Lo que estamos viviendo con la Selección Mexicana es algo a lo que no estamos acostumbrados. En México no solemos trascender en los Mundiales. No estamos acostumbrados a convertir la ilusión en realidad. Somos un país que sueña, que se entusiasma, que llena estadios y plazas públicas, pero que históricamente ha visto cómo esos sueños terminan chocando contra una pared llamada realidad.
Por eso, lo que está haciendo el equipo de Javier Aguirre merece ser reconocido. Y no me refiero únicamente a lo futbolístico, porque sería absurdo ignorar que todavía existen aspectos por mejorar. Ante Sudáfrica no fuimos lo suficientemente contundentes frente a un rival limitado. Contra Corea hubo momentos de incertidumbre y el propio Aguirre reconoció que el funcionamiento no fue el ideal. Esta selección todavía tiene defectos, todavía tiene pendientes.
Pero ayer ocurrió algo distinto. Lo que se vivió en el Estadio Ciudad de México fue una de esas noches que quedan grabadas en la memoria colectiva. Hubo buen futbol, hubo contundencia, hubo tres goles, hubo autoridad y, además, se mantuvo intacta la portería defendida por el “Tala” Rangel. Nueve puntos de nueve posibles, cero goles recibidos y una fase de grupos perfecta, algo nunca antes conseguido.
Y como si el destino hubiera decidido escribir un guion cinematográfico, también llegó el homenaje para Guillermo Ochoa. El guardameta tapatío alcanzó una marca histórica al convertirse en uno de los pocos futbolistas con presencia en seis Copas del Mundo. Fueron apenas unos minutos dentro del terreno de juego, pero suficientes para reconocer una carrera que ya forma parte de la historia del futbol mundial.
Ayer parecía que los astros se habían alineado, porque además los goles llegaron a través de historias que representan distintas caras del futbol mexicano actual: Mateo Chávez, Julián Quiñones y Álvaro Fidalgo… estos dos últimos sumamente cuestionados por haber nacido en otro país.
Y mientras eso sucede dentro de la cancha, fuera de ella también ocurre algo especial: una conexión total entre la selección y su gente. Más de 800 mil personas inundaron las calles de la Ciudad de México. Guadalajara explotó alrededor de La Minerva. Monterrey vivió una auténtica fiesta en sus Fan Fest. El país entero parece haberse reencontrado con una selección que durante mucho tiempo generó más dudas que emociones.
También hay que decirlo: Javier Aguirre ha acertado prácticamente en todo. Le funcionaron los cambios, las alineaciones, las apuestas por jugadores jóvenes, la gestión de los veteranos y hasta los movimientos que en su momento parecían arriesgados. Luis Romo, Edson Álvarez, Gilberto Mora, Brian Gutiérrez, Mateo Chávez y Guillermo Martínez, entre otros. Una tras otra, las decisiones del Vasco han encontrado respuesta dentro del campo.
No sé hasta dónde alcanzará este equipo. No sé si finalmente lograremos romper la barrera que durante décadas nos ha perseguido. No sé si este Mundial nos regalará una semifinal, una final o incluso algo todavía más grande.
Lo que sí sé es que esta selección ya consiguió algo muy valioso: devolvernos la ilusión. Nos devolvió la alegría, nos devolvió el sentido de pertenencia, nos hizo sentir nuevamente orgullosos de acompañar a este equipo. Este equipo nos recordó por qué el futbol importa tanto en un país que encuentra en este deporte una de sus expresiones más profundas de identidad.
Y quizá ahí se encuentre la palabra más importante de todas: trascendencia. Porque trascender no siempre significa levantar una copa. Trascender también significa dejar huella, significa inspirar, significa unir a millones de personas bajo una misma emoción, significa hacer que un país entero vuelva a creer.
México ha sido un anfitrión extraordinario en esta Copa del Mundo y hoy su selección está respondiendo a la altura de esa fiesta. Así que, por una vez, dejemos de pensar en lo que podría salir mal. Dejemos de anticipar el fracaso, la derrota.
Hoy toca disfrutar, hoy toca creer… Y al final de todo, solamente queda una pregunta:
¿Y si sí?
