Messi hierve

Los sábados ya no son para dormir: esta mañana estaba arriba a las siete y cuarto, aterido y anestesiado, abrazado a una taza de café, intentando entusiasmarme con el ballet moderno de...

Los sábados ya no son para dormir: esta mañana estaba arriba a las siete y cuarto, aterido y anestesiado, abrazado a una taza de café, intentando entusiasmarme con el ballet moderno de los surcoreanos y el ballet cavernícola de los griegos, que parecían igual de dormidos que yo. Los coreanos les pasaban zumbando por los costados, combinando bien entre ellos, y los griegos apenas si podían responder, pesados y espesos, malhumorados y quejosos ante el bailoteo saltarín de sus rivales. Después el partido se fue durmiendo –los propios griegos, que iban perdiendo, le cantaban canciones de cuna– y lo mismo me pasó a mí, que me desperté de una siesta involuntaria en el minuto cuatro del segundo tiempo. Poco después volvió a equivocarse un defensor griego, como si tuviera un garrote y no un pie, Ji Sun Park cruzó la bola como si lo hubiera hecho un millón de veces y asesinó el partido, que ya no tuvo casi ningún interés. Los griegos parecían venir de la cuna de la civilización, pero no de Atenas, sino de Cro-Magnon: no sólo eran barbudos y pelilargos y tenían los ojos negros bien hundidos detrás de los pómulos; ni siquiera tenían una táctica que fuera un poco más ilustrada que lanzar pelotazos de 60 metros desde su propia área hasta el cráneo deforme de su único delantero. No pueden, ni deberían, llegar muy lejos los griegos en el Mundial: aun si en los próximos partidos se disfrazaran de modernos y sonrieran y se pasaran la pelota entre sí, una actuación como la de hoy merece el destierro, aunque más no sea por razones estéticas y morales; no se puede jugar un partido de Copa del Mundo, esperado durante años por sus hinchas y durante siglos por sus filósofos, tan miserablemente y con tan poca actitud. Afortunadamente, la espera entre el primer y el segundo partido de cada día es bastante corta. Casi no tuve tiempo de ponerme nervioso, porque apenas me levanté para hacerme otro poco de café y prepararme un plato de avena (esto pasa cuando uno vive unos años en Estados Unidos: se agringa) ya estaban los argentinos saludando educadamente a los nigerianos en los pasillos de Ellis Park y Maradona, más elegante que en el día de su casamiento, entrando a la cancha con la barba, la panza y la sonrisa de Pavarotti antes de un concierto. El partido empezó con el mismo estado de ánimo: los argentinos en su mejor versión, enérgicos y queribles, jugando bien al futbol y haciéndolo con entusiasmo; los nigerianos, en cambio, estaban un poco despistados, aguantando las agresiones de sus rivales pero casi sin hacer nada por voluntad propia, como invitados a un espectáculo donde los protagonistas eran otros. Metimos un gol rápido, de la forma menos poética posible –córner a la muchedumbre; cabezazo de Heinze, que tiene poca prosa y cero poesía–, y después ya no supimos qué hacer. El espíritu maradoniano (la euforia, la alegría, la amabilidad) duró algo más de 20 minutos y después nos quedamos desnudos con los huesos del equipo, que resultaron no tener tanto calcio como creíamos que tenían. El único que no se cansó ni se nubló ni perdió el entusiasmo fue Leo Messi, un jugador emocionante y estremecedor, que en cualquier momento del partido, en cualquier posición que reciba la pelota, cree que esa jugada puede ser la jugada que defina o que dé vuelta el resultado. Lleva media década haciendo lo mismo: recibe sobre la derecha, quietito e inofensivo, y empieza a llevar la bola para adentro, amagando o acelerando mientras sus rivales lo miran pasar, clavados al suelo o inmovilizados por las dudas o la increduliad; cuando se siente en los alrededores de la medialuna del área, Messi agacha la cabeza y enrosca el pie izquierdo alrededor de la pelota, al mismo tiempo envolviéndola (caricia) y sacudiéndola (bofetada), para que salga disparada como un trompo, silbando y girando sobre su eje vertical, primero alejándose del palo derecho y acercándose sólo al final, como un planeta obedeciendo su órbita. Ayer lo hizo tres veces y tres veces lo interrumpió la manopla inesperada y aguafiestas el