Por razones históricas y/o futbolísticas, nadie olvida el 2 de octubre. Aquí en Medio Tiempo y en prácticamente todos los medios de comunicación recordamos el Campeonato Mundial obtenido hace apenas un año por la Selección Mexicana Sub-17. Todos aseguramos que nuestro balompié cambió drásticamente a partir de ese día, de la inolvidable fecha en que un grupo de jóvenes mexicanos decidió faltarle al respeto a Brasil, haciendo caso omiso del prestigio que ostentan quienes tienen el orgullo de vestir la playera verdeamarelha.
Tenemos muy en claro que somos distintos, que incluso a nivel social nos vemos y nos sentimos diferentes; sin embargo, debemos hacer una pausa para reflexionar acerca de cuáles han sido los verdaderos beneficios de dicho triunfo. ¿Ha mejorado el futbol mexicano desde entonces? ¿Se mira con respeto a quienes nos representan en la cancha? ¿En verdad nuestros jugadores se sienten más capaces de alcanzar objetivos que escapen de la simple presencia en un torneo para incrementar el deseo de protagonismo y triunfo? Son interrogantes obligadas, que debiéramos discutir una y otra vez para evaluar las dimensiones reales de lo conseguido e identificar lo que aún resta por mejorar, para entonces sí, convertirnos en una potencia mundial.
A un año de distancia, sigue quedando muy claro que la coronación de la escuadra dirigida por Jesús Ramírez produjo un giro de ciento ochenta grados en lo que se refiere a la mentalidad; pasamos del “vamos a intentarlo” al “podemos ganarlo”. Los parámetros de exigencia se incrementaron a raíz de la exitosa e inolvidable aventura en tierra inca.
Como efecto inmediato, los aficionados exigieron más, y consideraron factible la consecución de un título, sin que el nivel futbolístico de los rivales fuera un impedimento para ello. Es aquí donde surge una nueva interrogante: ¿la Copa Mundial ganada por los sub-17 modificó la mentalidad de generaciones ya establecidas; por ejemplo de la que participó en el Mundial de Alemania 2006? Considero que no, que las verdaderas transformaciones se darán en las nuevas camadas, siempre y cuando se presenten logros similares; de lo contrario, aplicará a la perfección aquello de que una golondrina no hace verano. La operación es bastante lógica, aunque no definitiva: quien crece en un entorno acostumbrado a ganar está mucho más cerca de seguir por el mismo camino. No es lo mismo remar contracorriente que hallar las condiciones necesarias para caminar por el sendero de los éxitos.
La era reciente del futbol mexicano registra dos acontecimientos que sirvieron como punto de partida. El primero, el subcampeonato de la Copa América Ecuador 1993, que nos abrió los ojos y nos hizo darnos cuenta de nuestros alcances a nivel continental; el segundo, sin duda, el Campeonato Mundial Sub-17, una llave invaluable para abrir la puerta de un futuro promisorio y diferente, en el que no tengamos que prepararnos para tratar de ganar, sino para acceder a los títulos y consolidarnos como permanentes candidatos a las posiciones de privilegio. Estaremos del otro lado, cuando sea frecuente que aparecemos como campeones defensores, y no como un equipo que intenta dar la sorpresa.
Los futbolistas mexicanos que actúan en Europa están cambiando una historia; los de la Sub 17 ya hicieron lo propio. Parece que vamos progresando, pero aún es demasiado pronto para cantar victoria. Así como el 2 de octubre no se olvida, es necesario que otras fechas adquieran la misma categoría.