Futbol
Editorial Mediotiempo
Columna de Mauricio Cabrera Editorial Mediotiempo

Tropiezo anímico

La derrota de la selección mexicana ante Estados Unidos escapa del análisis futbolístico para abarcar temas de índole mental. En el deporte, como en todos los aspectos de la vida, la batalla psicológica entre el vencedor y el vencido juega un papel preponderante de cara al próximo encuentro. Negar la influencia de los antecedentes, pese a ser una costumbre sumamente arraigada en nuestro entorno, es como querer borrar el pasado e iniciar de nuevo, proponiendo una situación que difícilmente se presenta en el sistema nervioso de los seres humanos. El peso específico de este fenómeno aumenta considerablemente en el instante en el que los papeles se invierten; es decir, en el momento en el que el supuesto Goliat se convierte en David y viceversa, ya que esto genera desconfianza extrema en el que estaba acostumbrado a ganar y un optimismo desmedido en el que solía aparecer como simple comparsa.

En el plano futbolístico, ocurre exactamente lo mismo: el futbol mexicano, tan presuntuoso y soberbio con la honrosa distinción de ser “El Gigante de la CONCACAF”, rechazaba y miraba con poco respeto a los contendientes de su zona geográfica; enfrentándose a ellos, pero deseando ampliar sus horizontes con rivales de Sudamérica y Europa. Sin embargo, estancado en ese proceso de queja continua y escaso progreso, el balompié azteca comenzó a ver que las antiguas víctimas eran capaces de incomodarlo y de ponerle serios obstáculos en el camino, mismos que a punto estuvieron de eliminarlo de la Copa del Mundo del 2002 y que terminaron por sangrar el corazón nacional en la segunda ronda del certamen anteriormente citado, cuando la representación de las barras y las estrellas nos derrotó con toda justicia, ante el dolor de millones de aficionados, cambiando irremediablemente el rumbo de la historia reciente entre ambas escuadras.

Actualmente, cada batalla es utilizada como un pretexto para alterar los papeles y asegurar que el resultado inmediato basta para etiquetar a uno como el grande y a otro como el débil, no importando que se trate de un choque entre representativos juveniles o de un cotejo amistoso con miras a torneos de verdadera relevancia; por ello, no nos queda más opción que la de aceptar que dentro del terreno de juego ya no existen diferencias significativas y que, atendiendo a la exactitud de los números presentes, hemos dejado, desde hace ya un buen rato,  de ser el rival respetado y admirado de la Confederación balompédica a la que pertenecemos.

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