arquero nigeriano. Pero no hacía falta que entraran: Messi parece en el estado de ebullición ideal para convertirse en el mejor jugador del torneo: está caliente, ganando temperatura y con las moléculas locas temblando de un lado a otro; hervirá pronto, y en el mejor momento. Argentina ganó, mereció ganar y quedó bastante bien parada para lo que queda en las próximas semanas. Podría escribir un párrafo facilito y un poco pedante sobre qué cosas no me gustaron o qué síntomas mostró el equipo que podrían ser preocupantes cuando los rivales sean menos tímidos o más cabrones. (Mi mayor temor es que el equipo tienda a partirse en dos, como le pasó en el segundo tiempo, cuando en un momento había cinco jugadores con tareas claramente defensivas –Mascherano y los cuatro zagueros– y, después de la salida de Verón y la entrada de Maxi Rodríguez, otros cinco jugadores con espíritu de delantero: en el medio, sin mediocampistas, una planicie como la Patagonia, vacía y desierta.) Me había prometido no escribir sobre mis dudas –para qué: tampoco hay tantas lecciones que se puedan sacar de un solo partido– y acá estoy, soltando una larguísima frase entre paréntesis, como si los paréntesis suspendieran la realidad. Después de dos o tres partidos, entonces, antes de la (ojalá) segunda rueda, tendremos mejor patrones y mejores excusas para atacar la gran pregunta que nos queda pendiente a los argentinos después de aliviarnos hoy con la actuación descomunal de Leo Messi: ¿es Diego un buen técnico? Todavía es pronto para decirlo, y quizás todavía sea pronto también dentro de una semana, pero esto es un Diario del Mundial y en algún momento habremos de mirar a los ojos a las grandes preguntas de la filosofía futbolística y decirles, como si fuéramos actores de una película clase-B: "No te tenemos miedo". Los que sí tuvieron miedo fueron mis nuevos compatriotas, que arrancaron su partido con Inglaterra como si la cancha fuera de hielo y ellos tuvieran patines en los pies: incómodos, inseguros y nerviosos, tardaron solamente cinco minutos en dejarse hacer un gol. Después se recuperaron, merecieron empatar con argumentos nobles y terminaron empatando con un gol bastante innoble: hacía tiempo que no se veía en un Mundial un error tan increíble y tan injustificable –la bola no venía fuerte ni con efecto ni desviada por un compañero– como el de Green, que puso las manos como si tuviera miedo de quemarse. El error inicial, de todas maneras, fue el de Capello, que lo puso ahí sin avisarle antes que iba a jugar y sin darle la confianza que, dicen los propios arqueros, es fundamental en su puesto. Para un tipo que se precia de manejar los planteles como si fuera un general del ejército, Capello ha mostrado en estos días una sorprendente cantidad de dudas, empezando por la situación de los arqueros y terminando con las dos extrañas sustituciones que hizo (una en el primer tiempo, otra en el descanso). Como si estuviera arrepentido de sus decisiones; eso es muy poco militar, y muy poco Capello. Me pregunta mi mujer si estoy cansado de tanto futbol. Primero le respondo que no y después le recuerdo que mi día de futbol no ha terminado: dentro de una hora estaré saliendo de casa para jugar la sexta fecha de la Greenpoint Soccer League, la liga de futbol que juego como uno de los dos mediocampistas ofensivos de San Martín de Brooklyn, un equipo de argentinos y gringos (y un paraguayo y un uruguayo y un colombiano) que navega con comodidad por la mitad de la tabla, lejos del descenso y no demasiado cerca, por ahora, de los playoffs. La liga la organiza desde hace casi 15 años un peruano bajito y negociador llamado Revilla que se ha acostumbrado a aguantar a los Capitanes mexicanos, ecuatorianos, españoles y argentinos que todos los sábados le protestamos por lo malos que son los árbitros o porque creemos que uno de nuestros rivales está suspendido o porque queremos que nos perdone los 60 dólares que cobra por cada tarjeta roja. Revilla, como si fuera el Presidente de una poderosa Federación, escucha nuestros argumentos pero nunca nos hace caso. Es impasible y dice que no con una sonrisa. En estos días de Mundial, Revilla es nuestro Blatter.

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