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Rosique

Cristiano: el eclipse blanco

Viernes 1 de Marzo del 2013



Mientras el Barcelona y el "todopoderoso" Messi viven una mini-crisis, por primera vez en un lustro, el Real Madrid y Cristiano Ronaldo brillan, dominan, queman, como un sol creciente del desierto, durante el momento más trascedente de la temporada. Si hoy se realizara, nuevamente, la votación para entregar el "Balón de Oro", estoy seguro que el resultado sería my distinto y el portugués recibiría, presuntuoso como es, el gran trofeo de la FIFA, y -te guste o no- sería, ante todo, merecido por su estado de forma. 

Cristiano ha demostrado todos estos años, a la sombra de Messi, que es un atleta portentoso, un futbolista irrepetible, demoledor, un atacante capaz de hacer temblar la cancha y atacar el sistema nervioso de un partido. Si Cristiano hubiese nacido en Nueva York, bien podría haber sido jardinero central de los Yankees; si se hubiese criado en Jamaica, habría sido corredor de 100 metros con vallas; si hubiese crecido en la India, habría sido, seguramente, estrella mediática de Cricket y ya habría protagonizado alguna película de "Bollywood". Y es que Cristiano es un deportista natural, un competidor exuberante. Muy pocos futbolistas han sido tan geniales como CR7 en la historia del Real Madrid: Zamora, Di Stéfano, Puskas, Gento, Butragueño, Hugo Sánchez, y Zidane. Hablo, exclusivamente, de genialidad y talento. Hay otras estirpes en este fabuloso juego, igual de admirables, pero distintas. Están también los competidores de raza, futbolistas orgullosos, ganadores, valientes, como lo fueron Raúl y Sanchís, Camacho y Roberto Carlos, Michel Salgado y Hierro, pero ellos, caudillos -al fin y al cabo- merecen un texto aparte. 

Recuerdo que Jorge Valdano describía a Ronaldo, ese brasileño asombroso que lidera la tabla histórica de goleo de la Copa del Mundo, como un "terremoto". Cada vez que Ronaldo arrancaba, la cancha se estremecía ante lo que iba a ocurrir. Se trataba de la ira de un "Dios", algo similar al clamor que produce la voz de Plácido Domingo, o la zozobra que genera la mano derecha de Juan Manuel Márquez. Esa emoción es la que produce Cristiano Ronaldo, ese temor, ese sobresalto, ese miedo, ese escalofrío, ese "duende", ese "pellizco" que te levanta del sillón, igual que lo que siento cuando veo en la plaza de Toros al inolvidable José Tomás.  

Hoy me pregunto, azorado por la superioridad de Cristiano, si eso generó también el legendario Alfredo Di Stéfano. ¿Fue aquella "Saeta Rubia", tan desequilibrante y mandón, tan protagónico y decisivo, tan "jefe" y genio, como lo es Cristiano? Luego de ganar cinco Copas de Europa consecutivas, algo que no ha logrado nadie en la historia y vivir en una época menos mediática que esta, seguro estoy de que Di Stéfano fue un monstruo colosal, un futbolista reconvertido en mito, un artista de esos que aparecen cada 50 o 100 años en el mundo, como lo fueron Dalí y Picasso, García Lorca y Chillida, "El Cordobés" y Rafael de Paula.   

Más allá de las comparaciones, tal parece, en estos días que el Real Madrid está siendo favorecido por el universo, sus astros se han alineado, y el equipo ha entrado en ese "estado de gracia", esa fase de inspiración que busca, persigue y anhela todo torero, todo artista. Este martes comprobaremos en Old Trafford si mi teoría es cierta; pero algo me dice, que el espíritu de Fernando Redondo, con aquel taconazo de época del 2000, ya pulula en el "Teatro de los Sueños". 

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Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.

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