Las justificaciones son las de siempre. Ni siquiera ante la inminencia de un objetivo incumplido, Alberto de la Torre es capaz de aceptar que se cometieron graves equivocaciones durante el ciclo mundialista que acaba de concluir para nuestro futbol. Si la meta principal era alcanzar una posición histórica en Copas del Mundo, resulta incomprensible asegurar que el proceso fue exitoso. La Selección quedó donde siempre, navegando en una selecta medianía mundial. No dimos pasos ni para atrás ni para adelante, aunque ahora dolió más que en anteriores ocasiones porque se había creado una parafernalia espectacular en torno a los alcances del cuadro tricolor.
El todavía máximo dirigente de la Federación Mexicana de Futbol afirma que éste fue el mejor Mundial para los nuestros. Se basa en la calidad del rival. A su juicio, mayor a la Estados Unidos, Bulgaria y Alemania. Quizás tenga razón en el caso de los dos primeros. Pero se le olvida que a un Mundial se asiste con la intención de ganarle a cualquiera; de lo contrario, nunca tendremos reales posibilidades de estar entre los mejores del orbe.
A favor del proyecto que apoyó incluso más de lo pensado, De la Torre ensalza la manera en que se le jugó a Argentina y argumenta que dicha actuación demuestra que México está entre los grandes del balompié. Sí, se perdió de manera heroica y valiente. Los jugadores lo dieron todo y se olvidaron de una decepcionante primera fase. Pero no alcanzó, no fue suficiente. Eso es lo que debe preocuparnos, que aun dando un excelente partido no nos fue posible vencer a los de la albiceleste. El resultado, con todo y la “honrosa” derrota, fue tan frío como que nos volvimos a quedar en los octavos de final.
Con un buen partido pretenden borrar los constantes errores cometidos antes y durante Alemania 2006. Es cierto que frente a los sudamericanos vimos al equipo que todos deseamos; también es cierto que caímos ante uno de los máximos candidatos al título. Sin embargo, al analizar fríamente lo sucedido, saltan numerosas interrogantes sin respuesta. ¿Por qué Guardado sólo jugó en el partido definitivo? ¿ Ramón sólo servía frente a los argentinos? ¿Castro y su impresionante despliegue físico no merecían la titularidad?...
El punto más débil de la Selección Mexicana estuvo en la ofensiva. Se falló tanto en la creación como en la contundencia frente al arco enemigo. Fue insuficiente con lo que llevó La Volpe, quien se preocupó demasiado por cubrir otras posiciones. Es ahí donde adquieren mayor relevancia los dos sitios desperdiciados con jugadores de campo que no vieron acción ni un solo minuto. Claudio Suárez bien pudo haber ido como asistente, igual podía transmitir su experiencia, y dejar un lugar para un futbolista en condiciones de participar en compromisos de alta exigencia. Rafael García, en quien ni siquiera su yerno confió, hubiera podido impulsar a su suegro desde el banquillo, en vez de estar animando a sus compañeros desde un sitio que no le correspondía.
No se trata de culpar a uno o dos individuos del fracaso, porque eso es lo que fue, de México en Alemania 2006. Lo que sí se debe buscar es reconocer los errores y evitar que De la Torre siga haciendo como que no pasó nada. Se perdonaron muchos tropiezos en nombre de un proceso. Hoy, cuando ya no hay excusas, es momento de rendir cuentas y de rescatar algunos puntos, como la renovación de nombres en el cuadro tricolor.
Es hora de quitarnos la venda de los ojos. El futbol mexicano requiere urgentemente de la autocrítica. No se perdió mucho, se mantuvo el nivel de anteriores Copas del Mundo. Ya no podemos vivir de tropiezos honrosos, es tiempo de aceptar que sólo las victorias nos pueden hacer ganadores. Lo demás es consuelo de los que acostumbran perder.