Donde habitan los sueños

Es verdad que la historia del futbol, como lo escribió Eduardo Galeano hace algunos años, es un triste viaje del placer al deber. Con la profesionalización del juego y su inevitable industrialización.

Es verdad que la historia del futbol, como lo escribió Eduardo Galeano hace algunos años, es un triste viaje del placer al deber. Con la profesionalización del juego y su inevitable industrialización, los jugadores tuvieron que enterrar la alegría de jugar por el simple hecho de divertirse y consolidar un sueño de infancia, para volverse acólitos de la rentabilidad y del dinero. Por desgracia, en el balompié mundial todo lo que no es rentable es desechado, arrinconado, incluso destruido. A pesar de esta ineluctable realidad, estoy convencido que existe un lugar en el corazón de los jugadores donde habitan ciertos anhelos, algunos sueños que en ocasiones florecen para volver al futbol un asunto de infancia y de divertimento. También de orgullo y de honor, de respeto por ese juego libre de rentabilidades y centavos inciertos. Recojo uno de los episodios más conmovedores de la historia del futbol para llevar al límite mi argumento anterior. Ocurrió en 1942, en Ucrania. El planeta en plena Segunda Guerra Mundial y Ucrania ocupada por las fuerzas militares de la Alemania nazi. Un equipo local, el FC Start, nacido en una panadería y compuesto en su mayoría por jugadores del Dínamo Kiev, derrotó en un partido a los representantes del ejército nazi. Previo al juego se les había advertido: si ganan, mueren. Narran las crónicas que los once jugadores del Start entraron al campo de juego muertos de miedo y resignados a perder. Pero algo pasó, y decidieron jugar con dignidad deportiva. Lo pagaron con la vida: se les permitió festejar el triunfo, pero poco después fueron detenidos. Algunos fueron fusilados en lo alto de un barranco con las camisetas de su equipo puestas. Algunos otros fueron encerrados y torturados en campos de concentración. Todos fueron detenidos y, con el tiempo, ejecutados. Todavía hoy existe un monumento en Ucrania que honra el espíritu combativo y el amor al juego de los once héroes del Start. ¿Qué pasó por la mente de aquellos jugadores? Entiendo la parte combativa y de simbolismo bélico: al menos ahí, en un campo de futbol, pudieron derrotar a los representantes de un ejército que a su paso sembraba violencia y odio por toda Europa. Pero la parte deportiva me cuesta más entenderla y por eso me genera tanta admiración y sobresalto. Al fin y al cabo, fue un partido sin trascendencia deportiva. No dejo de imaginar a los once jugadores hilvanando asociaciones e inventando jugadas en el campo. Corriendo, sudando, estrechando la mano al amigo necesitado. No dejo de pensar que todos sabían el precio de la victoria. Y aun así, el amor al juego los absolvió y decidieron pagarlo. El primer tiempo lo ganaron 2 a 1. El partido terminó 5 a 3.    No encuentro otra explicación más la que deriva del título de este artículo: hubo un momento, algo ocurrió en el campo que hizo que los jugadores del equipo ucraniano se armaran de valor y defendieran sus sueños más preciados. Esos sueños no eran más que el amor por el juego y el amor a su equipo. El FC Start se fundó como un remedo a la necesidad y al gusto por el futbol. En el sótano de una panadería, la respuesta de un grupo de hombres a la barbarie fue la fundación de un equipo de futbol. El Start fue imbatible la primera temporada que jugó en la liga local. Después vino el juego contra los alemanes. No quisieron traicionarse a sí mismos. Fue impensable pactar una derrota. Pasado el tiempo, además de homenajes y monumentos, se instituyó una práctica que no sé si aún se mantenga: quien hubiera guardado el boleto de entrada de aquel fatídico partido, tuvo derecho perpetuo a un asiento gratis cada vez que el Start jugó. Me parece una sutil reivindicación: que nuevos ojos vean que es posible jugar al margen de la estúpida rentabilidad. Que conciencias nuevas sepan que existe un lugar donde habitan grandes sueños. Diego Gaspar Escritor @diegogasparv

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