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Caleb Ordoñez Talavera
Columna de Caleb OrdoñezCaleb Ordoñez Talavera

¿Por qué nos duele tanto perder?

Ciudad de México

Minuto 93. El árbitro mira su reloj. El equipo al que ha seguido toda su vida está a punto de perder una final. En la televisión, los jugadores caminan cabizbajos. Algunos lloran. Otros se desploman sobre el césped. Él permanece inmóvil en el sillón, mirando una pantalla que ya no tiene nada bueno que ofrecerle.

Apaga la tele. No quiere hablar con nadie. Tiene hambre, pero no quiere cenar. Se mete a la cama y repasa aquel gol fallado, la sustitución inexplicable, esa última jugada que pudo cambiarlo todo.

Mañana se levantará temprano, pagará sus cuentas e irá a trabajar. Su vida sigue exactamente igual. Pero esta noche siente que algo se le ha perdido.

Lo absurdo, en realidad, tiene explicación.

El «nosotros» que nadie firmó

En los años setenta, los psicólogos sociales Henri Tajfel y John Turner propusieron que parte de lo que somos proviene de los grupos a los que pertenecemos. Nos definimos por ellos: familia, barrio, país, equipo deportivo. Y cuando el grupo gana o pierde, algo de esa identidad sube o baja con él.

Robert Cialdini lo comprobó mediante una observación casi cómica. Tras las victorias de su universidad, los estudiantes usaban más prendas con el escudo y decían «ganamos». Tras las derrotas, el pronombre cambiaba mágicamente: «perdieron». Cialdini llamó a la primera conducta basking in reflected glory, es decir, disfrutar de la gloria reflejada. Años después, otros investigadores describieron su contraparte: el alejamiento deliberado del fracaso ajeno.

El problema del aficionado más apasionado es que no siempre consigue tomar distancia. Y su cuerpo lo sabe. En un estudio sobre la final del Mundial de 1994, el equipo de Paul Bernhardt midió los niveles de testosterona de aficionados de Brasil e Italia: aumentaron entre los seguidores del ganador y disminuyeron entre los del perdedor. Ninguno de ellos había tocado el balón. Pero su cerebro llevó la información a su cuerpo.

El futuro que se pierde

A la derrota se suma algo peor: la imaginación.

Durante semanas nos convencemos de que esta vez sí. Visualizamos el campeonato, imaginamos la celebración, decidimos con quién vamos a compartirla. Cuando llega la derrota, no solo perdemos un partido: perdemos un futuro que ya habíamos empezado a habitar.

Hablo con cierta experiencia. Tengo el don de encariñarme con equipos que tratan los campeonatos como episodios mitológicos. Entre el Necaxa que lo he visto descender dos veces y en béisbol a Cleveland (que ya ni Indians se llaman) he desarrollado una relación bastante madura con la resignación. Hay aficionados que coleccionan trofeos; otros acumulamos carácter. O así decimos, para no aceptar que nos duele en el alma ver perder a nuestros equipos favoritos.

Pero la psicología no solo explica por qué duele. Para entender por qué volvemos, hay que mirar más allá del sillón.

Émile Durkheim llamó «efervescencia colectiva» a esa energía que surge cuando una multitud siente lo mismo al mismo tiempo. El sociólogo Randall Collins añadió que los rituales compartidos nos dejan una carga emocional que nos une al grupo. El estadio, el bar, la plaza y el grupo de WhatsApp son, en ese sentido, templos laicos. Y funcionan tanto en la victoria como en la derrota.

La derrota, de hecho, a veces une más. Quien nos dice «lo vi contigo» o «yo también estuve ahí» nos entrega una complicidad que ningún título garantiza. Hay amistades, relaciones entre padres e hijos y barrios enteros cuya historia común se escribe con finales perdidas, quizá un ejemplo muy claro es el barrio de Boca en Buenos Aires o la pequeña ciudad de Green Bay que niega a reaparecer a sus Packers. Pocas cosas generan tanta cercanía como recordar juntos lo que preferiríamos olvidar.

Por eso, cuando alguien dice «nunca más me ilusiono», conviene no tomarlo muy en serio. Unos meses después estará comprando la nueva camiseta, revisando el calendario y haciendo cuentas para llegar a la final. No es masoquismo. Es que el dolor llegó acompañado de algo que valía la pena: pertenecer, emocionarse y reconocerse en una historia compartida.

Durante noventa minutos, nueve entradas o cuatro cuartos, dejamos de ser espectadores y nos sentimos protagonistas. Por eso duele tanto perder. Y por eso, a pesar de todo, la esperanza tiene esa cualidad maravillosa y cruel: nunca aprende a perder.

Lic. Caleb Ordoñez Talavera

@CalebMX


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