Tiene 67 años. A estas alturas de la vida, Javier Aguirre podría estar haciendo exactamente lo contrario: deshacerlas para siempre. Quedarse en casa con Silvia, mirar crecer a su nieta Macarena, comer con sus hijos sin revisar calendarios y descubrir cómo son los domingos cuando no hay un partido esperando. Pero sobre la cama hay otra vez camisas dobladas, zapatos, documentos y esa liturgia que su familia conoce desde hace décadas.
Esta vez el destino es Valencia
Quizá para entender por qué Aguirre sigue marchándose haya que comenzar por su padre. Iñaki dejó España para construir una vida en México. De él quedaron las raíces vascas, el apellido y un apodo que terminó recorriendo el mundo. Javier nació mexicano, defendió a México en un Mundial y dirigió tres veces a su Selección, pero en su historia siempre existió ese puente invisible sobre el Atlántico.
Después apareció Silvia
Su primera cita fue en el Estadio Azteca. Entonces ninguno podía imaginar que pasarían más de cuatro décadas juntos ni que aquel estadio sería apenas el primero de muchos. Se casaron, nacieron Ander, Mikel e Iñaki y comenzó una vida que pocas familias aceptarían: México, España, Japón, Egipto, Emiratos Árabes. Catorce ciudades en siete países.

Cada contrato de Javier significaba algo que nunca aparecía en el comunicado del club: Silvia también tenía que empezar de nuevo. Sus hijos también.
Mientras nosotros veíamos al Vasco en una banca, ellos aprendían nuevos caminos a casa, dejaban amigos, cambiaban escuelas y escuchaban otros idiomas. Conocieron las victorias, pero sobre todo conocieron al hombre después de las derrotas. Nosotros discutíamos una alineación durante una semana; ellos sabían cómo llegaba Javier esa noche.
Porque el futbol da mucho. Pero también cobra
Aguirre ha reconocido que hubo momentos familiares en los que simplemente no pudo estar. Bodas. Celebraciones. Incluso el nacimiento de una nieta. El calendario no entiende de esas cosas. Hay partidos que no pueden moverse y momentos que no vuelven. Mientras nosotros contábamos sus partidos, ellos contaban sus ausencias. Por eso Macarena significa algo distinto.
Después de ser durante media vida “el Vasco”, existe finalmente alguien para quien Javier Aguirre no necesita ganar absolutamente nada. Una niña que algún día conocerá todo lo que hizo su abuelo, pero que hoy puede recibirlo sin saber de México 86, Corea 2002, Sudáfrica 2010, Osasuna, Atlético de Madrid o Mallorca.
Para ella no existe el entrenador. Existe su abuelo.
Y el cuerpo también comenzó a recordarle que los años habían pasado. Aguirre tuvo que someterse a una operación de columna. Después reconoció que no había hecho correctamente la rehabilitación. Resultaba extraño escuchar aquello del hombre al que durante décadas vimos resistirlo todo. El futbolista de México 86 tenía ahora cicatrices, canas, hijos adultos y una nieta. Pero seguía teniendo algo intacto: las ganas de competir. Tal vez por eso Valencia tiene sentido.

Aguirre nunca necesitó presentarse como un inventor del futbol. Su carrera se construyó en lugares mucho menos cómodos: equipos heridos, vestidores inseguros, selecciones contra la pared. Su gran virtud siempre estuvo más cerca de las personas que de los pizarrones. Llegar cuando las cosas están mal, mirar a un futbolista a los ojos y convencerlo de que todavía queda una pelea. Ahora lo espera Mestalla. Un estadio lleno de algarabía, pero también crueldad contra los entrenadores cuando fallan.
No sabemos si será su último club. Con Aguirre esa palabra lleva años perdiendo credibilidad. Varias veces pareció dispuesto a irse y varias veces terminó escuchando nuevamente el teléfono. Algún día, sin embargo, dejará de sonar.
Entonces Javier hará una última maleta. Tal vez será la única diferente: la que no servirá para marcharse, sino para regresar. Lo esperará Silvia, aquella muchacha de su primera cita en el Azteca. Estarán Ander, Mikel e Iñaki. Estará Macarena.
Y quizá entonces, después de tantos estadios, países, victorias y derrotas, el Vasco descubra que el viaje más importante de su vida nunca fue hacia un Mundial, Pamplona, Madrid, Mallorca o Valencia.
Fue de regreso a ellos. Pero todavía no. Hoy, a los 67 años, Javier Aguirre vuelve a cerrar una maleta y comienza una nueva aventura.




