Cuando el árbitro marcó el final y el sueño terminó, un pequeño con la cara pintada de verde, blanco y rojo rompió en llanto mientras abrazaba a su papá. A unos metros, otro pequeño seguía cantando el “cielito lindo”, con la voz entrecortada. Nadie le dijo que lo hiciera. Entendía, que hay derrotas que también merecen cantarse.
Y entonces comprendí que México no había perdido del todo. Hay Mundiales que se ganan levantando una copa y otros que se conquistan, aunque sea por un instante, en el corazón de un pueblo que lleva demasiado tiempo peleándose consigo mismo.
Gracias, México. Y lo escribo con lágrimas.
Gracias por recordarnos quiénes somos cuando dejamos de discutir y decidimos abrazarnos. Durante un mes bajamos el volumen a lo que nos divide para redescubrir, aunque fuera de manera fugaz, todo lo que todavía nos une. Sabemos que no dura.
En unas semanas volveremos a discutir por política, por nuestros problemas locales, por cualquier cosa que nos suele dividir. Pero mientras duró nuestro mundial, el balón consiguió lo que casi nada más logra.
Volvimos a sentirnos, aunque fuera por un momento, un solo país.
Fuimos el primer país en organizar tres Copas del Mundo. El Estadio Ciudad de México se convirtió en el único recinto del planeta en inaugurar tres Mundiales. Abrimos la Copa del Mundo más grande de la historia. Pero ninguno de esos récords terminó siendo el más importante.
El verdadero récord fue otro
Pocas veces habíamos visto a tantos mexicanos sonreír al mismo tiempo y por la misma razón.
En las plazas, en los estadios, en los aeropuertos, en los fan fest y en millones de hogares ocurrió algo que parecía imposible: dejamos de ser desconocidos. Bastaba una camiseta para saludarse, un gol para llorar juntos y una bandera para sentirse, aunque fuera por un momento, parte de la misma familia.
Bailamos “Payaso de Rodeo” hasta el cansancio. Saltamos con “El Sonidito” como si el país entero hubiera decidido brincar al mismo compás.
Cantamos y bailamos “La Chona” con esa alegría contagiosa que solo los mexicanos sabemos convertir en celebración colectiva.
Repetimos el ”¡quiere volar!” hasta hacerlo un idioma que no necesitaba traducción. Levantamos amigos, extranjeros, abuelos y hasta perritos para celebrar el simple privilegio de haber nacido en este rincón del mundo. Construimos torres interminables de vasos entre cientos de desconocidos que, cuando la música terminó, ya se trataban como amigos.
Mientras el mundo conocía nuestros estadios y la grandeza de nuestras ciudades, nosotros le mostramos algo mucho más difícil de construir que cualquier infraestructura: nuestra manera de recibir.
Aquí no se hospeda al visitante; se le hace sentir en casa.
Aquí un extranjero termina gritando “¡Viva México!” aunque haya llegado apoyando a otra selección. Aquí la fiesta nunca pregunta de dónde vienes antes de invitarte a bailar.
Claro, no todo fue perfecto. Hubo excesos, precios muy injustos y errores de organización. Pero nada de eso alcanzó para borrar lo esencial: la inmensa mayoría de quienes llegaron se fueron convencidos de que en ningún otro lugar del mundo se recibe con tanto corazón como en México.
Y luego apareció la Selección mexicana.
¡Qué equipo, verdad de Dios!
Ganó sus tres partidos de la fase de grupos por primera vez en una Copa del Mundo. Nos hizo volver a creer. Se abrazaban como hermanos, reían juntos, bailaban juntos. Durante semanas dejaron de ser once futbolistas para convertirse en el reflejo de lo que millones de mexicanos queríamos volver a ser: una familia.
Quiñones fue conocido por el mundo con la belleza de sus goles. Raúl siempre brilló, el “Vasco” nunca rajó, Morita siempre hizo la tarea y le dijimos adiós a “Don Memo”. Fue el mejor equipo mexicano de la historia, ¡nos hicieron soñar a lo más grande!
Después llegó la eliminación.
Dolió y nos partió el alma porque esta vez sí teníamos un sentimiento colectivo, muy fuerte, por creer en México.
Pero mientras Inglaterra celebraba el pase, detrás de una portería seguían miles de mexicanos cantando “El rey”. No porque el dolor no importara, sino porque entendimos, una vez más, que hay cosas que ningún marcador puede cambiar.
Los partidos terminan pues solo tienen 90 minutos.
El orgullo de ser mexicano nunca.
Este Mundial deja algo mucho más duradero que una clasificación. Deja una generación de niños que jamás olvidará haber visto llorar a sus padres mientras sonaba el Himno Nacional. Niños que dentro de veinte o treinta años llevarán de la mano a sus propios hijos a un estadio y les dirán con orgullo:
“Yo estuve ahí cuando México volvió a creer en sí mismo.”
No hicimos historia solamente por organizar tres Copas del Mundo. Ni por convertir al Azteca en un templo eterno o demostrar la hermosa que está Guadalajara (Guadalajara, Guadalajara) y lo grandiosa que es Monterrey. Ni por romper récords de audiencia.
Hicimos historia porque, aunque sólo fuera durante unas semanas, más de ciento treinta millones de personas volvimos a sentir que jugábamos para el mismo equipo.
Dentro de cuatro años volveremos a hacer maletas. Volveremos a cruzar fronteras. Volveremos a colgarnos la bandera sobre los hombros y a cantar el Himno Nacional hasta quedarnos sin voz, en el estadio que toque y en el país que toque.
Porque eso hacemos los mexicanos.
Nunca dejamos sola a nuestra Selección.
Y porque, al final, entendimos que quizá el mayor triunfo de este Mundial no estuvo en el marcador, sino en recordarnos que, cuando México decide caminar unido, no hay alegría que se le compare.
Los Mundiales terminan.
México nunca.
Gracias, impresionante selección mexicana.
Gracias, afición increíble.
Gracias, México.
Quiero ser, el amor de tu alma.
