Lejos quedaron los tiempos en que jugar al futbol significaba una ola de alegría y placer para su corazón. Desde que comenzó a percibir ingresos económicos por sus servicios como jugador profesional, Evanivaldo Alcántara experimentó un cambió en su manera de percibir el deporte; la actividad que en tiempos anteriores realizaba sin cobrar un sólo centavo y sin mayor meta que la victoria en el encuentro inmediato se había convertido en una labor rutinaria, fastidiosa y obligatoria. Sus intentos por mantener la excitación en las piernas al momento de patear una pelota y el júbilo experimentado en el momento en que se vence al rival por medio de las jugadas más increíbles resultaron en vano: el mismo objeto redondo y profundamente mágico que lo atrapaba en épocas anteriores lo tenía preso en una inmensa celda de comercialización, en un laberinto sin salida que lo ubicaba como una ficha más de un universo en el que lo único importante era aumentar el bolsillo de los propietarios de clubes e incluso el de ellos mismos, quienes, cual si fueran estrellas de la farándula, contrataban agentes para que organizaran sus presentaciones en público y para que la suma de sus cuentas bancarias se incrementara al más mínimo suspiro. Las piernas de los futbolistas dejaban de ser propiedad suya para pasar a ser parte de un aparato en el que la esencia del juego era el pretexto y la explotación comercial el verdadero objetivo.
Aún recordaba sus inicios como jugador profesional, su llegada a los campos de entrenamiento y el inmediato desprecio de las figuras de aquel entonces, las mismas que, desde el primer momento, dejaron en claro que no estaban dispuestos a aceptar la intrusión de un joven sin merecimientos y sin ningún antecedente que pudiera compararlo con ellos. La competencia se iniciaba desde el estacionamiento, dime que carro tienes y te diré quien eres. Afortunadamente, su fortaleza física y mental lo hizo vencer el escepticismo de sus propios compañeros y, con el paso del tiempo, se convirtió en un elemento de renombre y prestigio. Lo peor de todo es que, sin alcanzar a oponer resistencia, terminó cediendo ante el glamour del balompié, ante las primeras planas en los diarios y ante la posibilidad de sentirse inalcanzable para los demás seres humanos.
Por las noches, y sin contárselo a nadie, se permitía añorar la época de fascinación y entusiasmo, el tiempo en que la victoria y el sano ejercicio de pegarle al esférico eran lo único. Al despertar, aceptaba su realidad y olvidaba el romanticismo que permanecía en el fondo de su existencia. A fin de cuentas, ser considerado como un ente sobrenatural era demasiado atractivo como para no dejarse seducir por la idea.
“La historia del futbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.”(Eduardo Galeano en su libro Futbol a Sol y Sombra)