Agruras olímpicas

Hay personajes a los que les basta una sola frase para pasar a la historia. Sobre todo en una época como la nuestra, en la que no hace falta ser héroe, ni santo, ni inventar algo o morir por la...

Hay personajes a los que les basta una sola frase para pasar a la historia. Sobre todo en una época como la nuestra, en la que no hace falta ser héroe, ni santo, ni inventar algo o morir por la patria para hacerse célebre.

Además de las virtudes físicas certificadas por el Récord Guiness (como tener los senos grandes o ser el hombre más gordo del mundo), de las proezas atléticas (como meter un gol clave con la mano) o de los misterios de la suerte (como ganar un concurso o sacarse la lotería), en la era de Youtube, las videocámaras digitales y los celulares con micrófono y cámara integrada, para ganarse un lugarcito en la historia -con minúscula- y volverse una persona digna de citas y parafraseos, a veces basta tan solo con haber dicho una frase "memorable".

Por supuesto, además del momento, lugar, grado de oportunidad y contundencia con que la que se diga algo, lo que a una frase (y a su autor) le permite ganarse un lugar en el paraíso de la memoria colectiva, es que sea impar e insuperable. Y como todo mundo sabe, la sagrada condición de frase célebre y memorable solo se alcanza por dos vías: o porque se dijo algo de forma muy inteligente, sublime, brillante o poética, o porque (ahí está Chente Fox para constatarlo) se dijo una tontería asombrosa o una estupidez francamente incomparable.

En días recientes, el andarín Heraclio Eder Sánchez Terán que participó en la prueba de marcha de 20 kilómetros en Beijing, hizo una declaración que ya le aseguró a su autor un honroso lugar, no en el medallero olímpico, pero si al menos en la voluminosa enciclopedia de los célebres pretextos y justificaciones inverosímiles de los fracasos deportivos nacionales.

Se trata de una enciclopedia en la que los más citados son deportistas como el "Jamaicón" Villegas, Hugo Sánchez y un largo etcétera de jugadores y atletas de humor involuntario; pero en el que también hay ex directores de la CONADE, viejos dueños de equipos, técnicos, ex jefes de delegaciones olímpicas, periodistas, federativos, entrenadores, políticos y hasta árbitros. Más allá de sus diferentes disciplinas, momentos y logros deportivos, todos en su mayoría unidos e identificados por practicar un bello y folklórico deporte nacional no oficialmente reconocido: el arte de la justificación política de los fracasos deportivos, que en lo central consiste en desembarazarse de la responsabilidad por las derrotas, "buscarle chichis a las culebras" y repartir democráticamente las culpas en tiempos de caza de brujas.

Cargando con todo el peso de la tradición mexicana en marcha, después de haber participado en una prueba "que se corrió a 33 kilómetros por hora y con un 50 por ciento de humedad", Eder Sánchez argumentó que no logró su cometido debido a que "se sintió mal del estómago por un alimento que consumió con demasiado condimento". Expresada de forma complaciente y suicida inmediatamente después de haber concluido su competencia, esta frase no se hubiera vuelto tan lúdica y memorable si su autor no hubiera agregado ante las cámaras y micrófonos que a pesar de esta inconveniente gastroenteritis que lo colocó en el lugar 15 de la prueba (y de la cual el deportista culpa a los despiadados que prepararon la comida), se sentía satisfecho por el esfuerzo cometido.

Más allá de que su estómago no estuvo a la altura de la misión patriótica de su portador e independientemente de que esta frase perseguirá como un tatuaje indeleble la trayectoria (sin duda, todavía con futuro) de este atleta mexicano de 22 años (quien como muchos otros atletas de nuestro país ha tenido que sortear grandes obstáculos para llegar hasta donde lo ha hecho), lo importante es aceptar que las famosas "agruras olímpicas" del Sr. Sánchez -al igual que las bicicletas que no llegan, los uniformes que se piden prestados minutos antes de las competencias o la exclusión gandaya de algunos deportistas del desfile inaugural- no son solo suyas. Son el síntoma de todo un sistema. ¿Qué nos habla de qué? De los problemas estructurales de todo el sistema deportivo mexicano.

Problemas en materia de política, planeación, recursos (materiales y humanos) e infraestructura deportiva, pero también problemas en las maneras en que los ciudadanos perciben y se relacionan con el deporte (más como consumidores-audiencias que como deportistas-practicantes); problemas en materia de preparación física-mental y fogueo de los deportistas, pero también problemas en la forma en que la mayoría de los medios y los periodistas construyen las narrativas que consumimos sobre nuestro deporte y el ajeno.

Una sola frase basta para pasar a la historia. Tengo un amigo que cada cuatro años se la pasa quejándose de que se aburre espantosamente por culpa de los Juegos Olímpicos. Su argumento central es que las Olimpiadas le parecen nefastas por una sola cosa: porque le roban atención al futbol, "el único deporte que existe y vale la pena ver", según él. Mofándose irónicamente de los resultados de los atletas y las actuaciones de los directivos mexicanos en Beijing, este crápula profesional me dijo ayer una cosa que me dejó pensado: "¿Cuando aceptarán por fin que en México el único deporte que practicamos bien es el tiro de gracia?, ¡por favor! ¡olvídense ya de las Olimpiadas y mejor dediquémonos a ver futbol".

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