional, disputó los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Una vida nada fácil, azarosa, pero llena de anécdotas, de este recio defensa que debutó en marzo de 1987 y que jugó su último encuentro casi 20 años más tarde, el 4 de marzo del 2006. Síganme en Twitter @CarlosCalderonC

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