El pasado del avestruz

Caer en el futbol es cosa de todos los días. Nunca es fácil levantarse, hay quienes nunca superan su primera derrota o nunca se recuperan un penal fallado; hay otros que se acostumbran a la...

Caer en el futbol es cosa de todos los días. Nunca es fácil levantarse, hay quienes nunca superan su primera derrota o nunca se recuperan un penal fallado; hay otros que se acostumbran a la desgracia y la repiten una y otra y otra vez. Pero los que realmente cuentan son aquellos que logran digerir el error, expulsarlo de su organismo y ver para adelante.

No hay un solo jugador en el mundo que no haya cometido una pifia mayúscula o perdido un partido importante con gran parte de culpa. No hay un solo hombre en el planeta que no haya hecho el ridículo o haya tenido un error tan grave como para esconder la cabeza en la tierra un buen rato. Todos, absolutamente todos hemos estado tirados en el suelo, con la cara roja de vergüenza y nulas ganas de volver a ver a alguien a la cara.

Esta semana vi un par de errores de jóvenes mexicanos que son duros de asimilar. En general la afición sólo dice "ah qué pendejo" y se olvidan; siendo un partido de la Jornada 8 pues pocos se acuerdan después de una semana de esa pifia. Pero el jugador no la olvida, cada vez que pasa por su cabeza la imagen se le aplasta todo dentro de sí, siente esa ansiedad dolorosa que siempre quisiera uno sacársela de encima, pasarle un borrador y hacer como que nunca pasó... Pero eso no es posible.

Y si una jugada realmente intrascendente en la historia del futbol puede causar un desasosiego mayúsculo y serios problemas en la vida de una persona, imagínense el peso que fue para Roberto Baggio, uno de los jugadores más elegantes de la historia, fallar el penal en la Final del Mundial de 1994, mandarlo a las nubes, algo que su técnica decía que no era posible. Piensen un poco en lo que pasó por la cabeza de Rodrigo Lara al intervenir mal en las dos jugadas que provocaron la voltereta en el México-Alemania en el Mundial de 1998. Piensen lo que siente el corazón de García Aspe al fallar aquél penal contra Bulgaria. Yo la verdad creo que sólo hay dos cosas que podrían reconfortarme si tuviera que recordar algo así, o la posibilidad de abrazar un hijo o a alguien a quien quiera en exceso, o tener siempre a la mano una botella de vodka y pasarme el cosquilleo dándole tres largos tragos.

Muchos me dirán, "sí pero ganan mucho dinero", otros pensarán, "sí pero a final de cuentas es un juego", y los más críticos podrían responderme "la verdad creo que realmente les vale madres". Pero el peso del pasado, ese cosquilleo de la vergüenza, no tiene que ver con nada de eso, no se cura con dinero. Recuerda que para los futbolistas sí es bueno vivir de lo que les gusta, pero también un error puede determinar no sólo su futuro profesional, sino el bienestar de su familia. Y claro está, nunca a un jugador le "vale madres".

A final de cuentas, esa es la diferencia en el futbol. Todos caen, todos se equivocan, todos perdieron y perderán, pero sólo terminan destacando y triunfando los que aprenden a superar estos contratiempos y saben que el partido que terminó quedó atrás, y a partir de ese momento lo único que debe importarnos es el siguiente encuentro. En cambio, los que se tragan las derrotas y en lugar de expulsarlas las hacen parte de su organismo, acaban deambulando por el futbol, resignados a que nunca lograrán mucho.

¿Recuerdas tú el momento más malo de tu vida profesionalmente hablando? ¿Has podido levantarte? ¿Te dieron la oportunidad de hacerlo?

Por hoy me despido, recuerden que mi correo wgonzalez@mediotiempo.com, está abierto para cualquier comentario que quieran mandarme. Nos vemos el próximo lunes o antes si el futbol nos lo demanda.

Muchas gracias a todos por hacernos grandes.

Walter GonzálezDirector Editorial

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