Atento aviso

"Mantenga su cinturón abrochado mientras esté sentado", es la leyenda que veo a cincuenta centímetros de mis ojos desde hace ya cinco horas.

"Mantenga su cinturón abrochado mientras esté sentado", es la leyenda que veo a cincuenta centímetros de mis ojos desde hace ya cinco horas.

Mantener los cinturones abrochados refiere una suerte de temor a lo desconocido, de atención constante ante la posibilidad de una sorpresa, de incertidumbre ante la sombra de una desgracia o de prevención para propiciar un milagro. Pero en la sociedad actual, ya poco nos preocupamos por mantener ese cinturón de seguridad en su lugar, pues las estadísticas nos dicen que es más fácil resbalar con unos espaguetis en un supermercado que sufrir un accidente aéreo.

En el futbol, la abrumadora facilidad que hoy tenemos para acceder a la gran mayoría de partidos, nos incumban o no, han vuelto una costumbre el rodar de la pelota. Así, algunos han olvidado lo que sintieron en aquellos momentos en los que todo cuanto pasaba sobre el césped de una cancha de futbol, era sorpresivo, atraía la atención y llevaba a lugares inesperados.

La capacidad de siempre atender a los detalles, de descubrir en cada momento un evento irrepetible y de estar listos y cuidadosos ante la posibilidad de una sorpresa, es lo que nos permite mantener viva la pasión por el futbol, por el deporte y por cualquiera de las cosas que en nuestra vida, alguna vez nos llevaron a jurar pasión eterna.

Si además de eso, como en el caso de los periodistas deportivos, tu trabajo consiste en ver, analizar, perseguir, criticar y difundir el futbol, realmente pueden llegarse a puntos de apatía grave, que se desbarrancan en zanjas de amargura, nihilismo abstracto, e incluso malinformación hacia el aficionado. Las cosas se desvirtúan, empezamos a tomar como costumbre la salida fácil de hablar de lo malo y evitamos comprometernos y apostar a lo que consideramos bueno o admirable. Total, los términos se confunden y ya ni siquiera es lo más importante si tienes razón o no, porque si hablas mal de alguien sabes que te justificarán por ser "crítico".

Hace poco tuve la oportunidad de estar en la cancha durante un partido importante de la Liguilla pasada. El trabajo intenso me hizo llegar en medio de prisas y jaleo al estadio, pero casi sin darme cuenta estaba temblando, emocionado en la entrada al campo, oyendo esa mágica masa de voces que en cualquier estadio lleno se vuelven la representación sonora del alma. De golpe estaba disfrutando el partido, su antes y su después, como hacía mucho no lo hacía; admiraba un regate, me levantaba con un túnel, me mesaba los cabellos ante todo balón que pasaba rozando cualquiera de los dos arcos. Estaba hipnotizado por la pelota, por el baile mágico en la pista verde... estaba feliz y tenía el cinturón abrochado, estaba listo para las sorpresas y atendía a todas las indicaciones.

Por eso, cada vez que como aficionado, como jugador amateur o como periodista, siento que todo empieza a ser una costumbre, recuerdo aquella primera vez en la que oímos y gritamos un gol en vivo, aquél día en que al fin el ídolo se vistió de carne y hueso, tomando forma en la realidad. Cierro los ojos y recuerdo esa capacidad hipnotizante que inexplicablemente resulta el jugar futbol, tanto para el cuerpo como para la mente y el alma, me acuerdo que ahí, en la cancha, las teorías que indican que la percepción de tiempo es relativa, se comprueban con total sencillez y un minuto no es ni cercanamente lo mismo cuando queremos empatar que cuando defendemos la ventaja.

En cualquier momento de duda, recuerdo ese día en que el trabajo hizo posible el sueño de ver un partido de futbol profesional a nivel de cancha, cuando comprobé la frase de Eliseo Rionda que habla de ese "instante de silencio mágico" que hay justo después de que cae un gol y que representa el tiempo en que el festejo de la afición llega a la cancha, "y se desmorona sobre mi felicidad volviéndola eterna", decía Eliseo. Ahí, en esos momentos de duda, recuerdo la sensación de golpear una pelota, el radar que tienen los "10" para ver lo que sucede 360 grados a su alrededor, el mareo de un sprint al 90'; cuando ya todo parece una hazaña... y entonces, recuerdo el porqué, un día solo y tirando suéteres del ángulo de un arco, le juré amor eterno al futbol.

Afuera, antes había poco que ver, pues un piso de nubes blancas denso pero mullido, me volvía tedioso cualquier intento de descubrir una referencia geográfica. Pero por fin recuerdo que siempre está la posibilidad de que las nubes se abran y me muestren algo mágico e irrepetible, que sólo se puede ver en este momento y donde ahora estoy, a miles de pies de altura y encerrado en un cilindro de acero. Por eso, cierro mi laptop, me abrocho el cinturón, no por miedo, sino por esperanza... y disfruto.

Cualquier comentario, será bienvenido y totalmente valorado en mi correo, wgonzalez@mediotiempo.com. Nos vemos el próximo lunes o antes si el futbol nos lo demanda.

Muchas gracias a todos por hacernos grandes.

Walter GonzálezDirector Editorial

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