No todo es oro o lodo

No sé si es la envidia, la mala educación, o la cultura "cangrejo" de la que Hugo Sánchez solía hablar. Lo que no deja de sorprenderme es nuestra tremenda capacidad para convertir incluso lo bueno...

No sé si es la envidia, la mala educación, o la cultura “cangrejo” de la que Hugo Sánchez solía hablar. Lo que no deja de sorprenderme es nuestra tremenda capacidad para convertir incluso lo bueno y lo mejor, como ganar una medalla de oro, en algo negativo y hasta degradante, o que sirve más que para alabar a los responsables de la conquista, para ensuciar al resto de los mortales. Sólo unos días después de aquella conquista y tras recibir homenajes tibios y mal organizados, a los seleccionados olímpicos se les empezó a bañar en oro mientras se enlodaba al resto de la “fauna” de nuestro ecosistema futbolístico. Bastó una mala noche y una triste derrota ante EU de la Selección mayor, para que empezaran las absurdas comparaciones y las explicaciones más superficiales, oportunistas y tontas. Según muchos aficionados y analistas –que en nuestro país se parecen demasiado- la derrota en el Azteca se debió a que los jugadores de la Selección mayor “No tienen hambre” , “No sienten la playera”, “No están comprometidos”, y no forman parte de esta “nueva generación” que tiene “otra mentalidad”. Como si Corona, Salcido, Gio y Peralta, sin los cuales la medalla de oro no hubiera sido posible,  no formaran también parte de esa “otra” selección y de una generación distinta. Acorde a nuestra incapacidad de asimilar el éxito, igual que con anteriores conquistas, se volvió a hablar de un “parte aguas” y de que la “generación de oro” (lo mismo se dijo de las Sub-17 de 2005 y 2011) debía subir inmediatamente en el escalafón y mandar a las “figuras” ya consolidadas de vacaciones permanentes. No faltan los que ya quieren hoy jubilar a Javier Hernández, aseguran que Moreno y “Maza” no sirven para nada, que Ochoa es un invento de los medios y no sé cuantas descalificaciones más. Ese peculiar forma de hacer “memoria”,  hizo que a la hora incluso de la premiación en Wembley, varios comunicadores, en vez de recordar a los futbolistas que formaron parte de buena parte del proceso, y que por cupo o por lesiones, no pudieron estar en los Juegos Olímpicos, como Alan Pulido, David Cabrera, Cándido Ramírez, César Ibáñez, Jerónimo Amione, Hugo Isaac Rodríguez o Carlos Orrantia, entre muchos otros, hicieran mención con saña a las negativas de Jonathan Dos Santos y Carlos Vela, o la ausencia de Javier Hernández, que “seguro deben estar arrepintiéndose”.   Si el futbolista mexicano ha dado muestras inequívocas de crecimiento, en los medios y en buena parte de la afición, me queda claro que nos sigue haciendo falta madurar. Aprender a asimilar y gozar éxitos sin que eso sea una invitación a escupirle a otros tantos fracasos o restregarles en la cara una derrota a quienes no alcanzan algún objetivo. Y eso no quiere decir que se renuncie un ápice a ejercer la crítica y a realizar cuestionamientos. Me parece que ese “veletismo” es una clara muestra de que falta, sensatez e inteligencia. Los que abucheaban a Javier Hernández y hoy parecen felices de que en Manchester United sus días luzcan más complicados, son los mismos que pedían a gritos y mentadas que Aguirre lo pusiera en el Mundial; Los que gritaban en el Azteca el nombre de Oribe Peralta, son los que unas semanas antes pedían que lo “cepillaran” del equipo inicial porque se mostraba fuera de ritmo y lejos de su nivel óptimo. Los que decían que Giovani estaba acabado y no debería seguir siendo convocado por su inactividad europea o su fama de indisciplinado, son los mismos que se lamentaban que no jugara la Final. Los que le tunden con todo a la Selección mayor por perder un amistoso, se olvidan que el “otro” equipo, ese maravilloso que ganó el oro en Londres, también perdió amistosos unos días antes con España y Japón y también llegó a perder en el camino con Estados Unidos antes del preolímpico. No aprendemos. Nos pasa en otros rubros más importantes. Entiendo que el futbol es pasión y ésta en ocasiones nos nubla la vista. Pero creo que hay quienes lo radicalizan todo y siempre. La pena es que no se aprenda.

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