Futbol
Caleb Ordoñez Talavera
Columna de Caleb Ordoñez Caleb Ordoñez Talavera

Los que siempre estaremos

Hace más de once años llegué a Rancagua, Chile, con la ilusión que sólo entiende quien ha cruzado un continente para seguir a la Selección Mexicana.

Era un México joven, inexperto, todavía sin la personalidad que terminaría encontrando meses después. Aquella tarde enfrentaba a Ecuador en la Copa América y terminó perdiendo 2-1.

Éramos muy pocos mexicanos en las tribunas. Tan pocos que alcanzábamos a reconocernos entre nosotros con sólo cruzar la mirada. Los aficionados ecuatorianos celebraban el triunfo y, entre bromas y cantos, se burlaban de ese pequeño grupo de mexicanos que parecía condenado a regresar con las manos vacías.

Pero el futbol tiene una extraña costumbre: cuando un resultado te rompe el corazón, también puede regalarte amistades para toda la vida.

Aquella derrota terminó reuniendo a personas que ni siquiera sabían que, años después, compartirían miles de kilómetros, decenas de estadios y una misma forma de entender el amor por México.

Ese día conocí, entre otros, a Miled Assad, a Mario Mendoza, Fer Madero y a David “El frijolito”. Poco tiempo después nacería “Corazón Azteca”, uno de los grupos de aficionados más importantes que ha acompañado al Tri alrededor del mundo. Después vendrían “Sigo al Tri”, “Furia Azteca” y muchos otros movimientos que terminarían convirtiendo a miles de desconocidos en una enorme familia vestida de verde por todo el mundo. Quizá aquella derrota en Rancagua era necesaria.

Porque ese equipo mexicano parecía demasiado joven para competir contra cualquiera. Sin embargo, unos meses después levantaría la Copa Oro y comenzaría el crecimiento de una generación que aprendió primero a perder para después aprender a ganar.

Hoy la historia vuelve a cruzar los caminos de México y EcuadorSe enfrentarán nuevamente, pero el contexto ya no es solamente deportivo.

Las relaciones diplomáticas entre ambos países atraviesan uno de sus momentos más delicados. Hay heridas abiertas, declaraciones que han tensado la conversación, decisiones económicas que elevaron la temperatura política y un episodio que parecía impensable: la irrupción de fuerzas ecuatorianas en la embajada de México en Quito.

Son diferencias profundas. Reales. Y seguramente tomarán tiempo para resolverse. Pero, mientras los gobiernos discuten, el futbol vuelve a recordarnos algo mucho más sencillo: Que los pueblos nunca son enemigos.

Porque el aficionado ecuatoriano que viaja a un Mundial no representa un conflicto diplomático. Representa a una familia que ahorró durante años para cumplir un sueño. Igual que el mexicano que cruza fronteras con una bandera sobre los hombros y la garganta preparada para cantar el Himno Nacional. Nosotros sabemos recibir.

Lo hemos demostrado durante este Mundial como pocas veces un país lo había hecho.

Hemos convertido nuestras plazas en enormes abrazos colectivos. Hemos jugado la “víbora de la mar” con personas de todos los continentes. Hemos levantado a desconocidos para que “quieran volar”. Hemos construido torres gigantes de vasos entre risas que no necesitaban traducción. Hemos llenado el Ángel de la Independencia, la Minerva y decenas de plazas públicas con cientos de miles de mexicanos celebrando, simplemente, la fortuna de haber nacido aquí.

Y también hemos hecho llorar a extranjeros. No por un gol. Sino porque descubrieron que en México el cariño se ofrece sin preguntar de dónde vienes.

Muchos llegaron como visitantes y terminaron diciendo que, por unos días, también querían sentirse mexicanos. Eso no lo consigue una campaña de promoción. Lo consigue un pueblo.

Porque amar a México no consiste únicamente en defender una bandera. Es enamorarse todos los días de sus colores, de sus sabores, de su música, de su manera de abrazar, de esa costumbre tan nuestra de hacer familia incluso con quien acabamos de conocer.

Ser mexicano no significa creer que somos mejores que nadie. Significa sentir que tenemos la obligación de hacer sentir mejor a quien pisa nuestra tierra.

Por eso, cuando Ecuador salga a la cancha del Estadio Azteca, encontrará una rivalidad de noventa minutos. Nada más. Después del silbatazo seguiremos siendo el mismo país que abre la puerta de su casa, que comparte la mesa, que canta con desconocidos y que convierte cualquier encuentro en una celebración. Porque la Selección Mexicana no representa únicamente a once futbolistas. Nos representa a todos.

Pase lo que pase

Hace once años, en Rancagua, una derrota reunió a un puñado de mexicanos que no se conocían. Eso es lo único que necesito recordar para saber quiénes somos.

El marcador de aquella tarde ya no importa. Lo que quedó fue otra cosa: la certeza de que hay gente dispuesta a cruzar el mundo por una camiseta verde y que, cuando se encuentra, no necesita más razón para abrazarse. Los gobiernos negocian, los cancilleres redactan, los conflictos se archivan o se agravan.

Pero, en algún lugar del Estadio Azteca, de esa noche, habrá un ecuatoriano que alce la vista y encuentre a un mexicano sonriéndole sin motivo. Y eso, once años después de Rancagua, sigue siendo suficiente.

Porque los que un día estuvimos, siempre estaremos. Así eres tú; esa es la fidelidad que le tienes a tu país.

Mediotiempo

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