Favre y los veteranos invencibles

Pocas historias arquetípicas disfruto tanto como la del atleta veterano que desoye las voces que le empujan al retiro y, aun en contra de todos, permanece en la competencia para demostrar.

Pocas historias arquetípicas disfruto tanto como la del atleta veterano que desoye las voces que le empujan al retiro y, aun en contra de todos, permanece en la competencia para demostrarle a los incrédulos que en su corazón todavía persiste la flama de la victoria. Se trata de un tema eterno: el hombre luchando contra la fuerza invencible del tiempo; las virtudes del cuerpo contra el envejecimiento ineludible. Por eso, aquellos que rechazan las edades que dictan los hombres y se rigen por los tiempos que marca su espíritu son siempre objeto de crítica, polémica y en mi caso, de profunda admiración.   En la actualidad, nadie encarna mejor ese rol de héroe encanecido como Brett Favre, gran mariscal de los Vikingos de Minnesotta. Favre lleva al menos tres temporadas resistiéndose al retiro. El equipo de su vida, los Empacadores de Green Bay, intentaron varias veces que dejara el juego y aceptara su condición de gloria del pasado, pero Brett volvió para vivir de nuevo el miedo de la línea de golpeo con los Jets de Nueva York. Cuando parecía que Favre lo había entregado todo, aparecieron los Vikingos, un viejo rival de división para ofrecerle una "última" oportunidad de seguir comandado ofensivas y, tal vez, de llegar al Super Bowl, y Brett no sólo aprovechó la opción sino que sacó, de quién sabe dónde, fuerzas de novato. Los que ayer pedían el retiro de Favre, hoy mejor guardan silencio y esperan el menor signo de flaqueza para contraatacar. Brett se jugará esta semana la posibilidad de regresar al partido más grande que existe en su deporte, ese juego con el que sueña todo ser humano que alguna vez haya corrido con un ovoide entre los brazos, pero llegue o no, me parece que a sus 41 años ha conquistado ya algo más profundo y simbólico, las posibilidad de decidir por sí mismo y en comunión con su alma, cuántas yardas desea seguir avanzando en el campo.

Y como Favre, existen allá fuera hombres y mujeres que con su ejemplo nos recuerdan que ese tipo de decisiones deben ser el resultado de una sabia reflexión y no de una soberbia imposición. Por eso, me encanta ver a Lance Armstrong intentando de nuevo llegar a las montañas del Tour de Francia, o a Michael Schumacher preparándose para vencer a Ferrari a bordo de un Mercedez, a la imponente nadadora Dara Torres colgándose una Medalla de Plata en los Olímpicos de Beijing con 41 años a cuestas, y en un entorno más próximo, a Cuauhtémoc Blanco intentando, como siempre, ganar y divertirse en Veracruz con tal de llegar al Mundial.

¿Quién soy yo para decirle a un monstruo como Brett Favre que debe dejar de soñar? ¿Quién soy para criticar a un atleta descomunal como Lance Armstrong por seguir viviendo sobre una bicicleta mucho más de lo que he de vivir yo en toda mi vida? ¿Quién me siento para negarle a Dara Torres la posibilidad de seguir venciendo quinceañeras en los 100 metros libres cuando sólo ella sabe hasta dónde puede llegar su cuerpo? ¿Quién demonios me creo para decir que Cuauhtémoc Blanco ya no puede correr, ya no se mueve en la cancha, o ya no es capaz de competir a gran nivel, cuando hace unos meses fue él, con su corazón de fuego, el que nos sacó el miedo del cuerpo cuando sufríamos en la eliminatoria? Bravo por Bret y por todos los que como él, deciden por ellos mismos hasta cuando seguir regalándonos grandes historias.

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